La soledad relacional en tiempos del coronavirus

Autora: Faustina Hanglin – Colaboradora habitual de Espai TCI, escritora y terapeuta gestalt

Claudio Naranjo nos observa desde el espacio estelar, con la cabeza ladeada. Parece estar diciendo: “A esto me refería”. Nos mira en serio, con una expresión burlona.

Actualmente, un tercio de la humanidad está confinada por la crisis pandémica del covid-19, que ha afectado a casi medio millón de personas en 175 países. En este contexto parece obligado, desde la comunidad de gestaltistas, evocar la orientación de Claudio.Quizá de esto hablaba cuando sugirió que el colapso de nuestra civilización ya estaba sucediendo, aunque no nos diéramos cuenta. El confinamiento impuesto, la incredulidad y el pánico generalizados, las ráfagas de muertos, los servicios de salud saturados, la cantidad de ciudades, poblaciones, barrios y calles cerradas a cal y canto. Todo ello indica que ha llegado el momento de medirnos con nuestros límites. Parar, quedarse en casa, dejar para quién sabe cuándo proyectos, negocios y tareas. Totalmente solos, con pocos familiares o en una comunidad de inquilinos, sea cual sea la forma que ha tomado nuestro aislamiento obligado, la situación nos coloca exactamente ahí donde más nos cuesta estar: adentro. Nos empuja a ocuparnos de cajones y armarios descuidados, de vínculos familiares postergados, de nuestra desconocida vida interior y sus aristas poco trabajadas.

Quizá, si Claudio estuviera, miraría con desaprobación la rápida proliferación de discursos adaptativos que convierten la crisis del coronavirus en oportunidad para seguir llenándose los bolsillos. Quizá miraría con lupa debajo de las palabras, actitudes y discursos que brotan de la pestilencia social para reconocer que no todo vale. Porque es evidente que, aunque nos tapien en nuestras casas seguimos mostrándonos al mundo a través de nuestras máscaras digitales, metiendo ruido e interpretando el protagónico de nuestra pequeña película.

“Hay que estar atentos a cómo mentimos”, diría, tal vez, Claudio. Mostrar cómo nadamos con gracia en medio del desastre y simular que cambiamos sin cambiar no hará más que prolongar nuestro sufrimiento, retrasando unos pasos tan necesarios como urgentes.

Que los animales salvajes se estén paseando por los espacios que hemos abandonado refleja hasta qué punto la naturaleza tiene capacidad de recuperación. La fuerza y la pureza naturales no tardan en expandirse, en regenerarse y armonizarse cuando dejamos de ejercer violencia. La mirada compasiva que practicamos en Espai TCI hunde sus raíces en la escuela claudiana, y hoy más que nunca nos consideramos herederos de su sincretismo filosófico, su espíritu lúdico y su capacidad amorosa. Pero ¿cuál sería para Claudio el mayor peligro de los tiempos que corren? Tal vez, la brutal cosificación que ejercemos los humanos sobre todo ser vivo y nuestra propia tendencia a dejarnos vaciar de sentido.

Si tomamos a la población del planeta como objeto de nuestra mirada clínica, hemos de ampliarla a 360 grados para incluir cualquier tipología, condición o forma específica que pueda encarnar la vida. Con esa amplitud clínica y mediante la integración de elementos procedentes del chamanismo y la medicina humanista, habrá que seguir sembrando un modelo comunitario basado en los vínculos afectivos, la cooperación, el placer y la sabiduría. Hemos de continuar con la tarea, iniciada por Claudio, de devolver a las personas un sentido erótico de su existencia, que va más allá de la creación de la pareja y la familia, atravesando su participación en la comunidad y en lo sagrado.

Volviendo al coronavirus y el modo en que nos está confrontando con un emergente global, si pudiéramos diseccionar los componentes de esa otra gran pandemia que es la soledad, nos daríamos cuenta de que está compuesta por el amodorramiento de la era postindustrial, el vacío simbólico dejado por los horrores de la segunda guerra mundial, la soledad mórbida de los normóticos y la soledad sangrante de neuróticos y psicóticos. La soledad relacional se origina en nuestro atontamiento, en la insensibilidad que nos hace ciegos y sordos al mundo interno del otro, a sus señales, sus gestos, a la temperatura emocional que palpita detrás de sus metáforas y símbolos. Es la herencia sintomática de nuestra civilización del horror y la explotación caníbal. Porque es justamente en lo relacional donde mejor se expresa el daño y el trastorno que nos hemos causado a nosotros mismos, mediante unos órdenes imperantes dictados por la lógica de la dominación.

Esta soledad relacional es proporcional a nuestra deserción religiosa. La ausencia de un sentido de lo sagrado y del Misterio en las vidas de la gente, la falta de cultivo anímico, la carencia de contacto con el propio ser, la nula dedicación a la meditación y contemplación en soledad, producen subjetividades huecas y empobrecidas, eternamente apresuradas e incapaces de ir al encuentro si no es para la interacción mecánica.

El antídoto a la soledad relacional que se hace figura en el fondo del coronavirus podría ser la escucha. Aunque para escuchar, hay que callar. Entonces, la oportunidad que nos brinda esta pandemia quizá sea la de entrar en el silencio. Y desde ahí, aprender a apreciar esas otras formas de vida que estaban tapadas por el ruido y el consumo.

 

La función del terapeuta frente una nueva realidad. La vida después del COVID-19

Autor: Oswaldo Velásquez Muñoz – Director del Cercle Gestalt de Ibiza y del Espai TCI de Ibiza. Gestaltista, psicocorporalista y transpersonalista

Claudio Naranjo, sabio contemporáneo, vaticinó durante los últimos años de su vida la necesidad de un cambio urgente en la manera de relacionarnos, individual y colectivamente, en el mundo y con el mundo. Su maestro, Tarthang Tulku, ante su inminente muerte le dijo: “Puedes marchar en paz. Tus enseñanzas serán de mucha utilidad en los duros tiempos que se avecinan”.

La soberbia, el peor de los pecados, como él mismo la definía, con muchas trazas del narcisismo, entendida como una sobredimensión de nuestra naturaleza humana, frágil, nos está conduciendo a una situación inimaginable hace tan solo un par de meses, resultado de nuestra insensibilidad.

Una pandemia de las características que estamos atravesando no es un fenómeno casual. Es el resultado causal de rebasar nuestros propios límites. Si no estamos atentos y dispuestos a hacer un cambio voluntario frente a esta señal de la naturaleza, que simplemente se autorregula para conservar el equilibro, comenzaremos a ver manifestaciones de respuesta natural, completamente impredecibles, que nos conducirán al cataclismo como civilización.

Las enseñanzas de Claudio Naranjo promovían un único objetivo: el despertar de la conciencia oscurecida por la banalidad de nuestras pretensiones egoístas. No una conciencia alejada del mundo; una conciencia de las distorsiones que no nos permiten ver más allá de nuestras pasiones y deseos, que atentan contra la vida.

Muchas personas encontrarán, una vez terminada esta crisis, que su mundo ha sido modificado e intentarán reconstruirlo para continuar siendo los mismos y mantener una inercia desconectada de lo primordial, y seguramente la frustración de no poder conseguirlo acercará a algunos a la terapia.

Entonces ¿cuál ha de ser la función del terapeuta, frente a esta nueva circunstancia?

  • Acompañar en el duelo de lo perdido. Toda transformación requiere dejar ir algo para poder incorporar lo nuevo. Aceptar un nuevo aquí y ahora.
  • Favorecer el contacto directo con la realidad. Sólo en la aceptación, de lo que es, aparecen las respuestas creativas para estar en la vida de forma digna.
  • Promover la responsabilidad y ayudar a las personas a diferenciar entre deseos y necesidades. Lo cual nos permitirá permanecer de una manera sostenible, respetuosa con el medio y con los demás.

El sufrimiento es la diferencia entre lo que es y lo que nos gustaría que fuese. Tenemos mucho trabajo por delante.

 

Los duelos en tiempo de coronavirus

Autora: Ana Hernández Huet Terapeuta gestalt y corporal integrativa. Constelaciones familiares

Son tiempos extraños los que nos tocan vivir, tiempos de situaciones desconocidas, tiempos de cambios, tiempos de pérdidas, tiempos de enfermedad, tiempos de muerte, de muertos, de muchos muertos.

En una sociedad que le da la espalda a la muerte, que evita hablar del tema, que teme a los cambios, la muerte se ha hecho más presente que nunca. No podemos evitar verla, mirarla a la cara, sentirla cerca, intuirla en la tos o el estornudo de aquel con el que nos cruzamos en el pasillo del supermercado, sentir que nos roza cuando viene la ambulancia a buscar a un vecino, cuando sabemos del amigo o familiar al que ingresan. Si nos contagiamos, no sabemos si los síntomas van a ser leves o van a ser mortales. No hay garantía de nada, aunque se hayan determinado colectivos de riesgo, por lo que algunos se sienten más en peligro y otros se sienten exentos, casi invulnerables.

Y… la muerte está entre nosotros.

Con esa compañía que se ha hecho tan presente, tan visible, dadas las circunstancias, se ha determinado que no podemos acompañar a nuestros seres queridos en sus últimos momentos de vida ni despedirnos de ellos ante su viaje definitivo por el colapso evidente que están sufriendo nuestros hospitales y las UCIS de nuestro país.

Comprendo los motivos, no me queda más remedio que rendirme ante la evidencia y, al mismo tiempo, no deja de parecerme absolutamente necesario para la salud psicológica y emocional de nuestra sociedad poder encontrar los medios para que, de alguna manera, ese acompañamiento sea posible, por los que mueren en soledad y por los que quedan. Me duele pensar e imaginar, leer y enterarme de esas muertes y de la desesperación de los familiares que no pueden acudir a su lado ni en ese momento tan crucial de la vida que es su final.

Cuando nacemos no somos conscientes de la importancia del momento. Cuando morimos, podemos serlo. Eso lo convierte en un momento tan sumamente importante, es la culminación de la vida, el instante en el que dejamos atrás todo, absolutamente todo lo que hemos sido, lo que hemos tenido, lo que hemos amado. Es la oportunidad de cerrar gestalts, aunque sea con una mirada, con un gesto o con el contacto a través de tres pares de guantes.

Una buena despedida es medio duelo hecho, es la práctica garantía de un buen proceso.

¡Cuánto dolor, cuánta tristeza, cuánta desesperación en esa soledad impuesta, tal vez la más cruel de todas!

¿De verdad que no había otra manera?

Me lo pregunto muy sinceramente sabiendo que son momentos de mucha confusión y con decisiones muy difíciles de tomar.

Y no puedo dejar de preguntarme también: ¿Qué lugar, qué importancia estamos otorgando a las despedidas en la muerte, a los duelos, en nuestro sistema de vida?

¿Cómo digerir esa situación y al mismo tiempo saber que puedo recibir un paquete por un pedido a cualquier casa comercial con muchas probabilidades de ir repleto de coronavirus, sin ningún tipo de cuidado ni protección?

Me viene a la mente la película japonesa “Despedidas” (“Departures”), que recomiendo encarecidamente. En ella muestran el valor y el respeto a los muertos en su viaje definitivo, y el consuelo que supone para los familiares.

Este país (y quizás el mundo entero) va a tener y tiene ya una cantidad ingente de personas con unos duelos dolorosísimos que tienen muchas probabilidades de convertirse en patológicos, con todas las consecuencias que eso puede tener en la salud mental de la sociedad. Por no hablar de los sanitarios que están presenciando esas muertes, que se levantan cada día para ir a trabajar sabiendo que van a ver morir a varias personas.

Me han contado historias como la de una enfermera que le dejó su móvil a un enfermo para que pudiera despedirse de sus seres queridos. No creo que haya sido la única y hay cientos de relatos similares o peores.

Son historias de película de terror que se están viviendo en estos momentos en nuestro país. Es una cruda realidad que tal vez se podría haber evitado si los responsables hubieran decidido priorizar lo realmente importante, que es el bienestar bio-psico-emocional de la población y no los intereses comerciales, si hubieran tenido la sensibilidad de no añadir más dolor al dolor, encontrando la manera de que ese acompañamiento fuera posible.

Esa para mí es una medida esencial.

Estamos sufriendo las consecuencias de no tener una cultura de la muerte, de haberle dado la espalda, de no tenerla en cuenta como parte de la vida, de haberla negado y obviado. La consciencia de la muerte, la percepción de nuestra propia vulnerabilidad, de nuestra finitud, dificulta el consumismo y promueve la experiencia de la alegría de estar vivo.

¿Cuántos de nosotros nos despertamos cada mañana y comprobamos con satisfacción y alegría que “hoy estoy bien, un día más de salud, veremos mañana”?

Como dijo Claudio Naranjo, si realmente fuéramos conscientes de nuestra muerte, seríamos mejores personas.

Tal vez ahora tengamos esa oportunidad.

 

Miedo, trauma y el cuerpo como medicina

Autora: Lara Terradas Campanario – Psicóloga colegiada 15613, terapeuta corporal integrativa y gestalt, infanto-juvenil y familiar.

Si el miedo es el infierno, el amor es el cielo. Son estados psicocorporales antagónicos. Del miedo a la rabia hay un paso. El miedo es la versión pasiva de la rabia; la rabia es la versión activa del miedo. Puede que estés pasando por verdaderos infiernos en estos días de confinamiento, si no sabes cómo gestionar tus emociones: de miedo a rabia, de rabia a miedo. Los procesos emocionales que vives se encarnan el cuerpo, porque es el territorio de anclaje de la vida interna. Así pues, ¿cómo sientes tu cuerpo estos días? Sentir el cuerpo es sentir la Vida y estar unidxs al planeta Tierra, a la nuestra naturaleza interna y externa, que, desde la perspectiva energética, es lo mismo.

La danza a la que estamos convocadxs a bailar en esta situación global sacude todas las esferas de la vida: política, social y personal, a la luz de la salud —enfermedad y muerte—, con sus consecuencias en la economía. Pone la vida en el centro (¡ya era hora, qué bonito!) y nos inspira para la conciencia de crecimiento y sanación. ¡Que se caiga lo intoxicado por obsoleto en una humanidad que está llamada a abrir su pequeña mente! Es en el proceso de traspasar las dificultades que abrimos nuestro corazón y así se disuelven las corazas musculares del cuerpo.

En esta danza estamos llamadxs a lidiar con aspectos que, según se gestionen, pueden ser precedentes de trauma, según Bessel van Der Kolk (psiquiatra especializado en trauma). A continuación los cito:

Primero: la incertidumbre, que nos pone en el limbo de la no predictibilidad, generando sensaciones de apatía, inquietud y pérdida de sentido del propósito vital. Lidiar con ella nos puede enseñar cómo es nuestro grado de confianza o de miedo en la vida.

Segundo: el encierro, que nos deja en casa sin poder salir mientras, en oposición a la naturaleza corporal, el sistema límbico (cerebro primitivo que actúa más allá de la voluntad para garantizar la supervivencia ante el peligro) segrega las hormonas del estrés, derivadas del miedo, que nos predisponen a actuar afrontando la situación o huyendo de ella. En el confinamiento, este extra de energía del cuerpo, el estrés, es necesario moverlo, para que no cree mayores complicaciones cardiovasculares ni emocionales. Buscar vías de salida físicas y propósitos para “hacer algo” con y para la situación si así nos nace.

Tercero: la interrupción de la vida social, siendo nuestra especie intrínsecamente gregaria y de contacto físico, en una situación en que se hace más necesario compartir buscando apoyo y complicidad, lo cual calma el sistema nervioso y atenúa la vivencia de amenaza. El contacto social necesita encontrar otras vías para ser satisfecho: las pantallas y la conexión por vía espiritual. Para el contacto físico habrá que esperar. También estamos arrojadxs al maravilloso abismo del encuentro con nosotrxs mismxs. Esa es la relación personal más importante de nuestra vida.

Cuarto: ir como pollo sin cabeza por la casa, o sea, disociarnos del cuerpo y del sentir para evitar entrar en contacto con el dolor, lo cual hace perder el foco de atención de todo porque estamos lejos de nuestra propia escucha y, por ende, lejos de saber lo que necesitamos. Más abajo hablaré de propuestas para regresar a la casa del cuerpo.

Quinto: la sensación del día de la marmota. En la vivencia traumática se pierde la noción del tiempo, el sentido de la experiencia, y se cree que eso va a durar para siempre. ¡Qué bien nos va vivir momento a momento! Este segundo es diferente del siguiente. Instalarse en el cuerpo nos aterriza al presente y aquieta la mente, futurista y catastrófica, en estados de alarma.

Sexto: sentir inseguridad en nuestro propio cuerpo, y en nuestra propia casa. El cuerpo aporta señales de alarma que activan las respuestas de estrés para ejecutar una respuesta adaptativa; deja de ser adaptativa cuando entramos en bucle. Señales continuas de este tipo generan la sensación de falta de seguridad dentro de uno mismo, se percibe que se pierde el control y que uno es su propio enemigo, por lo que quiere huir de la propia experiencia íntima. Ponerle conciencia y bajar la intensidad de las reacciones fisiológicas con el movimiento respirado del cuerpo puede ser un antídoto de medicina natural.

Dependiendo de las circunstancias personales: estar sanos, enfermos, que haya muertes y duelos a elaborar en la familia, que el espacio físico sea más o menos habitable, con sus necesidades adultas e infantiles en diálogo, que la relación en la unidad de convivencia sea más o menos respetuosa… y de los recursos internos disponibles (escucharse y cuidarse versus ignorarse y maltratarse), puede resultar más o menos traumática nuestra vivencia de la situación.

El contexto cultural en que hemos crecido no nos ha enseñado cómo manejarla, pues levanta la alfombra de todo aquello que nuestra educación patriarcal capitalista ha relegado a la sombra, o sea, hemos escondido en el sótano de nuestro inconsciente. Nos pone delante de aquello que excluimos de la vida, por doloroso: la muerte, la enfermedad, la pérdida. Aquello que rechazamos es aquello a lo que tememos. Solo se puede amar lo que se incluye, aunque lo etiquetemos de incómodo. ¡He aquí el tesoro escondido detrás del miedo!: Aprender de él y de su discurso excluyente para que sea un trampolín que nos propulse al otro lado de la orilla, el amor, donde acoger lo desagradable en las pulsaciones respiradas y conscientes de nuestro cuerpo. Sin luchar. Sin querer cambiar lo que ya es.

Es habitual que nuestra mente pequeña deforme la función del miedo, que es originalmente protegernos porque, si no, estaríamos todxs saliendo de casa por falta de prudencia. Hay varias opciones de deformación. Una es quedarnos enganchadxs a él: en modo “pobre de mí, no puedo”, nos desplomamos, deprimiéndonos, desenergetizadxs, absorbidxs por la fuerza de la gravedad que nos hace ir por la vida arrastrando los pies por la tierra. Otra es escapar de él, en modo “no pasa nada, puedo con todo”: Nos ponemos hacedorxs compulsivos y huimos hacia adelante sin sentir la gravedad para no desfallecer en la caída; nos desarraigamos y la energía queda condensada en la parte superior del cuerpo en una lucha contra la propia naturaleza humana y la planetaria. Desafío de la fragilidad y de la gravedad, que es lo mismo, en una mirada más amplia.

¿Cómo ponernos al servicio del miedo para transmutarlo en amor desde el cuerpo?

Ante la vivencia somática del estado de alarma, que pone al cuerpo a segregar adrenalina y cortisol, nuestra posición erguida, la verticalidad, se ve achicada. Los humanos, a diferencia de los animales, tenemos las partes blandas al descubierto, en la parte delantera de nuestro cuerpo. Ante una vivencia de agresión y traumática, nos cerramos para protegernos. La cerrazón corporal modifica la calidad de nuestra respiración, lo cual modifica la calidad de vida que respiramos. Respirar significa volver al espíritu porque, como dice Saadi, citado por Antonio Pacheco, “cada soplo inspirado nutre la vida, cada soplo expirado aporta dicha al espíritu”.

El centro de la respiración es el diafragma, que se bloquea ante la situación hostil para evitar que la parte de arriba de nuestro cuerpo se entere de que la parte de abajo está muerta de miedo. Se tensa a fin de bloquear la pulsación de la vida que pasa por el cuerpo, estresando la pelvis y apretando los órganos que contiene, nuestro centro de poder para la acción.

Para controlar el miedo, se tensa el cuello, cuya musculatura se aprieta como cuerdas de guitarra, a lo cual le acompaña tensión en los ojos, para seguir en esa ilusión de control; y en la mandíbula también, para seguir conteniendo la expresión de cualquier emoción dolorosa. Además, el pecho se puede quedar bloqueado para evitar sentir, cerrando los hombros y hundiéndolo hacia adentro o en posición militar, hacia afuera, conteniendo el aire.

La coraza muscular, al servicio de tapar la sensación de indefensión que nos trae el miedo, es una puerta a la conciencia de su apertura si nos ponemos al servicio del miedo para que la contracción corporal encuentre vías para la expansión: propiedad del amor, que abre y une las partes compartimentadas para que la pulsación energética circule de arriba abajo y de abajo arriba en el cuerpo.

Sabiendo que el territorio físico toma estas formas, es necesario trabajar sobre nuestra respiración. Hay muchas formas: yoga, pranayamas, u otras técnicas respiratorias que te apetezcan. Cantar mientras friegas los platos o gritar bajo la ducha fría es estupendo. La bioenergética pone énfasis en la toma de tierra, que facilita la apertura de la capacidad respiratoria. Un básico para estos días es la postura de arraigo, que nos ayuda a plantar nuestros pies en la tierra, a poner énfasis en la base de nuestro cuerpo para sentir que nos sostenemos en el presente, un lugar de abundancia si habitamos en él, al contrario del miedo, un lugar de carencia (futura e imaginada). Poner pies a esta situación es fundamental para mitigar los efectos del miedo. Bailar con músicas de tambores o africanas activa el centro bajo del cuerpo para un buen arraigo, además de invocar el placer de la creatividad del movimiento espontáneo, que ablanda las rigideces musculares, o sea, los nudos emocionales.

Otra técnica muy efectiva para lidiar con el miedo es sacar la lengua un buen rato al día, diez minutos mínimo, para estirar toda la musculatura contraída por el miedo del canal central de nuestro cuerpo.

Es indispensable poder descargar la rabia sin dañar a nada ni a nadie, para calmar el miedo; porque, como ya he nombrado, miedo y rabia son dos caras de una misma moneda. Se puede golpear el sofá con los cojines, romper periódicos, tirar bolas de arcilla o de plastilina al suelo con fuerza, soltando la voz para el estómago se libere. Esta descarga le hace un favor a la energía extra producida a raíz de estrés en nuestro cuerpo y nos devuelve la vitalidad, dejando disponible la energía para afrontar el día desde un lugar de poder y dignidad, lejos de la victimización o la desconexión que puede traer consigo el miedo.

He creado unos vídeos con “ldoras corporales” colgados en las redes para mover el miedo aterrizando en el cuerpo. Son pequeñas sesiones lúdicas para todo el mundo, que beben de la bioenergética, la danza, el yoga, las artes marciales y del placer de habitar el cuerpo en el movimiento consciente y respirado, liberando tensiones.

A través del organismo podemos generar la medicina necesaria para que la penumbra del miedo transmute en la luz del amor, y así educar a nuestro cuerpo para que deje de encarcelar a nuestra alma y le permita irradiar en estos tiempos de necesaria evolución de la conciencia, en que estamos llamadxs individualmente a elevar nuestras vibraciones en un contexto donde se manifiesta que lo colectivo es mucho más que la suma de las partes y que cada parte, tú y yo, necesita comprometerse al cambio para que la cocreación de la nueva realidad que está naciendo se geste desde el amor y no desde el miedo.

El cuerpo lo sabe. Algunas claves para el confinamiento

Autor: Jesús Oliva – Terapeuta gestalt y corporal integrativo. Especializado en trauma

Me gustaría hacer llegar de manera breve y didáctica el funcionamiento del cuerpo en situaciones de estrés y cómo desde ahí nos podemos ayudar con algunas pautas muy básicas.

En este momento, en que muchas personas pueden estar sintiéndose abrumadas y superadas por la situación, necesitamos comprender que es la parte más instintiva del cerebro la que toma el mando para dar una respuesta de supervivencia frente a la amenaza que sentimos.

La activación de estos mecanismos primitivos y extraordinarios, que nos han ayudado a mantenernos con vida en momentos donde no contábamos con otros recursos, ahora persisten como respuestas inconscientes y automáticas que nos dificultan utilizar otros recursos de afrontamiento más adecuados.

La buena noticia es que el cuerpo esta biológicamente preparado no solo para sobrevivir sino también para aprender y adaptarnos a episodios estresantes.

La mala es que muchas veces estamos desconectados de nuestra sabiduría corporal y de los mecanismos de regulación que nos ayudarían a dar respuesta sana frente a estas amenazas o desafíos.

La separación de nuestros seres queridos, la incertidumbre sobre nuestra salud o nuestro futuro, la pérdida de libertad… son experiencias que nos impactan en este momento, en mayor o menor medida, y que van a ir haciendo mella según sean los recursos internos con que contemos y nuestra historia de vida con respecto a estas experiencias.

Pueden ir surgiendo sensaciones tales como el cansancio, la irritabilidad, el insomnio, la ansiedad, la dificultad de concentración… El estrés se hace presente y sus síntomas nos pueden llevar a sentir mucha vulnerabilidad y poco control respecto a ella.

En estas experiencias, que pueden ser intensas, solemos resistirnos y tratamos de evitar el dolor que nos producen. Nos disociamos, nos congelamos para no sentir. Nos volvemos más reactivos, nos sentimos inundados con mayor facilidad. La respuesta de supervivencia se mantiene activa, impidiendo que la información se procese; y la energía que el cuerpo ha activado para dar respuesta queda atrapada en el cuerpo. Interrumpimos esas acciones (lucha o huida) que nos ayudarían a regresar a un estado de relajación.

Es común que las personas se sientan secuestradas por estados desregulados, en los que se viven incapaces de controlar sus emociones y sus comportamientos, por lo que es necesario que puedan recuperar la confianza y la seguridad en las respuestas reguladoras del propio cuerpo.

Los niños, cuando están asustados, buscan a mamá para calmar sus estados. Y es a través de ella que aprenden a regular sus experiencias. Asimismo ocurre en el reino animal, donde es la manada la que protege y mantiene a las crías a salvo de los peligros. Está pues en nuestra biología la regulación a través del contacto y la interacción social, como primera respuesta para acercarnos a las experiencias de protección, seguridad y calma.

Sentirnos escuchados, confortados, comprendidos nos permite empezar a procesar lo que nos duele y expresar eso que sentimos para que no se quede atascado en el cuerpo.

Y al igual que otros mamíferos, también tenemos otro mecanismo biológico, como es el temblor, para ayudarnos a descargar físicamente esta energía que se ha quedado atrapada en el cuerpo y regresar a la calma. Solo cuando se ha liberado esta energía, el cuerpo puede pasar del estado de alerta a una relajación que nos facilite recoger e integrar la experiencia.  

En nuestras sociedades cada vez más alienadas hacía un individualismo dañino, se hace urgente recuperar la Comunidad como espacio de apoyo y sostén.

Desde la Escuela Espai TCI, queremos tomar este momento como una oportunidad para seguir siendo un espacio seguro, un lugar de escucha que nos ayude a reconectar con la sabiduría de nuestro cuerpo. Una familia que nos acerque a seguir compartiendo nuestros miedos, a llorar nuestras tristezas y a nutrirnos de nuestros recursos.

Si quieres más información, y sientes la necesidad de hacer tribu y sentirte acompañado, tenemos distintos espacios abiertos y gratuitos que pueden ser de tu interés.

Un Hombre notable

Autor:  Cherif Chalakani  – Inspirado por un vínculo afectivo de 40 años con Claudio Naranjo ha creado «Espacios Nacientes» y coorganiza con su compañera, Katrin Reuter, el SAT entre Francia y Alemania.

[Hoy hace un mes, partió el Dr. Claudio Naranjo (1932 Valparaíso, Chile – 2019 Berkeley, EE.UU), inspirador del Espai TCI, Hemos querido recordarle en la glosa de uno de sus más cercanos colaboradores.]

Es un hombre excepcional el que acaba de dejarnos, un hombre que vivió incansablemente animado por una sed de conocimiento y por una sorprendente capacidad de crear puentes teóricos y prácticos entre disciplinas tan diversas como la psicología, la espiritualidad, la música, las plantas sagradas… Al igual que los grandes hombres del Renacimiento y de la Ilustración, Claudio nos ofreció una integración, una síntesis moderna de caminos generalmente separados, el de la ciencia, el del arte y del despertar espiritual.

Psiquiatra, pianista de conservatorio, autor, tocado por la gracia del ser, conoció en el camino de su vida a Tótila Albert, Fritz Perls, la profunda tristeza de la muerte prematura de su hijo Matías, Idries Shah, Oscar Ichazo, Bob Hoffman, Suzy Stroke, Muktananda, Tarthang Tulku… Abrazó con su corazón la complejidad de la condición humana, la de nuestro sufrimiento humano.

Participó en la década de los sesenta del movimiento californiano de contracultura, del acercamiento entre las tradiciones espirituales occidentales y orientales. Nos legó una contribución decisiva en el desarrollo del Proceso Hoffman. Fue pionero en la psicoterapia transpersonal y en el uso terapéutico de las drogas psicotrópicas. Desarrolló el eneagrama de la personalidad, incluyendo la psicología de los eneatipos y diseñó el programa SAT, un laboratorio de exploración de nuestro potencial de amor. Trabajó en el área de la Educación como una forma de transformar el mundo. En un paisaje contemporáneo que está perdiendo valor y orientación, nos brindó luces sobre las dificultades creadas por el mundo patriarcal, ofreciéndonos diferentes salidas y vislumbrando una profunda confianza en nuestro potencial de autorregulación y de ayuda mutua.

Es en la gran hermandad generada por Claudio, que Katrin y yo crecimos, nos conocimos y nos reconocimos. Bajo su confiada dirección, unimos nuestras intenciones y fortalezas para organizar desde 2009, con el apoyo de todo el equipo del Instituto, los diversos ciclos del programa SAT, celebrado entre Francia y Alemania. Un maravilloso y poderoso seminario multicultural, un espacio único y privilegiado para desarrollar el valor de Ser y compartir el misterio de la presencia en nuestras relaciones.

Igualmente otros talleres internacionales de gran audacia experimental tuvieron lugar:

En Todtmoos en 2010, posteriormente en París en 2012, donde Claudio presentó los Eneatipos y Subtipos frente un público internacional. En Montpellier, en 2015, un intenso encuentro con el genio de Balzac fue una oportunidad para reconocer y representar a los distintos personajes de la Comedia Humana a la luz del eneagrama de la personalidad. En Bad Meinberg en 2016 y en ZIST en 2017, su delicada sensibilidad musical nos permitió escuchar y comprender el significado y la esencia de la música clásica, como un lenguaje sutil hacia lo trascendente. El año pasado en Bremen, con una salud ya de por sí frágil, nos guió, desde su casa de Barcelona, en un viaje por los infiernos, los purgatorios y los paraísos de las personas autorrealizadas. Su experiencia de vida y su aguda conciencia de una muerte cercana dieron a sus palabras, la fuerza de un testamento personal sobre los desafíos de la aventura espiritual.

¡Qué hermosos regalos!

El equipo del SAT Francia Alemania echaremos de menos la visión clara de Claudio, y ahora sin él, nos toca iniciar una nueva etapa. Por nuestra parte, es con gratitud que recibimos su legado de sabiduría y nos comprometemos a cuidarlo, permaneciendo fieles al espíritu de sus enseñanzas y a nuestra propia madurez y creatividad.

Una ceremonia de cremación tibetana dirigida por Tarthang Tulku tuvo lugar el 18 de julio en Odiyan, California (en la foto). Sus cenizas permanecerán en este templo, su hogar espiritual, cerca de las de su hijo.

El camino de la autorregulación

Autor:  Jesús Oliva –  Terapeuta gestalt y corporal integrativo. Especializado en trauma

Una posible definición para acercarnos al concepto de autorregulación podría ser la capacidad espontánea y natural que tiene el cuerpo de volver al equilibrio. Y es importante partir de ahí para entender que lo que ocurrió en la infancia no fue otra cosa que la respuesta de regulación y protección frente a una situación dolorosa a la que como niños no teníamos la capacidad de dar respuesta. Me refiero aquí a la herida de amor que todos sufrimos cuando nuestra expresión natural y genuina no fue acompañada por el entorno y de esta frustración y dolor nos protegimos para poder sobrevivir.

La búsqueda de aprobación y de atención para alimentar este vacío de amor nos fue alejando de nuestras verdaderas necesidades. Y, como dice Karen Horney, acabamos vendiendo nuestra alma al demonio por sentirnos reconocidos y aceptados.    

Los mecanismos de defensa que de niños utilizamos para afrontar estas situaciones, es decir, las actitudes y comportamientos que tomamos para evitar estar en contacto con esta parte dolorosa, es preciso que dejemos de verlas como el enemigo o algo malo a eliminar. Estará bien que empecemos por agradecernos, a nuestro cuerpo y a nosotros mismos, esta capacidad para protegernos frente a experiencias que afectaban directamente a nuestra integridad. 

Ciertamente, con el paso de los años, esta respuesta no deja de ser una forma obsoleta y desactualizada frente a aquello que nos pasó. La evitación ha cronificado un sentimiento de incapacidad que quizá nos convendría actualizar y afrontar.

La terapia corporal nos ofrece, desde esta vertiente que integra mente – corazón – cuerpo – alma, un espacio de acompañamiento para que aprendamos a darnos tiempo para recuperar el sentimiento de confianza y la capacidad de estar con nosotros mismos. Un lugar de seguridad para acercarnos con respeto a nuestra propia intimidad, a esta capa de vulnerabilidad de la que llevamos tiempo huyendo.

Si confiamos en la sabiduría del cuerpo, afinamos la escucha y nos permitimos estar en contacto con nuestras sensaciones, aprendiendo a reconocer nuestros patrones reactivos de evitación, y nos tomamos el tiempo para acompañar y digerir lo que vayamos percibiendo, el cuerpo nos irá revelando lo que necesita ser acompañado.

El síntoma es en demasiadas ocasiones el grito que tiene el cuerpo para despertarnos de nuestra desconexión; si no lo es ya la enfermedad. Aprovechemos pues esta llamada para regresar al cuerpo, para atenderlo como se merece y adentrarnos en este vacío en donde abandonarnos a nuestro SER más esencial.

El espacio terapéutico nos abre la posibilidad de aprender a estar con la incomodidad, y darnos contención cuando nos acerquemos a las vivencias de miedo y dolor que encerramos detrás de la coraza muscular y la personalidad.

Cuando redescubrimos nuestro propio cuerpo como este lugar de sostén, respetando nuestro ritmo y confiando en nuestra presencia, la apertura es un regalo que fluye de reconocernos capaces de regular y acompañar la experiencia como un proceso natural.

Una vuelta a casa para acunar la vergüenza y la indignidad; y recuperar el contacto con nuestra naturaleza y nuestro impulso vital. 

                                                     [email protected] / 660260402

Evania Reichert: «Sobreproteger a los niños es tan perjudicial como el descuido»

Psicoterapeuta y escritora, Evânia Reichert defiende a los niños, que son nuestro futuro, con un trabajo de prevención de la neurosis, y nos ayuda a comprender y asimilar nuestra herida revisando nuestro pasado. Su libro «Infancia, la edad sagrada» es una obra capital para comprender cómo el carácter se va forjando al irse topando el desarrollo natural con tal o cual dificultad en las diferentes etapas de la niñez. Colaboradora del Espai TCI, ha venido de su Brasil a Barcelona para impartir en nuestro centro, junto al también terapeuta Sergio Veleda, diversas formaciones.

En esta reciente entrevista repasa “la buena educación”, esa que favorece la
autorregulación del niño y su pleno desarrollo vital, en una medida óptima entre el permiso y la contención, según la visión de Wilhelm Reich: «Hay cosas que no se educan».

¿Cómo es de importante la infancia para la vida futura de un niño?
La infancia lo es todo. Es la base y el cimiento de nuestra estructuración como personas. Se trata de una época determinante tanto para el desarrollo del cerebro como para el psicoafectivo, psicomotor y cognitivo. Más allá de todo esto, es en la primera infancia cuando nace y se estructura la capacidad de ser amoroso, respetuoso y solidario; o sea, es cuando nace nuestra humanidad, todo que nos puede enriquecer a lo largo de la vida.

¿Qué podría considerarse una buena infancia?
Para mí es esencial que todos los que cuidan y conviven con niños directamente tengamos un buen conocimiento acerca del desarrollo infantil y su relación con la pulsión vital de los niños y niñas en cada edad. Y los adultos debemos estar atentos para no reaccionar a partir de nuestras propias neurosis con los pequeños. Si se cultiva una educación con consciencia y respeto a los ritmos naturales de la niñez, y las personas comprenden que la infancia es una edad sagrada y tienen presente el sentido de prevención, con los efectos negativos de cómo los adultos reaccionan con sus hijos y alumnos, ciertamente tendremos niños con una buena infancia.

¿Cuáles son los aspectos clave a desarrollar en un niño?
Lo fundamental es el desarrollo de la vitalidad, la herencia más importante que se puede ofrecer a un niño o niña. Y para que nuestros hijos e hijas sean personas con gran vitalidad y, en consecuencia, estén libres de los cuadros de depresión en la adolescencia y la vida adulta, es necesario cultivar el sentido de autorregulación y pleno desarrollo vital en los primeros años de vida, especialmente en los primeros tres años.

El tema de la autorregulación puede crear polémica entre los padres. ¿Cómo es de importante en un niño?
Surge polémica cuando hay una comprensión distorsionada de qué es autorregulación. El cultivo de autorregulación es la única salida para la salud biopsicológica de la humanidad. Si no permitimos el desarrollo sano de los instintos humanos, si no permitimos que el desarrollo psicomotor sea pleno en cada edad, o no creamos medios para que la niñez sea un tiempo bueno, seguiremos en el mismo camino perdido en que estamos, o sea, creando un mundo con personas cada vez más enfermas, depresivas, psicóticas, violentas, suicidas, que viven en un gran sufrimiento psíquico.

Proteger a los hijos es algo innato para un padre. ¿Cómo de perjudicial puede ser para un niño la sobreprotección de los padres?
La sobreprotección es tan perjudicial como el abandono y el descuido. No hay nada peor en la niñez que se te impida desarrollarte o que se cercene lo que nace en cada edad. Los primeros años están llenos de nacimientos cada día, en todas las áreas del desarrollo infantil, y esta protección excesiva impide que los pequeños se apropien de virtudes tales como la autonomía, la confianza y la independencia.

¿Existe un punto intermedio entre la educación autoritaria y la liberal?
Con los cambios de las formas antiguas de educar, podemos decir que en muchos casos nos vamos de un extremo al otro, pero no se pude generalizar. Hoy tenemos muchos proyectos educativos de gran importancia, con visiones muy claras del cultivo de autorregulación, y que están en el punto intermedio y sano.

Innegablemente, la sociedad está cambiando. ¿Cómo influye en la infancia?
Hay un lado malo y uno bueno. El malo es la falta de vida junto a la naturaleza, la falta de respeto y de humanización en el nacimiento y en los primeros meses de vida, el uso muy temprano de tablets y móviles en el día a día de niños o de los bebés que van a la guardería con tres meses por falta de una política pública con permiso de maternidad de mínimo un año, etc. Eso genera el cuadro grave de desestructuración emocional que estamos viendo en el mundo actual: depresión creciente, dependencias emocionales y químicas preocupantes. El lado bueno del mundo actual es que estamos viendo la crisis y la quiebra gradual del modelo patriarcal y con eso, el nacimiento de nuevas formas de educar y vivir, más sanas y humanizadas. Hay que conectarse con eso, con lo sano que surge en medio del caos. Hay un bello loto naciendo en medio del lodo.

¿Cómo de importante es la neurociencia para conocer mejor esta etapa?
Los avances científicos son muy importantes ya que aportan numerosos datos sobre esta evolución. Más allá de la importancia de la investigación, nuestro trabajo se centra en la prevención y esos avances son esenciales para sostener y confirmar la urgencia de realizar cambios positivos en la educación y el desarrollo de los niños.

La entrevista original, en:

https://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2018/12/09/sobreproteccion-menores-perjudicial-abandono/1053071.html?fbclid=IwAR0aLMSr3blG19ksgW7HoU_CzQQUYTciyHxza17bshEX9ZDZiHgfeg418Go

La agresividad como elemento vitalizador

Autor: Juan José Alcázar  Psicólogo, psicoterapeuta, mediador de conflictos y axiómetra. Col. Nº 13636

La agresividad es un concepto originario de la biología, vinculado con el instinto sexual y el sentido de territorialidad, y que es asumido en general por la psicología.

La psicología humanista, y en particular la gestalt, ha diferenciado entre agresividad y violencia. En términos generales, la agresión es un ataque no provocado, producto de conductas aprendidas, mientras que la violencia hace referencia a una conducta con la intención de hacer daño. El comportamiento agresivo hace referencia a una conducta o estado emocional que nos lleva a defender nuestros derechos, infligiendo daño físico (o psíquico) a otras personas.

En general, he oído en los grupos terapéuticos que se aceptaba la agresividad pero no la violencia, tal vez por la concepción de que la agresividad es un instinto y la violencia es la «incorrecta» gestión de esta energía instintiva que todo ser vivo tiene.

Los animales muestran conductas que pueden parecer agresivas pero que en realidad son sobre todo conductas de alimentación, apareamiento (competición), territorialidad o defensivas. El hombre es el único animal que muestra la agresión como un sentimiento interno no relacionado con conductas de supervivencia.

Ciertas hormonas, como la testosterona, parecen directamente relacionadas con estos comportamientos tanto en hombres como en animales. Los niveles de andrógenos en sangre parecen variar en relación directa con el comportamiento agresivo y sexual. Y diversos estudios señalan que las lesiones en el lóbulo temporal parecen activar el aumento de respuestas agresivas (Mark y Ervin: Violencia y cerebro, 1970).

Me gustaría poder centrarme en un ejercicio en defensa de la agresividad —¡rompamos una lanza por la agresividad!— como aquella función del impulso unitario que satisface las necesidades de las que da noticia el subimpulso tierno (Juanjo Albert: Ternura y Agresividad, 2014). Esta función nos energiza, nos vitaliza, en un movimiento hacia el mundo externo.

Es luego, con la maduración psicoemocional, cuando se dirige al mundo interno y acaba siendo defensivamente regresivo. Llevamos como especie nuestra naturaleza instintiva en contra nuestra y llegamos a transmutar una energía de satisfacción en una función de dolor y sufrimiento.

Sabemos que esta función hacia el mundo de afuera tiene que ver con el padre o es investida por él (y entendamos padre como función padre) al comienzo de la etapa fálica (es decir, el momento de la curiosidad y el afán exploratorio), tras ser autorizada por la madre (de nuevo, función madre) y con el poder personal por ella concedido. Necesitamos ambos, poder y autoridad, y un buen equilibrio para poder gestionar este impulso en este mundo sin caer en una violencia sistemática que no entiende de medida (autoridad sin poder), o en una inhibición pasiva y frustrante (poder sin autoridad).

En mi propia vivencia y en lo que he podido observar, constato cómo, en vez de potenciar esta función, en vez de acompañar al niño en su maduración y en la comprensión y manejo de esta energía, solemos juzgarla (y vernos juzgados) por tener o vivir este instinto (al igual que el sexual). O a veces, es potenciada sin medida, transmitiendo miedos y modelos. Solemos vivir una descalificación autoritaria y humillación, en vez de un límite amoroso que nos podrá hacer crecer y optimizar nuestra vida.

Es en esta frustración del impulso agresivo donde también se produce el quiebre de la entrega, del compromiso consigo mismo y con el otro, y del derecho al placer. Cortando este impulso agresivo, acabamos cortando nuestra capacidad orgásmica, ya que desconfiaremos de nuestras propias capacidades para alcanzar nuestra satisfacción, en un mundo que ahora percibiremos como hostil y por tanto ante el cual, o nos defenderemos neuróticamente o nos inhibiremos depresivamente, en un círculo vicioso de víctimas y agresores.

Como especie llevamos relativamente poco intentando transcender los impulsos violentos como solución o afrontamiento de vivir en sociedad. Muchas veces son los códigos morales de la religión los que llevan a la represión (pero no solo, recordemos por ejemplo la tabla de Hammurabi que, como sistema jurídico, establece la ley del Talión: Ojo por ojo, diente por diente). El «hombre moderno» ha sufrido una desnaturalización de sus instintos, llegando a deprimirse por la continua represión y la pérdida de la fuerza. Las implicaciones morales con que la religión o los sistemas jurídicos han llevado el instinto al juicio de lo «malo» también han llevado a contactar la maldad como una forma de recuperar el instinto… «A veces hay que hacer algo malo para sentirse vivo».

Recuerdan la serie Doctor en Alaska? https://www.youtube.com/watch?v=gSoboviiLqk

 

Ponerme delante

Autor: Jaume Calafat – Terapeuta corporal integrativo

Hoy lo he dejado con mi pareja, estoy desorientado, me siento como ido, con los ojos perdidos, mi atención es difusa, me evado con el facebook, con la tele, con las cosas de casa… En mi cabeza siento una centrífuga abrumadora que me enloquece. Pasan las horas y esa sensación tan desagradable sigue aquí.

Una voz dentro de mí se activa y me recuerda: «¡Ya sabes que tienes que hacer!».

Algo en mí se conecta, siento que mi parte adulta se hace presente y desde esta, empiezo a tomar responsabilidad sobre lo que estoy viviendo. Empiezo a trabajar con el cuerpo. Comienzo por las piernas pisando el suelo con fuerza, me dejo ir con el movimiento y al poco siento que voy sacando rabia; la dejo que salga. Paso a trabajar la parte superior del cuerpo para abrir el pecho y soltar la cabeza. Poco a poco mi mente se va silenciando y siento algo en mi interior que sale de la centrífuga; mi cuerpo está más presente, más relajado.

Desde la quietud empiezo a sentir la separación, el miedo y sobre todo la sensación de soledad. Es una vivencia muy desagradable, hay algo en mí que huye de esa sensación, como un gato huye del agua, pero en algún sitio en mi interior hay la certeza de que el camino, precisamente, pasa por mirarla. Me centro en mí profundamente, con delicadeza, y me dejo invadir por la soledad sin manipularla, me entrego a ella. Empiezo a sentir una sensación de vértigo aterrador, me veo cayendo por un pozo sin fondo, es interminable, parece que voy a desaparecer, a desintegrarme, a morir.De golpe siento que algo para mi caída, el vértigo desaparece y una sensación mágica de ternura y amor me invade y me acompaña, siento mi pecho abierto y eso me alimenta. La sensación de abandono se alterna con este amor y es infinitamente más llevadera y sobre todo me ayuda a estar presente. Ya no necesito evadirme y puedo estar presente con lo que siento.

Desde este nuevo punto, no me siento anclado a la sensación de abandono, ya la he transitado y eso me ayuda a ver más ampliamente mi situación y decidir desde la libertad lo que quiero hacer con mi vida.

Después de unos días de haber vivido esta experiencia transformadora, me pregunto: ¿Qué me ayudó a tenerla?

Ponerme delante de lo que siento. Muchas veces caemos en la trampa de no mirar lo que nos pasa, evitando el contacto íntimo conmigo; así no siento. Una imagen muy clara es el avestruz que esconde su cabeza bajo tierra cuando se asusta; es lo que en gestalt llamamos deflexión.

Otra manera de escaparse es hacer responsable al otro de lo que nos pasa. Un ejemplo muy claro en una separación es quedarse anclado en la rabia, culpando al otro del daño que me ha hecho en lugar de dejarme sentir el dolor que siento.

Ponerme delante de lo que estoy sintiendo no es nada fácil ni agradable pero hacerlo nos permite digerir lo que ya pasó a fin de estar disponible para lo nuevo que me traerá la vida.

En mí hay un niño y un adulto. El niño que fuimos en la infancia está presente en nuestras vidas con sus vivencias dolorosas y a la vez con su alegría y creatividad. Ese niño aún hoy se asusta, se siente pequeño e impotente delante de las vivencias desagradables, y al sentir eso busca escapar de esa vivencia.

La parte adulta tiene la fuerza y el centramiento para ponerse delante de las vivencias desagradables y escoger desde una consciencia mayor lo que le beneficia más; recuperando la posibilidad de reconocer mis heridas, cuidarlas y darles un lugar, hecho que me fortalece como persona.

Manipular o forzar. Lo más fácil, ante una emoción o sensación desagradable, es manipularla o forzarla, consciente o inconscientemente, para que desaparezca lo más rápido posible. Hay personas que tienen dificultades en sentir la rabia; otras, el miedo; otras, la tristeza; y eso va ligado a cómo han sido nuestros padres y referentes. Estas dificultades se trabajan en terapia para recuperar nuestra capacidad expresiva emocional.

Cada emoción tiene una energía diferente. La rabia nos da un chute de energía, la tristeza nos deja en un pozo, el miedo nos paraliza. Es por ello que cada una tiene un ritmo y un tránsito diferente, al cual nos debemos entregar.

A mí me ayudó aceptar el sabor amargo de la tristeza, ponerle presencia y entregarme a ella; así la emoción fluyó a su ritmo y no se estancó.

El trabajo con el cuerpo me ayudó a aflojar tensiones, a abrir el pecho y a sentir el cuerpo conectado como una unidad, sin cortes. Y eso es importantísimo para ayudar a transitar las vivencias de forma fluida.

Veo que del proceso terapéutico se va incorporando una manera de cuidarnos y acompañarnos  en esos momentos donde tocamos espacios de herida, de fragilidad y vulnerabilidad. Un tacto que voy cogiendo de mi terapeuta al acompañarme en esos momentos. E incorporo esa manera de estar para extender el crecimiento personal más allá de la sala de terapia, llevándolo a mi día a día.

(Este texto se basa en hechos biográficos de la vida del autor que, a simple vista, se podrían considerar como malas vivencias, pero que gracias al enfoque terapéutico se tornaron en valiosísimas perlas de conocimiento.)