La mirada fraterna

Autor: Oscar Fontrodona – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

La ley de la jungla, donde vivimos mayormente, por mucho que se nos llene la boca de Justicia, reza así: La vida es una guerra, donde si tú ganas pierdo yo, y gano cuando tú pierdes. O comes o te comen.

La fraternidad va más allá de esa cruda realidad y también de la verborrea de lo justo y lo injusto: es verte como mi hermano. Te considero, gozas de mi mirada amorosa y de un buen trato. Gratis. Es jugar pues otra liga, con otras reglas, adonde se suma a participar un equipo del arte de la ayuda llamado TCI.

Como terapeuta TCI, me corresponde atender a la persona que llega malherida no solo con técnicas con que revisar introyectos lesivos y desatascar la energía sino, ante todo, con una mirada comprensiva, amorosa, de hermano que encuentra toda la belleza que hay en ti. Esta mirada fraterna no puedo forzarla. Me sale porque ya la he disfrutado antes yo mismo. Por eso los terapeutas TCI pasamos por terapia nosotros mismos antes de ejercer. Para nutrirnos de esa mirada de amor incondicional, de ese “no necesitas hacer nada especial para que te quiera”.

Esa aceptación incondicional de mí mismo la traíamos, en realidad, de fábrica. Como todos los niños, yo también nací sin problemas por ser quien era. “Todos los niños — me dice Claudio Naranjo— nacen Budas, y luego el mundo los estropea”. Y es verdad que temprano en la infancia pasamos a experimentar el amor como un bien escaso, sujeto a peajes caros. “¿Cómo es posible — se pasma el niño, la niña— que tenga que dejar de ser yo para que me quieras?”. Si es que no le cabe en la cabeza. Y entonces, esa incipiente mente infantil, de lógica sencilla, da con el por qué más económico (la alternativa es pavorosa) a ese chantaje emocional, a ese ser visto por sus seres queridos como un objeto con prestaciones, a esa falta de amor que le corroe por dentro: “Ah, pues será que soy malo, que no me lo merezco, alguna tara he de tener…”. ¿Qué explicación tiene, si no, que le prives a ese pequeño de ese amor que él sí te da, de corazón y a manos llenas, y que es justo lo que más necesita? El peaje que pagará por adaptarse a nuestra cultura enferma es la pérdida de la buena mirada. Hacia sí mismo primero; hacia los otros, detrás. Con la bondad se nace. La maldad se entrena.

En días de luchas fratricidas por la identidad en estas tierras, recordemos que en el fondo, y más allá de nuestras diferencias, todos estamos conectados y todos somos Uno. Todos tenemos una madre y un padre, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, y 32, y 48 y 96, tatata… abuelos, y si seguimos para atrás nuestras memorias ancestrales se entrelazan hasta llegar a aquellos viejos tempos en África. Remontados a nuestros ancestros todos somos pues hermanos de sangre y compartimos linaje; la hermandad es, sencillamente, pertenecer a la condición humana. Un dato.

Pero sentirnos hermanos depende de la construcción de un vínculo. La fraternidad emerge entonces como conciencia de que soy vínculo, hijo de los encuentros y de los desencuentros. Lo voy a decir una vez más: Somos vínculos. Esa es nuestra identidad.

La hermandad es conciencia de que tú y yo, todos, somos hijos de la vida; de que no estamos solos. Conciencia de que, a un nivel, aquí abajo de la bóveda celeste, todas las relaciones son horizontales. De que (agárrense que vienen curvas) sí, “yo soy yo y tú eres tú”, pero solo para sostener mejor el “tú eres yo y yo soy tú”. Conciencia de congéneres, de consanguinidad espiritual.

Un grupo de crecimiento personal, como los que propiciamos en TCI, es un espacio que facilita esa conciencia, que es una vuelta a casa. A la casa común. La fuente. La luz de todos. Una autoescuela donde entrenar y practicar cinco mil veces la buena mirada que quedó atravesada, hasta que, más fluidos con el embrague, el freno y el acelerador, y ya con menos volantazos, se convierta en una acción automática, como el conducir.

Cesar Cerón, “Confidencias”

Vamos hacia una sociedad de hijos únicos (y con partos gemelares), y España lidera esa tendencia. Miro en derredor y veo niños jugando solos con su pantalla amiga. Esta falta de experiencia fraterna de una generación con maquinitis acentuará aún más, a corto plazo, el individualismo. Estamos llegando al final de la Caída; vayan sacando los botes salvavidas.

Yo he tenido la fortuna de tener hermanos y aprender así en su entorno natural la cooperación y la rivalidad. Con mis hermanos jugué, intimé y nos explicamos, y hubo (hay) también dolor, no solo júbilo, apoyo y empatía. Las guerras más atroces, creo que ya lo he dicho, se libran en el interior de las familias. Primogénito pronto destronado, en las peleas con mi hermano aprendí, mal que bien, a marcar límites, a ocupar mi espacio. Y en la competición para conquistar a mamá o en el sortear los truenos de papá nos fuimos construyendo el uno frente al otro, en un entramado de rasgos polares y me pregunto qué dones míos se polarizaron en ti y quedaron en mí atrofiados; así que tú eres también, hermano, el espejo de lo que me falta. Ojalá nos encontremos pronto, para compartir esas y otras andanzas, expresarnos y escucharnos. Para mirarnos, si Dios quiere y como decía Stefan Zweig, con “los ojos del hermano eterno”.

El masaje Shantala y el desarrollo sano y equilibrado de nuestros hijos

Autor: Francesc Remolí – Psicólogo, terapeuta gestalt integrativo y craneosacral biodinámico. Instructor de masaje Shantala

El masaje Shantala para bebés, que introdujo en Occidente Frédérick Leboyer hacia los años cincuenta representa, aún hoy en día, un válido y necesario trabajo dirigido a las familias para promover la práctica concreta de unos principios y valores de salud y educación que nos devuelven a todos, madres, padres e hijos, la esencial conexión con nuestra naturaleza, la recuperación de nuestras capacidades de autorregulación y equilibrio y un saludable y nutritivo vínculo familiar.

Todo ello se podría traducir en un mundo más humanizado, con más Amor, y en un acompañamiento a la infancia que favorezca seres humanos menos enfermos y neuróticos, menos adormecidos y más conscientes y responsables, más vibrantes, más genuinos con sus necesidades y con las de los demás, más sanos.

Se trata de un trabajo profundo, que va más allá de la técnica de masaje para el bebé con aceite natural o de los ejercicios de yoga que lo dieron a conocer. Hablamos también de ocuparnos del cultivo de cualidades y principios esenciales que favorecen y potencian el desarrollo biopsicológico sano del niño en su encuentro nutritivo con su madre/padre. Me refiero por ejemplo a:

  • Presencia verdadera

Estoy aquí, ahora, contigo. De manera incondicional y abierta.

  • Entrega y disponibilidad

Estoy aquí para ti, disponible, respeto tu ritmo.

  • Amor admirativo y reconocimiento

Te veo, te reconozco como ser consciente e integral, admiro tu esfuerzo y te doy espacio.

  • Contacto delicado y sincero

Te lo expreso de voz y con mi cuerpo, de corazón, desde surgen mis manos, con mi tacto amoroso.

Leboyer comprendió la importancia y la necesidad de traer a Occidente este trabajo para bebés y familias. En aquella época los médicos y sus instrumentos eran los protagonistas del trabajo de parto y el miedo infundado llegó a anestesiar la sabiduría ancestral femenina. Las mujeres empezaron a dudar de sus instintos y capacidades innatas y naturales. Incluso se había popularizado, en la sociedad de la época, la idea de que abrazar, acariciar o mecer a un niño hacia peligrar su desarrollo como una persona independiente y bien criada.

No quiero insistir en una revisión sobre cómo hemos tratado a nuestra infancia a lo largo de la historia. El sentido común y el dejarse sentir esa energía resonante que viene del pasado, de nuestros antepasados e incluso de nuestra propia infancia, nos permite a la mayoría sentirnos quizás menos tristes.

Es importante apuntar cómo numerosos estudios vienen demostrando desde hace tiempo lo importante que es para el desarrollo biopsicológico sano del bebé recibir estimulación cutánea y un contacto regular y afectivo. Su ausencia conlleva graves perturbaciones en el desarrollo y crecimiento del bebé, así como serias dificultades psicoafectivas en su vida de adulto.

Desgraciadamente, por muy perjudicial que haya sido para millones de niños, que han crecido con trastornos, este enfoque y esta mentalidad que se encontró Leboyer en su época sigue con  nosotros.

Por suerte también, trabajos como los de Leboyer y de los contemporáneos Claudio Naranjo o  Evânia Reichert nos animan a salir de nuestra zona de confort y adormecida y superar nuestras dificultades y límites. La lucidez de estos maestros y sus propuestas para la prevención nos animan a todos a un activismo real para cambiar el mundo; sí, el mundo. Un activismo que nos lleva como adultos y padres/madres a revisar y cambiar la manera en que acompañamos y tratamos a nuestros pequeños, a nuestros hijos, a, como dice Evânia, nuestra infancia sagrada.

La alimentación y la salud física de nuestros hijos son aspectos muy importantes a los que se les presta hoy en día especial atención. Este hecho contrasta con la escasa consciencia sobre los daños emocionales y físicos que genera una mala calidad del contacto afectivo. Es aquí donde el trabajo Shantala se alza como una sólida oportunidad.

En los primeros meses de vida el amor se transmite mediante la piel; es necesario ser acariciado, abrazado, llevado en brazos, sostenido…, y esto requiere implicación, presencia, interés, responsabilidad, ternura, consciencia. El bebé que no recibe una adecuada y afectiva estimulación cutánea no puede integrar ni asimilar en su ser la experiencia de amor.

Para terminar, me gustaría señalar aquello que me hizo a mí, como padre de una niña preciosa, Flor, y como psicólogo, adentrarme en las beneficios profundos de esta práctica ancestral de la medicina ayurvédica. En concreto fue que, a diferencia de lo que sucede en otras técnicas y masajes terapéuticos infantiles, el trabajo Shantala debe ser realizado por los mismos padres, y durante el primer mes, especialmente por la madre. El instructor guía a los padres para que puedan desarrollar y asimilar las habilidades y los conocimientos originales a fin de poder realizar por sí mismos, y de forma autónoma, este trabajo terapéutico en su hogar con sus hijos.

Se trata, a mi entender, de una hermosa manera de creer en nuestras capacidades, en nuestra propia naturaleza.  Una manera de devolvernos lo que siempre ha estado en nosotros, vibrante, pulsante. Quizás este retorno a casa ayude en la transformación del mundo.

Algunas referencias bibliográficas:

-Reichert, E., Infancia, la edad sagrada, La llave, Barcelona, 2015.

-Naranjo, C., Cambiar la educación para cambiar el mundo, La llave, Barcelona, 2007.

-Leboyer, F., Por un nacimiento sin violencia. Mandala, Madrid,  2008.

-Montagu, A., El tacto: la importancia de la piel en las relaciones humanas, Paidós, Barcelona, 2004.

 

La TCI en mi profesión de abogado

Autor: Hèctor Cabré Plana – abogado

En mi proceso de humanizarme, de volver al ser —en eso consiste para mí la TCI o cualquier camino terapéutico que se precie­—, después de las primeras urgencias, de lo inmediato, digamos que después de ocuparme de las miserias domésticas que no admitían demora, la TCI empezó a calar en mi vida laboral.

La frase tantas veces repetida: «yo soy abogado», un día chirrió en mis oídos y se convirtió en «yo soy, y trabajo de abogado». Muchos compañeros de profesión ríen cuando, en una de las frecuentes esperas en los pasillos de los juzgados, les digo que ya no soporto a los abogados; y es verdad.

Desde mi proceso en TCI, desde mi sensibilización, me cuesta soportar ciertas poses, gestos imitados, automatismos atávicos y corazas egoicas —incluyo las mías, por supuesto— que me apartan del otro y de mí. Toca pues, en mi proceso de cambio, encontrar mi lugar, mi visión personal y única de mi profesión. Observo que siendo yo, sin más, sin necesidad de cubrirme con las muy manidas poses de abogado, sin ese disfraz, los clientes confían más que antes en mí como profesional.

Desde ahí, desde esa posición, puedo atender la escucha al otro y mi escucha interna al atender el problema de un cliente. Desde la presencia, ambos solucionamos, gestionamos mejor ese conflicto o problema por el que viene a verme.

También durante la celebración de los juicios, observarme y atenderme con lo que me está pasando y con lo que está ocurriendo; es decir, dejarme estar como humano y desde ahí como profesional. Me gusta pensar que a algún juez y fiscal que ya se encuentran un poco de vuelta en ese juego de espejos que abruma y confunde al profano en la materia, le gusta esa claridad sincera que emana del ser.

 

El mapa de la ma-paternitat

Autora: Lara Terradas – Psicòloga col. 15613. Terapeuta gestalt i corporal integrativa. Acompanyament familiar. Educació Viva

Mirar la infància juganera i riallera és com mirar un llac i veure’n el fons.   És molt probable que no només veiem la imatge que ens retorna el llac, sinó que topem també amb teranyines que s’interposen entre el que veiem i el que és, projectant en allò que veiem quelcom nostre, posant a allò de fora quelcom de dins. O sigui, que estem enfadades i li diem a una amiga: “Et veig enfadada!”.

La nostra mirada és plena de memòries, creences, pors, expectatives i milions de conclusions tretes d’experiències viscudes que dormen al fons del nostre propi llac personal. Amb la seva raó de ser: hem teixit aprenentatges, que ens aporten coneixements perquè no haguem de començar de nou cada vegada com si fos la primera. És el bagatge que ens ajuda a escollir la que creiem que és la millor opció en cada moment. Hem acumulat tresors en cofres en forma de sabers i hem traçat un recorregut. Aquest recorregut és el nostre mapa de ruta.foto article1

Com tots els mapes, és tan sols una representació de la realitat, no és la realitat en si mateixa. Com deia algú, “el mapa no és el territori”. Quan únicament som capaços de moure’ns segons el nostre mapa preconcebut, i ens oblidem de sentir la pell i el pes sobre els peus —ens absentem d’estar presents i d’habitar el nostre cos— és possible que triem opcions a la vida, en general, i en la relació amb els fills i filles, en concret, que ens portin a topar amb la mateixa pedra una i altra vegada.

El mapa ens possibilita i ens limita. Ens possibilita estratègies, estalvi d’energia, capacitat anticipatòria, seguretat. Ens limita en espontaneïtat, capacitat de canvi; ens ajuda a romandre en zona de confort, ens instal.la en un fer o un pensar, en detriment d’un sentir més genuí.

El mapa ens guia per un camí. Aquest camí és el nostre caràcter, que en les seves expressions de comportament, pensament i emoció es manifesta en forma de màscara o personatge. Aterrem aquesta explicació: Pot, per exemple, arribar a ser més còmode no posar un límit necessari a un infant en un moment concret, per estalviar-nos la seva reacció posterior d’enuig; i així evitem de tocar el malestar i la culpa que podem arribar a sentir quan plora. Si tenim dificultats per a estar a prop del conflicte i actuem d’aquesta manera, seguim la ruta traçada del nostre mapa. Som predictibles, i l’espontaneïtat, que és un paper en blanc on tot es pot dibuixar, no ens despentinarà els cabells.

Llavors direm que ens hem dissociat: hi ha dues parts a dintre nostre que van en direccions diferents. Una és posar el límit i sostenir el conflicte, i l’altre, no posar-lo per evitar el que comporta. Si podem ser conscients de la nostra aversió conflictual, és probable que tinguem més facilitat per fer allò que el cor, i no el personatge, ens digui, malgrat que, amb les conseqüències se’ns faci un nus a l’estómac.

La valentia de sortir del propi camí, un traç assegurador que vam començar a dibuixar en la infància (quan encara fèiem garbuixos com una meravellosa estratègia per seguir endavant), ens empodera. Quan sortim de la nostra zona coneguda ens trobem cara a cara, cor a cor, amb el què som. I sovint és dolorós, per això la zona de confort és confortable, perquè aquest dolor queda relegat a l’oblit, inert al sentir, insípid a la dolçor i amargor dels estats emocionals que ens poden fer tremolar, com la ràbia, la por, la tristesa, la culpa, la vergonya…

Quan vénen les mares i els pares a teràpia, observo com, en un acte d’amor a ells mateixos, volen creuar la frontera de la zona de confort, sortir del mapa. Vénen, amb la valentia que atorga la por quan fem un pas endavant mentre tremolem,  amb la intenció de comprendre allò que no va bé i fer un pas transformador.

Un infant és portador de la veritat, que expressa els mons subtils que a les famílies se’ns fan invisibles.

Acompanyar a dones que maternen, homes que paternen, que donen de la mà a noves vides, tendres i pures, és un privilegi.

Els infants són la manifestació nítida de l’ésser humà i s’expressen amb espurnes de lucidesa, humanitat, honestedat i transparència.

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Acompanyar famílies i adults que abans eren infants, amb eines corporals, gestàltiques i pròpies de la criança conscient i educació viva,  és ser còmplice del bonic gest de tornar a casa, un camí de retorn cap a la pròpia veritat, cap a l’infant que habita a dins, sovint silenciat, però que mou els fils del què ens passa, tal i com faríem amb una titella.  El titellaire s’amaga darrere el teatret i veiem la titella moure’s, però qui maneja els fils és ell, igual que el meu infant intern condueix el timó si no el faig conscient i visible als ulls de l’adult que avui soc. Ja ho deia el Petit Príncep: “L’essencial és invisible als ulls”.

Donç no s’està enlloc millor que a casa, sobretot després d’haver estat anys de viatges forasters.  Aquesta mudança cap a una mateixa, quan som mares, cap a un mateix, quan som pares, crec que és el regal més gran per les filles i els fills, que encara habiten plenament els seu cos, el seu ésser essencial, a casa seva i amb propietat. Si no… com trobar-nos amb ells, que son a casa, si nosaltres estem emocionalment de viatge?

Cuando el amor no basta….

Autor: Miguel Ángel Tena – Terapeuta corporal integrativo y gestalt.

Pocas palabras han sido tan arrastradas por el lodo como el “amor”.

Frases como “me da miedo amar” han sido tópicos de incontables libros y películas, y en la actualidad siguen muy presentes en el imaginario emocional público. Cuando quizás sólo parándonos algunos años, podríamos ver fácilmente que lo que “da miedo” es sufrir y que nos dejen, como miedo nos daba la oscuridad cuando éramos pequeños, que no hemos cambiado tanto, que aún somos muy niños y seguimos intentando saciar una sed de amor en el presente que se originó en el pasado.

Hablamos mucho de “tal o cuál persona me quiere”, de “lo que me quieren mis amigos”, de: “mis padres me quieren mucho”, o incluso: “Todos mis compañeros de trabajo me quieren, ¡jo!”. Pero pocas veces, o de forma meramente tangencial, nos ponemos nosotros como adultos, en el centro de la frase, y decimos: “Estoy con una pareja a la que soy capaz de amar”, o: “Soy capaz de amar a un hombre/mujer en vez de a vari@s”, y menos aún amamos a alguien que sabemos que no nos corresponde.

Por esta última frase dudaba si el título no sería: “El amor como moneda de cambio”; que era el otro que se me ocurría.

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Cuántas atrocidades han sido cometidas y se siguen cometiendo en familias, empresas y países, no ya por el amor en sí sino por la promesa de recibir algo de amor; en cualquiera de sus formas, ya que para algunos el amor es “sexo”, para otros es “dinero”, para otros es “que me dejen tranquilo”, para otros es “confianza”, para otros es “poder”, etc., etc.

Tendemos a valorar más a la gente que nos quiere que a la que somos capaces de querer. Y a tener muy claro quién nos llama, quién nos cuida y quién nos mima, en lugar de hacerlo nosotros (salvo que sea para pasar después la “factura” que tan “altruistas” acciones lleva asociada).

¿Qué sucede, que somos incapaces de darnos todo ese amor que necesitamos y que no cesamos de pedir y exigir fuera de diferentes maneras? ¡Pero si sabemos que el amor empieza por nosotros mismos y que no podemos dar lo que no tenemos! ¿Cómo es que, siendo tan sabios, tan leídos y habiendo hecho taaanto proceso y taaantas formaciones, seguimos enganchados en la herida básica? ¿Será que estamos irremisiblemente dañados? ¿Que la única salida real será aceptar que estamos como estamos, en lugar de fantasear con “curarnos” y “mejorar”? Yo, personalmente, desconfío de cualquier “mejoría” que no haya pasado por aceptar mi estado actual real.

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Es mucho más cómodo estar en permanente estado zen, habiendo superado ya esa nadería de las emociones, siendo capaz de amar a todo el mundo y con una eterna sonrisa sesgada de compasión hacia “los otros”

Amor y heridas de amor. Así resumía Antonio Pacheco la razón de toda la terapia que estamos haciendo. Claudio Naranjo habla de “los tres amores”; para Thich Naht Hahn: “Yo soy tú y tú eres yo”. El mismísimo Schopenhauer, etiquetado como el pesimista más sistemático del pensamiento occidental, escribió El amor y otras pasiones, donde hablaba del amor como “el mecanismo que la madre Naturaleza tiene para seguir preservando la especie”. No hay un solo literato o autor, del romanticismo hasta el nihilismo, que no hable del amor; sea para ensalzarlo, sea para negarlo o aborrecerlo.

Podemos ahora, sacudido un poco el avispero, buscar sinónimos aceptables y adaptables a nuestras terrenales y fútiles vidas de esa palabra de tan pocas letras, tantos significados y tan difícil de abarcar para mí como es “amor”. Me vienen a la cabeza palabras como “respeto”, “cariño” y, al corazón, palabras como “compasión” y “aceptación”, e incluso alguna sensación corporal, que traducida al sonido sería algo así como “equidad”, “horizontalidad”.

Así pues, cuando el amor no basta, en ignorante me he de convertir para sobrevivir. Mi ignorancia hace que me vea perfecto y con capacidad para, además, dar lecciones de cómo vivir, lo cual ufano y orgulloso me vuelve. Mi orgullo hace que muestre mi vanidad, la cual hace que secretamente me compare con los demás con mi envidia. Que hace que atesore avaramente gente que me ama, no sea que me asalte el miedo a quedarme sin ese amor que tanto intuyo que necesito. Y ese miedo me lleva a fabricar golosas ilusiones de que todo está bien, negando lo que está mal y duele, hasta insensibilizarme tanto, tanto que apenas puedo llamarme humano y sí, hombre-máquina.

Naturalmente, este artículo no está escrito para ninguno de los que lo leeréis; es sólo para “los otros”, los que no saben qué es el “auténtico amor”.

Cuando el insight no basta

 

Autor: Manuel Cuesta Terapeuta.

En Pactar con el diablo, el personaje que interpreta Al Pacino dice: «El mayor logro que ha conseguido el diablo es hacer creer que no existe», y lo dice el mismo diablo. La neurosis no solo es un comportamiento desactualizado, que reacciona condicionado por el pasado en lugar de responder libremente al presente sino que, además, implica falta de conciencia de nuestro adormecimiento, de hasta qué punto somos autómatas, de que no hay conciencia creyéndonos que sí la tenemos.

Hemos organizado la vida y la sociedad en torno a esa falta de conciencia, a la que también podríamos llamar desconexión. Desconexión de uno mismo, un «no estar con lo que uno es». Nuestro estilo y ritmo de vida están pues orientados a sostener la desconexión, la neurosis, el ego, el autómata.

Una de las formas en que consolidamos esa desconexión es la velocidad, la prisa, el estrés. De todas las enfermedades, la más extendida y normalizada es el estrés. En cierto modo está bien considerado tener una vida con mucho trabajo, llena de proyectos, viajes, actividades…, no parar. Las palabras clave son «llenar» y «no parar». Incluso una vida relajada, más tranquila, no está bien vista, aunque sea anhelada por algunos. La velocidad mata. Literalmente. Y nos asegura no enterarnos. Seguir en la inopia. Da igual el ámbito en que se dé.

Paradójicamente, no es diferente en el mundo terapéutico, donde parece darse incluso  con mayor intensidad. Como terapeutas, la responsabilidad es doble si no queremos caer en la hipocresía. Y, por favor, no se sientan excluidos los meditadores de esta plaga.

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Tiempo. Necesitamos tiempo para darnos cuenta de lo que nos ocurre y tiempo para integrarlo, para que no se quede en un esbozo mental cualquier proceso que hagamos. Tiempo para no hacer nada, para sólo sostener la experiencia de cuanto sea que nos pase. Y aún más cuando estamos en terapia, en formación o en cualquier proceso que implica explorar, investigar, abrir, reconocer, tocar, revivir, recolocar… y que la conciencia lo abrace. Prisa y conciencia son antónimos.

Desde mi punto de vista, eso que llamamos «insight» (el «darse cuenta» de manera profunda y clara de algún aspecto propio o situación) no implica conciencia en sí mismo. Creo que es el tiempo que brindamos a la experiencia, el sostener ese insight, lo que permite que la atención se pose sobre uno y, progresivamente, aparezca una conciencia que aumenta, que abraza y (re)conoce el proceso.

La conciencia, aquello que permite la transformación, no se da de forma inmediata. La expresión «dejar que la experiencia se pose por sí sola» me parece muy adecuada; y añadiría: «con atención continua». El maestro budista tibetano Sogyal Rimpoché suele repetir: «Si a un vaso con agua le echas tierra pero no haces nada, el agua, por sí sola, se vuelve clara». Si tomamos el tiempo necesario para observar el proceso, una y otra vez, podemos tomar conciencia verdadera de lo que solemos llamar «regulación organísmica». Es decir, los procesos llegan de forma natural a un equilibrio sano, se autorregulan. Nosotros, como terapeutas, necesitamos incorporar con urgencia esto en nuestras vidas. Si no, es imposible que nuestros pacientes lo reconozcan. Recibirán un mero fantasma, algo ficticio, un «creo que sí pero no». Y vuelta a empezar.

Para que lo despertado, lo reconocido, se transforme en conciencia de sí, debe ocurrir en un espacio de presencia y atención. Dice Thich Nhat Hanh que la actitud de atención plena es «estar en lo que haces, mientras lo haces». Pero si preguntamos a los alumnos y pacientes cómo han llegado al insight dirán que no lo saben. Si preguntamos cómo han permitido llegar a ese vislumbre, qué han hecho ellos para que eso ocurra, no sabrán qué responder, en la mayoría de casos. ¿Dónde estaban entonces? ¿Dónde estaba su atención?

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Necesitamos bajar el ritmo, ir lentos, ampliar el foco de atención para que la conciencia pueda reconocer el proceso. Es una responsabilidad como terapeutas pero también lo es para los alumnos, para todo aquel que desee ir dando pasos en el camino de vuelta a casa. Si no, como Pulgarcito, Ulises, Le Mat o Neo, estamos condenados a perdernos de nuevo.

Aprender a reconocer el espacio, además de las figuras. Evitar que la actitud en el proceso sea pasiva, evitar que haya más expectativa en el fruto que en la transición. Durkheim dice con claridad que «la madurez del ser humano radica en trabajar con constancia en el milagro». Corremos el riesgo de vivir (o provocar, según el rol en el que cada uno esté, paciente o terapeuta) un alto volumen de experiencias intensas, una sucesión de fuegos artificiales pero que, sin una pedagogía de la conciencia, se desvanecen como espejismos tan rápido que ni hay tiempo a que duela su pérdida. Grandes insights, pero poca capacidad para sostenerlos.

En mi opinión esto genera también un movimiento colateral: dependencia. Dependencia hacia formaciones y una búsqueda de más experiencias (porque es obvio que aportan momentos de profundo encuentro y plenitud), más que libertad (porque al no saber cómo sostener la experiencia, se cierran rápido las ventanas de la conciencia y difícilmente pueden llevarse esos frutos a lo cotidiano). El ego lo atrapa todo y no es poco común encontrar cómo muchos pacientes (y todos los somos) acaban siendo devoradores de experiencias, transformando el camino en un fast food espiritual y terapéutico, en otra forma de consumo y distracción.

Es el trabajo continuo con la atención lo que permite la toma de conciencia, y la conciencia da paso irremediable a la compasión. El insight es el prólogo del viaje, el fogonazo, la chispa. Tiempo, espacio, silencio, largos silencios. Tiempo para que se pose lo que tenga que posarse. Observar el oleaje interno. Ver cómo aparecen las adicciones, el deseo de distraerse, a volver a lo de siempre. Reconocer el aroma de lo nuevo. Y ver cómo igualmente se pierde. Se desvanece. Reconocer el oscurecimiento. Y que haya tiempo para que duela. Sostener el dolor de la pérdida. Porque si hay atención, duele perder ese nuevo estado. Y es el dolor de la pérdida de uno mismo el mayor combustible para la transformación, para seguir el camino con menos reclamo y más implicación.

boyero5-shubun

«Necesito del látigo y la soga.*
De lo contrario podría escapar en los polvorientos caminos.
Bien adiestrado, es de espíritu dócil.
Entonces, sin dogal, obedece a su dueño.
»

Poema de Kakuan, La búsqueda del Buey, Japón, s. XII

Tabla pintada, Tensho Shubun, Japón, s. XV

Donde, para mí, la soga es la atención.

Fotos: Manuel Cuesta Duarte, derechos protegidos

La respiració com a eina per a una educació conscient

 

Autora: Berta Fernández Falguera – Terapeuta corporal integrativa, psicopedagoga i educadora social, especialitzada en infància i família

Respirar és la forma més directa que tenim per a contactar amb les nostres emocions i el nostre cos. Quan una situació ens sobrepassa, respirar és una forma de donar lloc al que ens està passant. Què m’està passant mentre escolto o veig a l’altre? Què sento? Quines sensacions corporals tinc? És una eina que pot servir tant als infants com als adults. Tots necessitem de vegades parar i respirar per saber què ens està passant. És per això que podem incloure la respiració en la nostra vida quotidiana i també en els espais educatius: a les aules, a casa, en les relacions familiars…

Per començar a respirar d’una forma més completa podem posar-nos de peu, asseguts o estirats boca amunt, sempre i quan la posició ens permeti tenir l’esquena recta, el pit obert i el ventre lliure de moviment. Un entorn tranquil i silenciós facilitarà la nostra concentració i la relaxació. Tancar els ulls també ens pot ajudar a centrar l’atenció en la respiració. Podem col·locar una mà a sobre el nostre ventre i l’altre sobre el pit. A l’ inspirar, agafar l’aire pel nas o per la boca, intentant portar l’aire allà on tenim les mans, inflant la panxa i el pit, deixant entrar tot l’aire possible al nostre cos. A l’ exhalar desinflar el ventre i el pit deixant anar l’aire per la boca poc a poc, traient tot l’aire que teníem dins. Podem tornar a agafar aire per a repetir el procés.

La respiració és una acció que normalment fem de forma involuntària. Aprendre a respirar d’una forma més completa i conscient ens pot ajudar a prendre consciència del que ens està passant internament, ja siguin pensaments, emocions o sensacions corporals. Però quina relació hi ha entre la respiració i l’educació?

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Els nous models educatius que volen humanitzar l’educació tenen en compte l’acompanyament emocional com un aspecte central per al desenvolupament dels infants. Com a pares, mares i educadors, avui sabem que per a poder oferir aquest acompanyament, és necessari tenir informació sobre les etapes del desenvolupament infantil, observar les necessitats i interessos de cada infant, i revisar l’actitud i la manera d’acompanyar que tenim els adults. Si ens endinsem en aquesta darrera qüestió, com acompanyem els adults, ràpidament ens trobarem amb l’evidència què el propi caràcter es reflexa en la nostra forma d’educar o acompanyar. La nostra forma d’actuar automàtica i inconscient davant la vida, els propis bloquejos, emocions o necessitats no ateses, ens impedeixen atendre les necessitats de l’altre i acompanyar amb amor i respecte. És per això que necessitem una educació conscient.

Formacions com el Programa SAT per a Educadors, creat per el Dr. Claudio Naranjo, ofereixen la possibilitat de que els i les educadors/es facin un procés d’autoconeixement, i posin consciencia i atenció en el propi caràcter i les formes d’actuar neuròtiques que moltes vegades dificulten acompanyar a l’altre. Per als adults, detectar la pròpia por o incomoditat pot ser una gran ajuda per a no projectar-la a l’infant el “vigila! Fes-ho així! No facis allò!”. Ampliar la nostra escolta interna ens fa més responsables i capaços d’acompanyar els infants. Ser conscients dels nostres mecanismes neuròtics ens fa ser educadors més lliures; tenim més capacitat per a decidir si volem actuar d’una altra manera.

La teràpia corporal integrativa ofereix moltes eines útils per a l’autoconeixement i la presa de consciència de les pròpies emocions i necessitats, i una de les més importants és la respiració, una eina que ens permet ampliar la nostra presència. Ampliar la capacitat d’estar amb nosaltres mateixos (escolta interna) i amb l’altre. Una eina que ens permet enfocar la nostra atenció en el present, del qual moltes vegades estem desconnectats. Massa sovint vivim ancorats al passat, a emocions que vam sentir, recordant el que vam fer, o atrapats al futur, pensant en què farem d’aquí una estona, anticipant el que passarà. Des d’aquesta desconnexió resulta difícil saber què ens està passant aquí i ara, i encara més difícil escoltar què li passa a l’altre. La respiració conscient i l’atenció al cos ens porten al moment present.

A mi personalment, i en la meva tasca d’educadora amb famílies i infants, la respiració m’ha ajudat a estar més present amb les meves emocions, i a poder escollir si posar-les al servei de l’altre, de l’acompanyament. La respiració m’ha permès de tenir contacte amb el meu propi límit (ser conscient de quan alguna cosa no em va bé, m’incomoda o em molesta) i a poder-ho expressar. M’ha ajudat a posar límits i a poder confrontar els altres. Això ha suposat un canvi en la meva vida personal i també en la meva feina. És per això que per mi la respiració és una eina per a caminar cap a una educació més conscient.

Las tensiones del cuerpo

Autor: Gastón Arzuaga Terapeuta corporal integrativo, osteópata y profesor de Pilates

La tensión muscular se suele ver como algo externo a nosotros que nos afecta, nos incomoda, incluso a veces limitándonos en el movimiento. La tendencia es a resistirnos, luchar contra esa tensión y tratar de revertirla porque queremos encontrarnos bien, estar a gusto con nuestro cuerpo y no sentir dolores corporales. Nos solemos identificar más como seres mentales que habitamos en un cuerpo. Y aunque todos sabemos que el cuerpo es el templo, el contenedor de nuestra existencia, parece haber una disociación entre mente y cuerpo, identificándonos más como seres racionales.

En la adolescencia me encantaban los deportes y la actividad física y ya era consciente de mi rigidez en algunas zonas del cuerpo. Intentaba siempre hacer trabajos para flexibilizar la musculatura desde un enfoque puramente físico. Cuánto más tiempo le dedicaba a hacer estiramientos, a luchar contra esa tensión muscular, más altas eran mis expectativas de mejorar la flexibilidad y esto hacía más grande la frustración cuando veía que al cabo de dos días sin estirar volvía a perder lo conseguido. Ahora, viéndolo en perspectiva, había mucha exigencia y un cierto enfado hacia mi cuerpo por esta rigidez. Creyendo en esta disociación mente-cuerpo, yo me liberaba de toda responsabilidad.

Recuerdo que cada vez que tenía «tortícolis» coincidía con épocas de más nervios y estrés. Enseguida buscaba la manera más rápida de ponerme bien: relajantes musculares, masajes, ibuprofenos… Como si me olvidara de que el cuerpo en reposo, por sí solo, en un par de días volvería a su equilibrio. En cuanto yo me relajaba, mi cuello también.

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Sabía que el organismo del ser humano funciona como una unidad total, donde todos los sistemas trabajan en conjunto para mantener un equilibrio (homeostasis). Pero fue con el trabajo corporal que pude vivir, sentir y entender que, ante la herida psicoemocional, creamos una estructura corporal llamada coraza muscular. Esta coraza muscular que yo veía en forma de rigidez y molesta tensión no es otra cosa que la estructura defensiva que hemos generado ante esa herida para poder seguir adelante.

Comprendiendo la relación entre lo corporal, lo emocional y lo psicológico, ahora entiendo que poner todo el foco en lo físico sería tratar solamente el síntoma. Como intentar poner un parche temporal al problema. A partir de esto, intento percibir mi tensión corporal, tratarla como la voz del cuerpo, utilizar el síntoma como algo positivo que me da muchas pistas de lo que está sucediendo en estos tres planos. Una mirada más global me da la posibilidad de tomar conciencia de diferentes asuntos que están por resolver.

La escucha corporal no siempre me ha resultado fácil y a veces aun escuchándome no siempre puedo atender mis necesidades. En una época donde el tiempo escasea, donde queremos todo ya y donde la industria farmacéutica está en auge, es muy tentador cortar el síntoma, apagando la alarma que enciende el cuerpo y girar la mirada hacia otro lado y seguir pensando que estamos muy bien.

Contemplar la tensión como una alarma de que hay algo que necesito y no estoy atendiendo me lleva a acoger la tensión en lugar de rechazarla. Pasé de pelearme con el síntoma y exigirme a agradecerme a mí, como cuerpo, la posibilidad de esa toma de conciencia.

Parto consciente: recuperar la sabiduría femenina instintiva. Herramientas útiles

Autora: Berta Clotet Galobart Psicóloga colegiada nº 17941. Terapeuta corporal integrativa, sistémico-familiar y gestalt infantil.

El parto deviene una experiencia difícil de afrontar, que durante el embarazo nos condiciona y atemoriza. En la sociedad en que vivimos tenemos el privilegio de contar con todos los recursos médicos necesarios que nos pueden ayudar en caso de que se dé una complicación durante el parto. Ahora bien, si el parto se desarrolla naturalmente la intervención médica no es necesaria: todas las mujeres estamos preparadas para parir a nuestros hijos. Así como la vida de nuestro bebé empieza en nuestro vientre y crece dentro de nosotras, la naturaleza nos provee de todo el saber psicocorporal y emocional que precisamos para parir a nuestro retoño, si estamos conectadas con él.

Realizar una psicoterapia corporal integrativa (TCI) te puede acompañar durante la gestación para ayudarte a conectar con este saber instintivo.

Foto embarassada 1El parto es uno de los momentos más importantes en nuestras vidas y en la de nuestros hijos, y para poder vivirlo con intensidad y consciencia, facilitando así el transito del bebé del mundo uterino a nuestro mundo y aprovechando todos los aprendizajes que nos trae para la crianza, planteo la necesidad de recuperar el saber instintivo femenino que todas poseemos y quedó enterrado bajo capas de creencias limitadoras que nos hacen creer que no somos capaces de parir a nuestros hijos sin la intervención de la ciencia médica.

La pregunta está en cómo podemos reconectarnos de nuevo con este saber instintivo y en qué necesita mi hijo para nacer.

Este artículo hace una breve exposición de lo que me parece más vital saber y poner en práctica a fin de prepararnos para el parto poniendo las condiciones físicas, psíquicas, emocionales y espirituales necesarias que nos ayuden a vivir esta experiencia con mayor gozo.

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Desde mi experiencia personal y una perspectiva psicocorporal e integradora, hay un camino para la autorregulación, que nos ayudará a sostener el dolor a través de la respiración, la apertura y la relajación de cuerpo y mente: Cuando la mente está relajada y abierta, el cuerpo se abre y se relaja y yo me siento segura, confiada y capaz. Anclada en mi centro, el instinto tiene el camino libre para emerger.

Para relajar la mente es preciso revisar el conjunto de creencias limitadoras que tenemos sobre el parto, sobre nuestra capacidad para sostener el dolor y de parir a nuestros hijos. Nuestro sistema de creencias está formado por toda una serie de ideas, mensajes e imágenes que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra historia personal, incorporándolas como propias sin mucho análisis ni filtro. Poner luz a este bagaje que me condiciona me permite liberar mi instinto y ponerlo a mi servicio.

Ayuda nutrirse de experiencias positivas, tanto de partos fisiológicos como de aquellos en que hizo falta la intervención médica. Del ejemplo de mujeres que se sienten fuertes y conectadas con este saber interior; que, abrazando el miedo, están predispuestas a vivir esta experiencia en todo su potencial, confiando en que han preparado el terreno para que sus bebés nazcan por sus propios medios en el momento en que estén lo bastante maduros.

Informarse sobre el parto sin dolor y el parto orgásmico, maravillándose de sentir que es posible vivir esta experiencia desde el placer, rompiendo así un sinfín de creencias que hablan de todo lo contrario. También ver vídeos de parto natural, contagiándose de la fuerza que transmiten y dejándose inspirar.

Es importante acercarse a las personas y grupos que nos refuerzan y conectan con nuestro saber interior, dejando entrar los mensajes que nos hacen llegar, integrándolos y haciéndolos propios, si siento que resuenan en mí.
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“Soy una mujer fuerte, sana, libre, salvaje, y tengo todo lo que necesito para parir a mi hijo, confío en que mi instinto me guiará y confío en mi hijo, él sabe todo lo que necesita para hacer este camino y nacer.”

Las visualizaciones también ayudarán a que me abra y me relaje. Visualizar a mi bebé, hablar con él, mostrándole mentalmente y a través del movimiento el camino de parto, abriéndome y entregándome a este sentir interior.

Este tipo de pensamientos de los que me estoy nutriendo me hacen más capaz de afrontar todo lo que venga, tomando decisiones más conscientes en el momento del parto, al estar más segura y preparada.

Corporalmente es importante fortalecer las piernas, abrir y movilizar la cadera, las ingles, estar flexible. El yoga para embarazadas ofrece una buena preparación física y emocional para el parto, mientras compartes con el grupo de mujeres la próxima maternidad; es de una gran riqueza.

Desde esta perspectiva integradora te ayudará saber como el canal del parto está relacionado con la garganta, la boca y la lengua. Se puede relajar y abrir el canal de parto llevando ahí la atención, abriendo toda la zona y relajándola. Te puede ayudar cantar las vocales en el momento que llega la contracción, en vez de tensarte gritando. Al cantar, todo tu cuerpo se abre con la vibración, y al dejar la boca entreabierta se relaja la garganta y la lengua. Por ejemplo cantando la vocal AAAAAAAAA, OOOOOOO…. Al estar conectada la garganta con la vagina, con la misma vibración que se relaja la garganta se abre el canal de parto y el suelo pélvico se llena de aire, expandiéndose.

Llegar a esta consciencia requiere práctica, que puedes realizar durante los meses de embarazo y junto a tu pareja, si se anima. En el parto te ayudará que tu pareja te acompañe cantando las vocales junto a ti en el momento que llega la contracción, o simplemente señalándote que relajes la lengua y abras la boca, si estas tensa. Las mujeres del sur de la India paren cantando; a este tipo de cantos se les llama cantos carnáticos. Puedes buscar vídeos en internet para practicar; también se realizan ya talleres de canto carnático en algunos centros de parto natural.

Es importante tener en cuenta que las contracciones son más dolorosas cuanto más rígido esté el útero. La rigidez de nuestro útero está relacionada directamente con los siglos de represión y de negación del placer como fuente de vida, consecuencia de esta sociedad patriarcal. Se puede flexibilizar el útero haciéndolo vibrar a través del orgasmo o de la vibración que produce el canto de vocales, mientras se visualiza cómo este cosquilleo interior lo abre y expande, a la vez que masajea a nuestro bebé. Puedes practicar durante la gestación.

Permite traspasar el dolor saber que cada contracción te acerca más a tu bebé. Las contracciones son las responsables de la apertura del cuello del útero y ayudan al bebé a movilizarse. Cada contracción realiza un abrazo a tu bebé y activa sus sistemas, preparándolos para su llegada a nuestro mundo. Si tu cuerpo está abierto para recibir la contracción sentirás menos dolor y estarás más conectada. Movilizar la cadera durante la contracción ayuda también. Cuando nos tensamos y paramos la respiración para protegernos del dolor, contrariamente a lo que buscamos esa tensión aumenta la sensación de dolor, haciéndonos desesperar con más facilidad al perder la conexión con nuestro centro y alejarnos de nuestro instinto.

La respiración te ayudará a relajar el cuerpo y a centrarte. Siempre puedes volver a la respiración si pierdes el contacto contigo misma y te has dejado llevar por la desesperación y el dolor. Al inspirar desde el vientre te conectas directamente con tu instinto, te llenas de aire y expandes el cuerpo; al expirar, sueltas. En el momento en que sientas ganas de empujar, la expiración te ayudará a hacerlo. Al inspirar te abres y al expirar te cierras conscientemente empujando. Practica durante el embarazo, poniendo la atención al suelo pélvico. Al inspirar lo llenas de aire, al expirar cierras empujando suavemente.

Un último detalle que me ayudó mucho durante el parto de mi hijo y que me enseñó una gran comadrona es que durante el expulsivo recuerdes llevar tu barbilla hacia adentro, bajando un poco la cabeza, así la fuerza irá dirigida hacia la vagina y no al ano, lo cual evitará las molestas almorranas.

Y para finalizar, si puedes parir respetando tu naturaleza hazlo. Parir de pie, de cuclillas, a cuatro patas o, si tiene que ser estirada, recordando levantar la cadera de un lado para facilitar así la apertura del sacro necesaria durante el parto. 

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Visualizar una flor abriéndose, el vaivén de las olas que vienen y se van, respirando con la boca abierta, desde el vientre, abierta y confiada, permitiendo así que tu cuerpo esté más relajado durante la contracción, lo que te ayudará a sostenerla. En vez de dejar al dolor tomar el control de tu mente, decides visualizar de nuevo esta flor que se abre, y le pides a tu mente que envíe a tu cuerpo mensajes de apertura y relajación, sabiendo que la contracción viene y se va, ofreciéndote unos minutos preciosos para descansar, que aprovecharás porque estás conectada y sabes que la ola volverá, pero estás preparada para tomarla en ti de nuevo, respirando, vibrando con el canto de las vocales, abriéndote a cada nueva contracción y así hasta que el cuello del útero esté abierto, a 10, y el bebé pueda pasar por el canal de parto, abriéndose paso en este cuerpo tuyo entregado y dispuesto a sentir, naciendo de nuevo, dejando ir los viejos patrones, convirtiéndote en madre.

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Actualizar las relaciones desde la escucha corporal

 

Autora: María Saura, Terapeuta gestalt y corporal integrativa

Decido escribir sobre las relaciones y los vínculos como uno de los asuntos sobre los que trabajo en mis sesiones. En concreto, crear el espacio para actualizar cómo es la relación ahora, más que seguir anclado en cómo fue o cómo me gustaría que fuese.

Para mí ha sido un proceso de aceptación y de soltar, de dejar de luchar por conseguir que las cosas vuelvan a ser como habían sido. La actualización en las relaciones me ha llevado a darme la oportunidad de escuchar lo que necesito en cada momento con las personas con las que siento vínculo.

En el trabajo con mis pacientes veo que tras esa aceptación y tras el duelo de lo que fue, surge una nueva relación más libre, con más escucha, con respeto, más descansada y menos automática.

Que las relaciones van cambiando es algo muy obvio y muchas veces no tan fácil de aceptar. Nos queremos seguir relacionando de la misma manera a pesar de que las necesidades van cambiando.

Las relaciones, del tipo que sea, se dan cuando dos personas se encuentran en un momento concreto y sienten que se nutren de la forma que necesitan. De forma natural esa relación se va transformando. A momentos se vuelve más íntima, más distante, conflictiva…

Muchas veces ese cambio nos cuesta aceptarlo, nos empeñamos en que el encuentro no cambie. Nos quedamos anclados a un modo fijo, sin dar la posibilidad de que ocurra esa transformación.

El trabajo de actualización desde la escucha corporal invita a ponerme delante de esa persona y actualizar cómo es mi relación con el otro en este momento. Me permite revisar qué necesito y cuál es la distancia a la que me quiero colocar… Despedirnos de lo que en un momento fue para poder revisar que me une a ti en este momento. Aceptar lo que hay entre nosotros, dando espacio a todas las emociones y sensaciones que se puedan dar en este proceso.

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Como siempre, desde la mente nos fijamos a un patrón, que por definición es algo automático. Sin embargo, si dejo que mi escucha interna se amplíe, no hay duda de que va cambiando.

Pude descansar el día que tuve la certeza de que la relación va cambiando y el vínculo siempre permanece. Cuando se crea un vínculo con alguien desde lo amoroso, ese vínculo siempre está.

Me lo imagino como un hilo de lana que va de una persona a otra. Ese es el vínculo y siempre está más allá de que el modo vaya cambiando; a momentos está más largo, a momentos se enreda, a momentos uno tira más que el otro…

Invito habitualmente a ir actualizando las relaciones; a volverte a mirar a los ojos y ver cómo es nuestra relación ahora y qué necesitamos cada uno de nosotros. Nos ayuda a soltar lo antiguo para así tomar lo nuevo. Hace que la relación sea más real.