El camino de la autorregulación

Autor:  Jesús Oliva –  Terapeuta gestalt y corporal integrativo. Especializado en trauma

Una posible definición para acercarnos al concepto de autorregulación podría ser la capacidad espontánea y natural que tiene el cuerpo de volver al equilibrio. Y es importante partir de ahí para entender que lo que ocurrió en la infancia no fue otra cosa que la respuesta de regulación y protección frente a una situación dolorosa a la que como niños no teníamos la capacidad de dar respuesta. Me refiero aquí a la herida de amor que todos sufrimos cuando nuestra expresión natural y genuina no fue acompañada por el entorno y de esta frustración y dolor nos protegimos para poder sobrevivir.

La búsqueda de aprobación y de atención para alimentar este vacío de amor nos fue alejando de nuestras verdaderas necesidades. Y, como dice Karen Horney, acabamos vendiendo nuestra alma al demonio por sentirnos reconocidos y aceptados.    

Los mecanismos de defensa que de niños utilizamos para afrontar estas situaciones, es decir, las actitudes y comportamientos que tomamos para evitar estar en contacto con esta parte dolorosa, es preciso que dejemos de verlas como el enemigo o algo malo a eliminar. Estará bien que empecemos por agradecernos, a nuestro cuerpo y a nosotros mismos, esta capacidad para protegernos frente a experiencias que afectaban directamente a nuestra integridad. 

Ciertamente, con el paso de los años, esta respuesta no deja de ser una forma obsoleta y desactualizada frente a aquello que nos pasó. La evitación ha cronificado un sentimiento de incapacidad que quizá nos convendría actualizar y afrontar.

La terapia corporal nos ofrece, desde esta vertiente que integra mente – corazón – cuerpo – alma, un espacio de acompañamiento para que aprendamos a darnos tiempo para recuperar el sentimiento de confianza y la capacidad de estar con nosotros mismos. Un lugar de seguridad para acercarnos con respeto a nuestra propia intimidad, a esta capa de vulnerabilidad de la que llevamos tiempo huyendo.

Si confiamos en la sabiduría del cuerpo, afinamos la escucha y nos permitimos estar en contacto con nuestras sensaciones, aprendiendo a reconocer nuestros patrones reactivos de evitación, y nos tomamos el tiempo para acompañar y digerir lo que vayamos percibiendo, el cuerpo nos irá revelando lo que necesita ser acompañado.

El síntoma es en demasiadas ocasiones el grito que tiene el cuerpo para despertarnos de nuestra desconexión; si no lo es ya la enfermedad. Aprovechemos pues esta llamada para regresar al cuerpo, para atenderlo como se merece y adentrarnos en este vacío en donde abandonarnos a nuestro SER más esencial.

El espacio terapéutico nos abre la posibilidad de aprender a estar con la incomodidad, y darnos contención cuando nos acerquemos a las vivencias de miedo y dolor que encerramos detrás de la coraza muscular y la personalidad.

Cuando redescubrimos nuestro propio cuerpo como este lugar de sostén, respetando nuestro ritmo y confiando en nuestra presencia, la apertura es un regalo que fluye de reconocernos capaces de regular y acompañar la experiencia como un proceso natural.

Una vuelta a casa para acunar la vergüenza y la indignidad; y recuperar el contacto con nuestra naturaleza y nuestro impulso vital. 

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Evania Reichert: «Sobreproteger a los niños es tan perjudicial como el descuido»

Psicoterapeuta y escritora, Evânia Reichert defiende a los niños, que son nuestro futuro, con un trabajo de prevención de la neurosis, y nos ayuda a comprender y asimilar nuestra herida revisando nuestro pasado. Su libro «Infancia, la edad sagrada» es una obra capital para comprender cómo el carácter se va forjando al irse topando el desarrollo natural con tal o cual dificultad en las diferentes etapas de la niñez. Colaboradora del Espai TCI, ha venido de su Brasil a Barcelona para impartir en nuestro centro, junto al también terapeuta Sergio Veleda, diversas formaciones.

En esta reciente entrevista repasa “la buena educación”, esa que favorece la
autorregulación del niño y su pleno desarrollo vital, en una medida óptima entre el permiso y la contención, según la visión de Wilhelm Reich: «Hay cosas que no se educan».

¿Cómo es de importante la infancia para la vida futura de un niño?
La infancia lo es todo. Es la base y el cimiento de nuestra estructuración como personas. Se trata de una época determinante tanto para el desarrollo del cerebro como para el psicoafectivo, psicomotor y cognitivo. Más allá de todo esto, es en la primera infancia cuando nace y se estructura la capacidad de ser amoroso, respetuoso y solidario; o sea, es cuando nace nuestra humanidad, todo que nos puede enriquecer a lo largo de la vida.

¿Qué podría considerarse una buena infancia?
Para mí es esencial que todos los que cuidan y conviven con niños directamente tengamos un buen conocimiento acerca del desarrollo infantil y su relación con la pulsión vital de los niños y niñas en cada edad. Y los adultos debemos estar atentos para no reaccionar a partir de nuestras propias neurosis con los pequeños. Si se cultiva una educación con consciencia y respeto a los ritmos naturales de la niñez, y las personas comprenden que la infancia es una edad sagrada y tienen presente el sentido de prevención, con los efectos negativos de cómo los adultos reaccionan con sus hijos y alumnos, ciertamente tendremos niños con una buena infancia.

¿Cuáles son los aspectos clave a desarrollar en un niño?
Lo fundamental es el desarrollo de la vitalidad, la herencia más importante que se puede ofrecer a un niño o niña. Y para que nuestros hijos e hijas sean personas con gran vitalidad y, en consecuencia, estén libres de los cuadros de depresión en la adolescencia y la vida adulta, es necesario cultivar el sentido de autorregulación y pleno desarrollo vital en los primeros años de vida, especialmente en los primeros tres años.

El tema de la autorregulación puede crear polémica entre los padres. ¿Cómo es de importante en un niño?
Surge polémica cuando hay una comprensión distorsionada de qué es autorregulación. El cultivo de autorregulación es la única salida para la salud biopsicológica de la humanidad. Si no permitimos el desarrollo sano de los instintos humanos, si no permitimos que el desarrollo psicomotor sea pleno en cada edad, o no creamos medios para que la niñez sea un tiempo bueno, seguiremos en el mismo camino perdido en que estamos, o sea, creando un mundo con personas cada vez más enfermas, depresivas, psicóticas, violentas, suicidas, que viven en un gran sufrimiento psíquico.

Proteger a los hijos es algo innato para un padre. ¿Cómo de perjudicial puede ser para un niño la sobreprotección de los padres?
La sobreprotección es tan perjudicial como el abandono y el descuido. No hay nada peor en la niñez que se te impida desarrollarte o que se cercene lo que nace en cada edad. Los primeros años están llenos de nacimientos cada día, en todas las áreas del desarrollo infantil, y esta protección excesiva impide que los pequeños se apropien de virtudes tales como la autonomía, la confianza y la independencia.

¿Existe un punto intermedio entre la educación autoritaria y la liberal?
Con los cambios de las formas antiguas de educar, podemos decir que en muchos casos nos vamos de un extremo al otro, pero no se pude generalizar. Hoy tenemos muchos proyectos educativos de gran importancia, con visiones muy claras del cultivo de autorregulación, y que están en el punto intermedio y sano.

Innegablemente, la sociedad está cambiando. ¿Cómo influye en la infancia?
Hay un lado malo y uno bueno. El malo es la falta de vida junto a la naturaleza, la falta de respeto y de humanización en el nacimiento y en los primeros meses de vida, el uso muy temprano de tablets y móviles en el día a día de niños o de los bebés que van a la guardería con tres meses por falta de una política pública con permiso de maternidad de mínimo un año, etc. Eso genera el cuadro grave de desestructuración emocional que estamos viendo en el mundo actual: depresión creciente, dependencias emocionales y químicas preocupantes. El lado bueno del mundo actual es que estamos viendo la crisis y la quiebra gradual del modelo patriarcal y con eso, el nacimiento de nuevas formas de educar y vivir, más sanas y humanizadas. Hay que conectarse con eso, con lo sano que surge en medio del caos. Hay un bello loto naciendo en medio del lodo.

¿Cómo de importante es la neurociencia para conocer mejor esta etapa?
Los avances científicos son muy importantes ya que aportan numerosos datos sobre esta evolución. Más allá de la importancia de la investigación, nuestro trabajo se centra en la prevención y esos avances son esenciales para sostener y confirmar la urgencia de realizar cambios positivos en la educación y el desarrollo de los niños.

La entrevista original, en:

https://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2018/12/09/sobreproteccion-menores-perjudicial-abandono/1053071.html?fbclid=IwAR0aLMSr3blG19ksgW7HoU_CzQQUYTciyHxza17bshEX9ZDZiHgfeg418Go

La agresividad como elemento vitalizador

Autor: Juan José Alcázar  Psicólogo, psicoterapeuta, mediador de conflictos y axiómetra. Col. Nº 13636

La agresividad es un concepto originario de la biología, vinculado con el instinto sexual y el sentido de territorialidad, y que es asumido en general por la psicología.

La psicología humanista, y en particular la gestalt, ha diferenciado entre agresividad y violencia. En términos generales, la agresión es un ataque no provocado, producto de conductas aprendidas, mientras que la violencia hace referencia a una conducta con la intención de hacer daño. El comportamiento agresivo hace referencia a una conducta o estado emocional que nos lleva a defender nuestros derechos, infligiendo daño físico (o psíquico) a otras personas.

En general, he oído en los grupos terapéuticos que se aceptaba la agresividad pero no la violencia, tal vez por la concepción de que la agresividad es un instinto y la violencia es la «incorrecta» gestión de esta energía instintiva que todo ser vivo tiene.

Los animales muestran conductas que pueden parecer agresivas pero que en realidad son sobre todo conductas de alimentación, apareamiento (competición), territorialidad o defensivas. El hombre es el único animal que muestra la agresión como un sentimiento interno no relacionado con conductas de supervivencia.

Ciertas hormonas, como la testosterona, parecen directamente relacionadas con estos comportamientos tanto en hombres como en animales. Los niveles de andrógenos en sangre parecen variar en relación directa con el comportamiento agresivo y sexual. Y diversos estudios señalan que las lesiones en el lóbulo temporal parecen activar el aumento de respuestas agresivas (Mark y Ervin: Violencia y cerebro, 1970).

Me gustaría poder centrarme en un ejercicio en defensa de la agresividad —¡rompamos una lanza por la agresividad!— como aquella función del impulso unitario que satisface las necesidades de las que da noticia el subimpulso tierno (Juanjo Albert: Ternura y Agresividad, 2014). Esta función nos energiza, nos vitaliza, en un movimiento hacia el mundo externo.

Es luego, con la maduración psicoemocional, cuando se dirige al mundo interno y acaba siendo defensivamente regresivo. Llevamos como especie nuestra naturaleza instintiva en contra nuestra y llegamos a transmutar una energía de satisfacción en una función de dolor y sufrimiento.

Sabemos que esta función hacia el mundo de afuera tiene que ver con el padre o es investida por él (y entendamos padre como función padre) al comienzo de la etapa fálica (es decir, el momento de la curiosidad y el afán exploratorio), tras ser autorizada por la madre (de nuevo, función madre) y con el poder personal por ella concedido. Necesitamos ambos, poder y autoridad, y un buen equilibrio para poder gestionar este impulso en este mundo sin caer en una violencia sistemática que no entiende de medida (autoridad sin poder), o en una inhibición pasiva y frustrante (poder sin autoridad).

En mi propia vivencia y en lo que he podido observar, constato cómo, en vez de potenciar esta función, en vez de acompañar al niño en su maduración y en la comprensión y manejo de esta energía, solemos juzgarla (y vernos juzgados) por tener o vivir este instinto (al igual que el sexual). O a veces, es potenciada sin medida, transmitiendo miedos y modelos. Solemos vivir una descalificación autoritaria y humillación, en vez de un límite amoroso que nos podrá hacer crecer y optimizar nuestra vida.

Es en esta frustración del impulso agresivo donde también se produce el quiebre de la entrega, del compromiso consigo mismo y con el otro, y del derecho al placer. Cortando este impulso agresivo, acabamos cortando nuestra capacidad orgásmica, ya que desconfiaremos de nuestras propias capacidades para alcanzar nuestra satisfacción, en un mundo que ahora percibiremos como hostil y por tanto ante el cual, o nos defenderemos neuróticamente o nos inhibiremos depresivamente, en un círculo vicioso de víctimas y agresores.

Como especie llevamos relativamente poco intentando transcender los impulsos violentos como solución o afrontamiento de vivir en sociedad. Muchas veces son los códigos morales de la religión los que llevan a la represión (pero no solo, recordemos por ejemplo la tabla de Hammurabi que, como sistema jurídico, establece la ley del Talión: Ojo por ojo, diente por diente). El «hombre moderno» ha sufrido una desnaturalización de sus instintos, llegando a deprimirse por la continua represión y la pérdida de la fuerza. Las implicaciones morales con que la religión o los sistemas jurídicos han llevado el instinto al juicio de lo «malo» también han llevado a contactar la maldad como una forma de recuperar el instinto… «A veces hay que hacer algo malo para sentirse vivo».

Recuerdan la serie Doctor en Alaska? https://www.youtube.com/watch?v=gSoboviiLqk

 

Ponerme delante

Autor: Jaume Calafat – Terapeuta corporal integrativo

Hoy lo he dejado con mi pareja, estoy desorientado, me siento como ido, con los ojos perdidos, mi atención es difusa, me evado con el facebook, con la tele, con las cosas de casa… En mi cabeza siento una centrífuga abrumadora que me enloquece. Pasan las horas y esa sensación tan desagradable sigue aquí.

Una voz dentro de mí se activa y me recuerda: «¡Ya sabes que tienes que hacer!».

Algo en mí se conecta, siento que mi parte adulta se hace presente y desde esta, empiezo a tomar responsabilidad sobre lo que estoy viviendo. Empiezo a trabajar con el cuerpo. Comienzo por las piernas pisando el suelo con fuerza, me dejo ir con el movimiento y al poco siento que voy sacando rabia; la dejo que salga. Paso a trabajar la parte superior del cuerpo para abrir el pecho y soltar la cabeza. Poco a poco mi mente se va silenciando y siento algo en mi interior que sale de la centrífuga; mi cuerpo está más presente, más relajado.

Desde la quietud empiezo a sentir la separación, el miedo y sobre todo la sensación de soledad. Es una vivencia muy desagradable, hay algo en mí que huye de esa sensación, como un gato huye del agua, pero en algún sitio en mi interior hay la certeza de que el camino, precisamente, pasa por mirarla. Me centro en mí profundamente, con delicadeza, y me dejo invadir por la soledad sin manipularla, me entrego a ella. Empiezo a sentir una sensación de vértigo aterrador, me veo cayendo por un pozo sin fondo, es interminable, parece que voy a desaparecer, a desintegrarme, a morir.De golpe siento que algo para mi caída, el vértigo desaparece y una sensación mágica de ternura y amor me invade y me acompaña, siento mi pecho abierto y eso me alimenta. La sensación de abandono se alterna con este amor y es infinitamente más llevadera y sobre todo me ayuda a estar presente. Ya no necesito evadirme y puedo estar presente con lo que siento.

Desde este nuevo punto, no me siento anclado a la sensación de abandono, ya la he transitado y eso me ayuda a ver más ampliamente mi situación y decidir desde la libertad lo que quiero hacer con mi vida.

Después de unos días de haber vivido esta experiencia transformadora, me pregunto: ¿Qué me ayudó a tenerla?

Ponerme delante de lo que siento. Muchas veces caemos en la trampa de no mirar lo que nos pasa, evitando el contacto íntimo conmigo; así no siento. Una imagen muy clara es el avestruz que esconde su cabeza bajo tierra cuando se asusta; es lo que en gestalt llamamos deflexión.

Otra manera de escaparse es hacer responsable al otro de lo que nos pasa. Un ejemplo muy claro en una separación es quedarse anclado en la rabia, culpando al otro del daño que me ha hecho en lugar de dejarme sentir el dolor que siento.

Ponerme delante de lo que estoy sintiendo no es nada fácil ni agradable pero hacerlo nos permite digerir lo que ya pasó a fin de estar disponible para lo nuevo que me traerá la vida.

En mí hay un niño y un adulto. El niño que fuimos en la infancia está presente en nuestras vidas con sus vivencias dolorosas y a la vez con su alegría y creatividad. Ese niño aún hoy se asusta, se siente pequeño e impotente delante de las vivencias desagradables, y al sentir eso busca escapar de esa vivencia.

La parte adulta tiene la fuerza y el centramiento para ponerse delante de las vivencias desagradables y escoger desde una consciencia mayor lo que le beneficia más; recuperando la posibilidad de reconocer mis heridas, cuidarlas y darles un lugar, hecho que me fortalece como persona.

Manipular o forzar. Lo más fácil, ante una emoción o sensación desagradable, es manipularla o forzarla, consciente o inconscientemente, para que desaparezca lo más rápido posible. Hay personas que tienen dificultades en sentir la rabia; otras, el miedo; otras, la tristeza; y eso va ligado a cómo han sido nuestros padres y referentes. Estas dificultades se trabajan en terapia para recuperar nuestra capacidad expresiva emocional.

Cada emoción tiene una energía diferente. La rabia nos da un chute de energía, la tristeza nos deja en un pozo, el miedo nos paraliza. Es por ello que cada una tiene un ritmo y un tránsito diferente, al cual nos debemos entregar.

A mí me ayudó aceptar el sabor amargo de la tristeza, ponerle presencia y entregarme a ella; así la emoción fluyó a su ritmo y no se estancó.

El trabajo con el cuerpo me ayudó a aflojar tensiones, a abrir el pecho y a sentir el cuerpo conectado como una unidad, sin cortes. Y eso es importantísimo para ayudar a transitar las vivencias de forma fluida.

Veo que del proceso terapéutico se va incorporando una manera de cuidarnos y acompañarnos  en esos momentos donde tocamos espacios de herida, de fragilidad y vulnerabilidad. Un tacto que voy cogiendo de mi terapeuta al acompañarme en esos momentos. E incorporo esa manera de estar para extender el crecimiento personal más allá de la sala de terapia, llevándolo a mi día a día.

(Este texto se basa en hechos biográficos de la vida del autor que, a simple vista, se podrían considerar como malas vivencias, pero que gracias al enfoque terapéutico se tornaron en valiosísimas perlas de conocimiento.)

Terapia corporal integrativa y salud

Autora: Palma López – Enfermera, terapias naturales, gestalt y corporal integrativa.

Como enfermera aprendí que el abordaje terapéutico debe ir encaminado a que la persona sea lo más independiente posible en la satisfacción de sus necesidades básicas de salud.

Según la enfermera e investigadora Virginia Henderson, “la función propia de la enfermería es asistir al individuo, sano o enfermo, en la realización de aquellas actividades que contribuyen a la salud, a su recuperación o a la muerte pacifica, que este realizaría sin ayuda si tuviera la fuerza, la voluntad o el conocimiento necesarios. Y hacerlo de tal manera que le ayude a ganar independencia a la mayor brevedad posible”.

Henderson describe al ser humano como un ser biopsicosocial con 14 necesidades básicas que deben ser cubiertas para mantener  la integridad, asegurarse el bienestar y promover el crecimiento y desarrollo.

Dejando los recursos materiales, humanos y económicos aparte, me encontraba constantemente con dificultades más o menos sutiles que impedían la consecución de los objetivos de salud. Dificultades tanto del paciente como del profesional.

Dificultades para darse cuenta, para el contacto con uno mismo, para la empatía, dificultad con la comunicación, con el sostener el dolor propio y ajeno, dificultad para la aceptación, para ver y respetar al otro.

A menudo se trata al paciente como alguien que no sabe, receptor de los cuidados o tratamientos, como si la enfermedad fuera algo ajeno a él, que le ha invadido; y el profesional sabe mejor lo que le pasa, lo que debe hacer, lo que está bien. Si el paciente no sigue las indicaciones es incluso regañado o criticado. Es el profesional quien determina las necesidades del paciente.

Algo importante que me aportó la terapia corporal integrativa es que la salud es responsabilidad de cada uno y que nadie mejor que uno mismo puede saber qué siente y qué necesita. Es el paciente el que se da cuenta de sus propias necesidades y de cómo las satisface o no.

En mi trabajo con la terapia corporal integrativa aprendí a sentir y conocer mi cuerpo, y a relacionarme a través de él y no solo desde la cabeza-mente. Aprendí a través de la experiencia propia: sentir, darme cuenta, expresar con mi cuerpo, moverme, respirar, escuchar, descansar… y esto me aportó una vivencia muy distinta de mi propia salud.

Empecé a darme cuenta de los cambios que se producían en mí después del trabajo con el cuerpo: cambios de energía, en mi estado de ánimo, en mi mente, en mis relaciones… en mi salud.

A veces eran cambios rápidos, cuando tras un taller de TCI mi alergia o mi dolor de cabeza habían desaparecido, o mi vientre se había deshinchado. Otros se han dado a lo largo del tiempo, y pequeñas dolencias que antes eran frecuentes hoy prácticamente no aparecen o se resuelven en menos tiempo. Soy más consciente de cuándo me estoy tensando o necesito descanso, y esto permite a mi cuerpo regularse más fácilmente. Una mejor respiración, junto con una musculatura menos rígida y bloqueada, permite que mis tejidos estén más oxigenados y que los procesos metabólicos se realicen con más eficiencia.

Puedo darme cuenta antes de los pequeños problemas de salud, que además me sirven para ir haciendo camino, como señales de mi cuerpo a las que prestar atención. Unas veces, para darme cuenta de una necesidad no cubierta; otras, para hacerme consciente de algo no expresado; e incluso permitiéndome sentir zonas de mi cuerpo poco atendidas. En estas ocasiones, el síntoma me sirve para estar de nuevo más en contacto con mi cuerpo. En todo caso, la enfermedad no es ya algo externo que me ataca, o producto de la “mala suerte”; es parte del proceso de mi vida.

 

En consulta he llevado este aprendizaje al acompañamiento de mis pacientes. Sus síntomas participan de una manera u otra en su proceso de desarrollo, de la misma manera en que yo los he vivido: unas veces como guía sobre la que poner atención para trabajar, otras para desaparecer “sin más”, haciéndole más visible al paciente que algo en él ha cambiado.

Si  tenemos en cuenta los principios de Virginia Henderson, la salud abarca todos los aspectos de la vida. En la terapia corporal integrativa he encontrado una forma de acompañar a los pacientes de manera que pueden aprender de su cuerpo y de sus síntomas, empoderarse, apropiarse y responsabilizarse de su propia salud y, por tanto, de su propia vida.

De la otrorreferencia a la autorreferencia

Autora: Aina Cortès – Terapeuta gestalt y corporal integrativa. Especializada en sexualidad femenina. Proyecto COSdeDONA

 

Años atrás, mientras investigaba apasionadamente sobre el útero y la sexualidad femenina en el contexto sociocultural patriarcal en el que vivimos, escuché en una entrevista a Mónica de Felipe Larralde, en la que hablando sobre género decía: “No quiero ser ni puta ni sumisa. Quiero ser yo misma con autorreferencia”.

“Uau… Claro…”, pensé. “Eso es…”. Y me di cuenta de que no tenía ni idea de lo que quería decir autorreferencia.

Pero antes de llegar a la autorreferencia, hablaré de mis amigas: la puta y la sumisa. Ambas responden a dos extremos de la misma polaridad de lo que tenemos entendido que es ser mujer en esta sociedad. El género nos atraviesa, nos construye y también forma parte de nuestro carácter y coraza. La perspectiva de género es algo que no suelo encontrarme en el discurso terapéutico pero veo a menudo en consulta y me parece importante nombrarlo, explicitarlo, darle un lugar. No soy experta en género, ni siquiera he tomado un curso y menos un máster. Como persona y mujer me he descubierto tremendamente identificada con la buena niña con que el estándar cultural marca cómo debo comportarme ya que me siento mujer. Como terapeuta, me encuentro montones de mujeres rindiendo ciego culto a este papel, que limita descaradamente nuestras vidas más allá de la estructura de carácter.

¿A qué me refiero con ser “buena niña”? La buena es la sumisa, débil, callada, obediente, complaciente, limpia, sin opinión ni voz, siempre sonriente, sin deseo propio, asexuada, siempre disponible, cuidadora, que no molesta, quieta, etc. Un constructo cultural que aún tenemos marcado a fuego en nuestro inconsciente colectivo e individual. Aprendemos a ser buenas, aprendemos a negar nuestra energía sexual y potencial, aprendemos a apagar nuestro deseo y fuerza para ser queridas, para encajar, para pertenecer.

En el polo contrario a la buena nos encontramos la chica mala, la que se ha rebelado en un intento fallido de no tener que cumplir con ser la buena. La mala es la puta, guarra, rebelde sin causa, insensible, hipersexuada, pasota, abandónica, dura, malhablada, contestona, etc.

Tanto jugar un papel como otro nos mantiene atadas a una forma de estar muy condicionada, con poco contacto real con la que somos, sentimos, deseamos, necesitamos. Nos hemos construido en referencia a mamá y a las mujeres de nuestra familia, en referencia al deseo de otras personas, en referencia a lo que marca la moda, en referencia a… o rebeladas contra… Siempre con la mirada hacia afuera, tomando la otrorreferencia.

En TCI aprendí sobre la autorreferencia, este concepto mágico que redirige la mirada puesta hacia afuera, ahora hacia adentro. Escucharme, respirar y sentirme. Tocarme, reconocerme, explorarme. Probar, probar y probar. Darme cuenta de lo que me gusta y lo que no. Contactar con mi deseo, identificar mis necesidades genuinas (reales), presenciarme, detectar mis límites, desidentificarme. Validarlo y darme permiso para Ser y expresarlo, encaje o no en cómo se supone que tengo que comportarme como mujer. Y ¿cómo puedo hacer todo esto? Aterrizando en el propio cuerpo. Es en el cuerpo donde encuentro la pista de la autorreferencia. Como decía Antonio Pacheco, la mente miente y el cuerpo dice la verdad. Tal cual, el cuerpo expresa la propia verdad y esa es la referencia fiable aunque a la mente pueda no gustarle.

Para mí la autorreferencia es liberadora, un pilar, mi centro, desde el que me puedo ir despojando de introyectos culturales, desde donde me puedo ir conectando con mi instinto, mi yo profundo, y recuperar mi energía sexual, mi potencial. Es desde donde recupero mi autonomía y puedo responsabilizarme de mi vida. Desde donde nace el tan anhelado y a menudo distorsionadamente perseguido “empoderamiento” como persona y mujer.

A través del proceso en la formación en TCI, la terapia individual y posteriormente mi desarrollo como terapeuta, observo cómo es clave para el proceso terapéutico el abordaje corporal, el aterrizaje a lo que siento y soy en cada momento, tomando la referencia de las señales de mi cuerpo, tomando la autorreferencia.

La mirada fraterna

Autor: Oscar Fontrodona – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

La ley de la jungla, donde vivimos mayormente, por mucho que se nos llene la boca de Justicia, reza así: La vida es una guerra, donde si tú ganas pierdo yo, y gano cuando tú pierdes. O comes o te comen.

La fraternidad va más allá de esa cruda realidad y también de la verborrea de lo justo y lo injusto: es verte como mi hermano. Te considero, gozas de mi mirada amorosa y de un buen trato. Gratis. Es jugar pues otra liga, con otras reglas, adonde se suma a participar un equipo del arte de la ayuda llamado TCI.

Como terapeuta TCI, me corresponde atender a la persona que llega malherida no solo con técnicas con que revisar introyectos lesivos y desatascar la energía sino, ante todo, con una mirada comprensiva, amorosa, de hermano que encuentra toda la belleza que hay en ti. Esta mirada fraterna no puedo forzarla. Me sale porque ya la he disfrutado antes yo mismo. Por eso los terapeutas TCI pasamos por terapia nosotros mismos antes de ejercer. Para nutrirnos de esa mirada de amor incondicional, de ese “no necesitas hacer nada especial para que te quiera”.

Esa aceptación incondicional de mí mismo la traíamos, en realidad, de fábrica. Como todos los niños, yo también nací sin problemas por ser quien era. “Todos los niños — me dice Claudio Naranjo— nacen Budas, y luego el mundo los estropea”. Y es verdad que temprano en la infancia pasamos a experimentar el amor como un bien escaso, sujeto a peajes caros. “¿Cómo es posible — se pasma el niño, la niña— que tenga que dejar de ser yo para que me quieras?”. Si es que no le cabe en la cabeza. Y entonces, esa incipiente mente infantil, de lógica sencilla, da con el por qué más económico (la alternativa es pavorosa) a ese chantaje emocional, a ese ser visto por sus seres queridos como un objeto con prestaciones, a esa falta de amor que le corroe por dentro: “Ah, pues será que soy malo, que no me lo merezco, alguna tara he de tener…”. ¿Qué explicación tiene, si no, que le prives a ese pequeño de ese amor que él sí te da, de corazón y a manos llenas, y que es justo lo que más necesita? El peaje que pagará por adaptarse a nuestra cultura enferma es la pérdida de la buena mirada. Hacia sí mismo primero; hacia los otros, detrás. Con la bondad se nace. La maldad se entrena.

En días de luchas fratricidas por la identidad en estas tierras, recordemos que en el fondo, y más allá de nuestras diferencias, todos estamos conectados y todos somos Uno. Todos tenemos una madre y un padre, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, y 32, y 48 y 96, tatata… abuelos, y si seguimos para atrás nuestras memorias ancestrales se entrelazan hasta llegar a aquellos viejos tempos en África. Remontados a nuestros ancestros todos somos pues hermanos de sangre y compartimos linaje; la hermandad es, sencillamente, pertenecer a la condición humana. Un dato.

Pero sentirnos hermanos depende de la construcción de un vínculo. La fraternidad emerge entonces como conciencia de que soy vínculo, hijo de los encuentros y de los desencuentros. Lo voy a decir una vez más: Somos vínculos. Esa es nuestra identidad.

La hermandad es conciencia de que tú y yo, todos, somos hijos de la vida; de que no estamos solos. Conciencia de que, a un nivel, aquí abajo de la bóveda celeste, todas las relaciones son horizontales. De que (agárrense que vienen curvas) sí, “yo soy yo y tú eres tú”, pero solo para sostener mejor el “tú eres yo y yo soy tú”. Conciencia de congéneres, de consanguinidad espiritual.

Un grupo de crecimiento personal, como los que propiciamos en TCI, es un espacio que facilita esa conciencia, que es una vuelta a casa. A la casa común. La fuente. La luz de todos. Una autoescuela donde entrenar y practicar cinco mil veces la buena mirada que quedó atravesada, hasta que, más fluidos con el embrague, el freno y el acelerador, y ya con menos volantazos, se convierta en una acción automática, como el conducir.

Cesar Cerón, «Confidencias»

Vamos hacia una sociedad de hijos únicos (y con partos gemelares), y España lidera esa tendencia. Miro en derredor y veo niños jugando solos con su pantalla amiga. Esta falta de experiencia fraterna de una generación con maquinitis acentuará aún más, a corto plazo, el individualismo. Estamos llegando al final de la Caída; vayan sacando los botes salvavidas.

Yo he tenido la fortuna de tener hermanos y aprender así en su entorno natural la cooperación y la rivalidad. Con mis hermanos jugué, intimé y nos explicamos, y hubo (hay) también dolor, no solo júbilo, apoyo y empatía. Las guerras más atroces, creo que ya lo he dicho, se libran en el interior de las familias. Primogénito pronto destronado, en las peleas con mi hermano aprendí, mal que bien, a marcar límites, a ocupar mi espacio. Y en la competición para conquistar a mamá o en el sortear los truenos de papá nos fuimos construyendo el uno frente al otro, en un entramado de rasgos polares y me pregunto qué dones míos se polarizaron en ti y quedaron en mí atrofiados; así que tú eres también, hermano, el espejo de lo que me falta. Ojalá nos encontremos pronto, para compartir esas y otras andanzas, expresarnos y escucharnos. Para mirarnos, si Dios quiere y como decía Stefan Zweig, con “los ojos del hermano eterno”.

El masaje Shantala y el desarrollo sano y equilibrado de nuestros hijos

Autor: Francesc Remolí – Psicólogo, terapeuta gestalt integrativo y craneosacral biodinámico. Instructor de masaje Shantala

El masaje Shantala para bebés, que introdujo en Occidente Frédérick Leboyer hacia los años cincuenta representa, aún hoy en día, un válido y necesario trabajo dirigido a las familias para promover la práctica concreta de unos principios y valores de salud y educación que nos devuelven a todos, madres, padres e hijos, la esencial conexión con nuestra naturaleza, la recuperación de nuestras capacidades de autorregulación y equilibrio y un saludable y nutritivo vínculo familiar.

Todo ello se podría traducir en un mundo más humanizado, con más Amor, y en un acompañamiento a la infancia que favorezca seres humanos menos enfermos y neuróticos, menos adormecidos y más conscientes y responsables, más vibrantes, más genuinos con sus necesidades y con las de los demás, más sanos.

Se trata de un trabajo profundo, que va más allá de la técnica de masaje para el bebé con aceite natural o de los ejercicios de yoga que lo dieron a conocer. Hablamos también de ocuparnos del cultivo de cualidades y principios esenciales que favorecen y potencian el desarrollo biopsicológico sano del niño en su encuentro nutritivo con su madre/padre. Me refiero por ejemplo a:

  • Presencia verdadera

Estoy aquí, ahora, contigo. De manera incondicional y abierta.

  • Entrega y disponibilidad

Estoy aquí para ti, disponible, respeto tu ritmo.

  • Amor admirativo y reconocimiento

Te veo, te reconozco como ser consciente e integral, admiro tu esfuerzo y te doy espacio.

  • Contacto delicado y sincero

Te lo expreso de voz y con mi cuerpo, de corazón, desde surgen mis manos, con mi tacto amoroso.

Leboyer comprendió la importancia y la necesidad de traer a Occidente este trabajo para bebés y familias. En aquella época los médicos y sus instrumentos eran los protagonistas del trabajo de parto y el miedo infundado llegó a anestesiar la sabiduría ancestral femenina. Las mujeres empezaron a dudar de sus instintos y capacidades innatas y naturales. Incluso se había popularizado, en la sociedad de la época, la idea de que abrazar, acariciar o mecer a un niño hacia peligrar su desarrollo como una persona independiente y bien criada.

No quiero insistir en una revisión sobre cómo hemos tratado a nuestra infancia a lo largo de la historia. El sentido común y el dejarse sentir esa energía resonante que viene del pasado, de nuestros antepasados e incluso de nuestra propia infancia, nos permite a la mayoría sentirnos quizás menos tristes.

Es importante apuntar cómo numerosos estudios vienen demostrando desde hace tiempo lo importante que es para el desarrollo biopsicológico sano del bebé recibir estimulación cutánea y un contacto regular y afectivo. Su ausencia conlleva graves perturbaciones en el desarrollo y crecimiento del bebé, así como serias dificultades psicoafectivas en su vida de adulto.

Desgraciadamente, por muy perjudicial que haya sido para millones de niños, que han crecido con trastornos, este enfoque y esta mentalidad que se encontró Leboyer en su época sigue con  nosotros.

Por suerte también, trabajos como los de Leboyer y de los contemporáneos Claudio Naranjo o  Evânia Reichert nos animan a salir de nuestra zona de confort y adormecida y superar nuestras dificultades y límites. La lucidez de estos maestros y sus propuestas para la prevención nos animan a todos a un activismo real para cambiar el mundo; sí, el mundo. Un activismo que nos lleva como adultos y padres/madres a revisar y cambiar la manera en que acompañamos y tratamos a nuestros pequeños, a nuestros hijos, a, como dice Evânia, nuestra infancia sagrada.

La alimentación y la salud física de nuestros hijos son aspectos muy importantes a los que se les presta hoy en día especial atención. Este hecho contrasta con la escasa consciencia sobre los daños emocionales y físicos que genera una mala calidad del contacto afectivo. Es aquí donde el trabajo Shantala se alza como una sólida oportunidad.

En los primeros meses de vida el amor se transmite mediante la piel; es necesario ser acariciado, abrazado, llevado en brazos, sostenido…, y esto requiere implicación, presencia, interés, responsabilidad, ternura, consciencia. El bebé que no recibe una adecuada y afectiva estimulación cutánea no puede integrar ni asimilar en su ser la experiencia de amor.

Para terminar, me gustaría señalar aquello que me hizo a mí, como padre de una niña preciosa, Flor, y como psicólogo, adentrarme en las beneficios profundos de esta práctica ancestral de la medicina ayurvédica. En concreto fue que, a diferencia de lo que sucede en otras técnicas y masajes terapéuticos infantiles, el trabajo Shantala debe ser realizado por los mismos padres, y durante el primer mes, especialmente por la madre. El instructor guía a los padres para que puedan desarrollar y asimilar las habilidades y los conocimientos originales a fin de poder realizar por sí mismos, y de forma autónoma, este trabajo terapéutico en su hogar con sus hijos.

Se trata, a mi entender, de una hermosa manera de creer en nuestras capacidades, en nuestra propia naturaleza.  Una manera de devolvernos lo que siempre ha estado en nosotros, vibrante, pulsante. Quizás este retorno a casa ayude en la transformación del mundo.

Algunas referencias bibliográficas:

-Reichert, E., Infancia, la edad sagrada, La llave, Barcelona, 2015.

-Naranjo, C., Cambiar la educación para cambiar el mundo, La llave, Barcelona, 2007.

-Leboyer, F., Por un nacimiento sin violencia. Mandala, Madrid,  2008.

-Montagu, A., El tacto: la importancia de la piel en las relaciones humanas, Paidós, Barcelona, 2004.

 

La TCI en mi profesión de abogado

Autor: Hèctor Cabré Plana – abogado

En mi proceso de humanizarme, de volver al ser —en eso consiste para mí la TCI o cualquier camino terapéutico que se precie­—, después de las primeras urgencias, de lo inmediato, digamos que después de ocuparme de las miserias domésticas que no admitían demora, la TCI empezó a calar en mi vida laboral.

La frase tantas veces repetida: «yo soy abogado», un día chirrió en mis oídos y se convirtió en «yo soy, y trabajo de abogado». Muchos compañeros de profesión ríen cuando, en una de las frecuentes esperas en los pasillos de los juzgados, les digo que ya no soporto a los abogados; y es verdad.

Desde mi proceso en TCI, desde mi sensibilización, me cuesta soportar ciertas poses, gestos imitados, automatismos atávicos y corazas egoicas —incluyo las mías, por supuesto— que me apartan del otro y de mí. Toca pues, en mi proceso de cambio, encontrar mi lugar, mi visión personal y única de mi profesión. Observo que siendo yo, sin más, sin necesidad de cubrirme con las muy manidas poses de abogado, sin ese disfraz, los clientes confían más que antes en mí como profesional.

Desde ahí, desde esa posición, puedo atender la escucha al otro y mi escucha interna al atender el problema de un cliente. Desde la presencia, ambos solucionamos, gestionamos mejor ese conflicto o problema por el que viene a verme.

También durante la celebración de los juicios, observarme y atenderme con lo que me está pasando y con lo que está ocurriendo; es decir, dejarme estar como humano y desde ahí como profesional. Me gusta pensar que a algún juez y fiscal que ya se encuentran un poco de vuelta en ese juego de espejos que abruma y confunde al profano en la materia, le gusta esa claridad sincera que emana del ser.

 

El mapa de la ma-paternitat

Autora: Lara Terradas – Psicòloga col. 15613. Terapeuta gestalt i corporal integrativa. Acompanyament familiar. Educació Viva

Mirar la infància juganera i riallera és com mirar un llac i veure’n el fons.   És molt probable que no només veiem la imatge que ens retorna el llac, sinó que topem també amb teranyines que s’interposen entre el que veiem i el que és, projectant en allò que veiem quelcom nostre, posant a allò de fora quelcom de dins. O sigui, que estem enfadades i li diem a una amiga: “Et veig enfadada!”.

La nostra mirada és plena de memòries, creences, pors, expectatives i milions de conclusions tretes d’experiències viscudes que dormen al fons del nostre propi llac personal. Amb la seva raó de ser: hem teixit aprenentatges, que ens aporten coneixements perquè no haguem de començar de nou cada vegada com si fos la primera. És el bagatge que ens ajuda a escollir la que creiem que és la millor opció en cada moment. Hem acumulat tresors en cofres en forma de sabers i hem traçat un recorregut. Aquest recorregut és el nostre mapa de ruta.foto article1

Com tots els mapes, és tan sols una representació de la realitat, no és la realitat en si mateixa. Com deia algú, “el mapa no és el territori”. Quan únicament som capaços de moure’ns segons el nostre mapa preconcebut, i ens oblidem de sentir la pell i el pes sobre els peus —ens absentem d’estar presents i d’habitar el nostre cos— és possible que triem opcions a la vida, en general, i en la relació amb els fills i filles, en concret, que ens portin a topar amb la mateixa pedra una i altra vegada.

El mapa ens possibilita i ens limita. Ens possibilita estratègies, estalvi d’energia, capacitat anticipatòria, seguretat. Ens limita en espontaneïtat, capacitat de canvi; ens ajuda a romandre en zona de confort, ens instal.la en un fer o un pensar, en detriment d’un sentir més genuí.

El mapa ens guia per un camí. Aquest camí és el nostre caràcter, que en les seves expressions de comportament, pensament i emoció es manifesta en forma de màscara o personatge. Aterrem aquesta explicació: Pot, per exemple, arribar a ser més còmode no posar un límit necessari a un infant en un moment concret, per estalviar-nos la seva reacció posterior d’enuig; i així evitem de tocar el malestar i la culpa que podem arribar a sentir quan plora. Si tenim dificultats per a estar a prop del conflicte i actuem d’aquesta manera, seguim la ruta traçada del nostre mapa. Som predictibles, i l’espontaneïtat, que és un paper en blanc on tot es pot dibuixar, no ens despentinarà els cabells.

Llavors direm que ens hem dissociat: hi ha dues parts a dintre nostre que van en direccions diferents. Una és posar el límit i sostenir el conflicte, i l’altre, no posar-lo per evitar el que comporta. Si podem ser conscients de la nostra aversió conflictual, és probable que tinguem més facilitat per fer allò que el cor, i no el personatge, ens digui, malgrat que, amb les conseqüències se’ns faci un nus a l’estómac.

La valentia de sortir del propi camí, un traç assegurador que vam començar a dibuixar en la infància (quan encara fèiem garbuixos com una meravellosa estratègia per seguir endavant), ens empodera. Quan sortim de la nostra zona coneguda ens trobem cara a cara, cor a cor, amb el què som. I sovint és dolorós, per això la zona de confort és confortable, perquè aquest dolor queda relegat a l’oblit, inert al sentir, insípid a la dolçor i amargor dels estats emocionals que ens poden fer tremolar, com la ràbia, la por, la tristesa, la culpa, la vergonya…

Quan vénen les mares i els pares a teràpia, observo com, en un acte d’amor a ells mateixos, volen creuar la frontera de la zona de confort, sortir del mapa. Vénen, amb la valentia que atorga la por quan fem un pas endavant mentre tremolem,  amb la intenció de comprendre allò que no va bé i fer un pas transformador.

Un infant és portador de la veritat, que expressa els mons subtils que a les famílies se’ns fan invisibles.

Acompanyar a dones que maternen, homes que paternen, que donen de la mà a noves vides, tendres i pures, és un privilegi.

Els infants són la manifestació nítida de l’ésser humà i s’expressen amb espurnes de lucidesa, humanitat, honestedat i transparència.

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Acompanyar famílies i adults que abans eren infants, amb eines corporals, gestàltiques i pròpies de la criança conscient i educació viva,  és ser còmplice del bonic gest de tornar a casa, un camí de retorn cap a la pròpia veritat, cap a l’infant que habita a dins, sovint silenciat, però que mou els fils del què ens passa, tal i com faríem amb una titella.  El titellaire s’amaga darrere el teatret i veiem la titella moure’s, però qui maneja els fils és ell, igual que el meu infant intern condueix el timó si no el faig conscient i visible als ulls de l’adult que avui soc. Ja ho deia el Petit Príncep: “L’essencial és invisible als ulls”.

Donç no s’està enlloc millor que a casa, sobretot després d’haver estat anys de viatges forasters.  Aquesta mudança cap a una mateixa, quan som mares, cap a un mateix, quan som pares, crec que és el regal més gran per les filles i els fills, que encara habiten plenament els seu cos, el seu ésser essencial, a casa seva i amb propietat. Si no… com trobar-nos amb ells, que son a casa, si nosaltres estem emocionalment de viatge?