Caminar conmigo

Autor: Guillermo Vidal-Quadras Trias de Bes Gestor de patrimonios y escritor a ratos muertos.

TCI: Terapia Corporal Integrativa. Es una formación de tres años. Un conócete a ti mismo del siglo XXI. No voy a contar nada más sobre ella, tan solo cómo, yo, Guillermo, un clásico gestor de patrimonios de 59 años, he acabado aquí.
—He venido porque me lo han pedido. Soy agnóstico y bastante descreído (una redundancia) de todas estas “cosas”.
—Mira, Guillermo, si estás sentado en este sillón, es porque tú has entrado con tus propios pies.
Este fue el primer diálogo que cruzamos, Diego, mi terapeuta, y yo, hace cinco años. Diálogo casi tan mítico como el de Johnny Guitar y Viena. Yo no sabía nada de nada del carácter, la gestalt o el eneagrama. Y si alguien hubiera dicho “TCI”, probablemente habría pensado que era un modelo de Volkswagen. Por no saber, no sabía ni que tenía un ego, o varios, y que bajo tantas capas escondía mi ser.
Quiero hacer una puntualización que para mí fue importante y que puede ser de utilidad para quien me lea. Yo no llegué a la formación por mi curiosidad, o mejor dicho, por mi propia prospección.
Llegué de forma natural, fue un proceso. Primero hice dos años de Desbloqueo TCI. Diego (otra vez Diego), un día que le debí comentar lo patoso y ridículo que a veces me sentía con mi propio cuerpo en público (actuando, moviéndome y luchando contra el qué dirán), me dijo: “No sabes lo bien que te iría apuntarte a Desbloqueo”. ¿Desbloqueo?.
Mi curiosidad, ahora sí, hizo el resto y me apunté a una prueba. Una prueba donde la gente bailaba, se abrazaba y respiraba; sobre todo respiraba. Y yo, igual que Obélix: “Están locos estos romanos”. Y a la vez, atraído por este nuevo mundo tan extraño.
Estuve en desbloqueo dos años. Al primero falté a más de la mitad de las sesiones, lo pasaba muy mal antes de ir; la vergüenza de exponerme, de mostrarme, y porque me pilló un cáncer tonto del que estoy muy bien, que me hizo perder un par de meses. En la última sesión de mi debut, sucedió algo tan maravilloso que me hizo ver que tenía que repetir curso y atreverme, ahora sí, a quitarme los calcetines. Cosa que no había logrado ni un solo día en esos meses.
Para quien desee hacer la formación y, como yo, sea un profano, creo que es una muy buena introducción el desbloqueo semanal. Ayuda mucho a comprender la base de muchos de los ejercicios que son esenciales en la Formación; comenzando por la propia “posición de arraigo”, que es el “mi mamá me mima”, la caligrafía de la terapia corporal.
Fue ese segundo año de desbloqueo, tras las tres sesiones de sexualidad, donde aprendí otra de las citas TCI míticas. Esta vez la pronunció Maribel, o puede que María (mis cicerones desbloqueantes): “El límite es una opción”. Es la frase más maquiavélica que he escuchado en mi vida. Es como decir: Hay un límite, siempre lo hay, respétate, pero yo te invito a que te des permiso para traspasarlo. Toma ya. Respétate y atrévete.
No me desvío, vuelvo. Tras una de aquellas sesiones, al contársela a Diego, me dijo: “No sabes lo bien que te iría (esta frase también está en mi antología) hacer la Formación de TCI”. “Pero si a mi edad ya no voy a ser terapeuta ni tampoco lo pretendo”, le dije. “Guisheeeermo, como proceso de conocimiento personal.”
Y ahí me veo yo y mi curiosidad, al miércoles siguiente, en el Espai, rellenando la hoja de inscripción para la formación de TCI.
“Diego, me he apuntado a la Formación.” “Qué bien te van a ir estos tres años.” ¿Tres años? Ni lo había mirado.


Ahora que escribo estas páginas, ya llevo dos años, 18 talleres (faltan dos por el COVID) y dos stages. No voy a contar nada del contenido. Creo que es mejor. Para mí ha sido esencial ir casi in albis. Sí, me han ayudado mucho los dos años de desbloqueo, de ahí la recomendación, pero cuando comencé la Formación continuaba siendo un lego casi total en el mundo terapéutico y, por descontado, en todo lo que tenía que ver con el Carácter.
Recuerdo una de las primeras ruedas, no sé si el primer o segundo Taller. Al intervenir, dije: “Para mí, esta formación es un camino, un camino desconocido que deseo recorrer observándolo, sintiéndolo, perdiéndome y encontrándome, sin saltarme ninguna de sus estaciones”. Esta es la esencia con la que lo estoy haciendo. Con la suerte, en mi caso, de vivirlo sin ninguna presión por la necesidad de un título, sino por el puro placer (y sufrimiento, que no todo descubrimiento es placentero) del autoconocimiento.
No sé si fue en esta misma rueda que dije que para mí también era esencial el grupo, ir descubriendo a cada una de las personas que me iban a acompañar en este trayecto vital. Es maravilloso ver cómo se han ido dibujando, de ser un simple garabato inicial a un hermoso y complejo retrato. Quizá mi carácter haga más fácil lograr lo que voy a decir, pero creo que tan importante como la formación es el grupo y cómo se nutre fuera del espacio meramente formativo: las vivencias, esos lapsos de tiempo, los descansos, las comidas, algunas actividades extraescolares. En nuestro grupo (el Q) hemos tenido un bar virtual en pleno confinamiento, el bar de Willy, a veces muy concurrido y otras menos, donde nos vamos abriendo. El factor humano se nutre de estas pequeñas cosas.
No he dicho nada de lo que significa la Terapia Corporal Integrativa. Espero que no fuera eso lo que perseguía Imma cuando me animó a escribir estas líneas. Desde la osadía que da la ignorancia, digo: Es el proceso necesario para poder mirar nuestra herida infantil, sostener el miedo que nos lo impide, atravesando esa coraza corporal y muscular que nos ha permitido sobrevivir a no haber sido amados simplemente por SER.
Y acabo con la frase que Italo Calvino pone en boca de Marco Polo al final de “Las ciudades invisibles” y que memoricé para el taller de Catalina (vaya experiencia), el de los personajes internos: “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquél que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”
De todo esto trata la formación TCI, de volver a dar espacio a nuestro ser y rescatarlo de entre nuestros egos y personajes, nuestro particular infierno.

De la otrorreferencia a la autorreferencia

Autora: Aina Cortès – Terapeuta gestalt y corporal integrativa. Especializada en sexualidad femenina. Proyecto COSdeDONA

 

Años atrás, mientras investigaba apasionadamente sobre el útero y la sexualidad femenina en el contexto sociocultural patriarcal en el que vivimos, escuché en una entrevista a Mónica de Felipe Larralde, en la que hablando sobre género decía: “No quiero ser ni puta ni sumisa. Quiero ser yo misma con autorreferencia”.

“Uau… Claro…”, pensé. “Eso es…”. Y me di cuenta de que no tenía ni idea de lo que quería decir autorreferencia.

Pero antes de llegar a la autorreferencia, hablaré de mis amigas: la puta y la sumisa. Ambas responden a dos extremos de la misma polaridad de lo que tenemos entendido que es ser mujer en esta sociedad. El género nos atraviesa, nos construye y también forma parte de nuestro carácter y coraza. La perspectiva de género es algo que no suelo encontrarme en el discurso terapéutico pero veo a menudo en consulta y me parece importante nombrarlo, explicitarlo, darle un lugar. No soy experta en género, ni siquiera he tomado un curso y menos un máster. Como persona y mujer me he descubierto tremendamente identificada con la buena niña con que el estándar cultural marca cómo debo comportarme ya que me siento mujer. Como terapeuta, me encuentro montones de mujeres rindiendo ciego culto a este papel, que limita descaradamente nuestras vidas más allá de la estructura de carácter.

¿A qué me refiero con ser “buena niña”? La buena es la sumisa, débil, callada, obediente, complaciente, limpia, sin opinión ni voz, siempre sonriente, sin deseo propio, asexuada, siempre disponible, cuidadora, que no molesta, quieta, etc. Un constructo cultural que aún tenemos marcado a fuego en nuestro inconsciente colectivo e individual. Aprendemos a ser buenas, aprendemos a negar nuestra energía sexual y potencial, aprendemos a apagar nuestro deseo y fuerza para ser queridas, para encajar, para pertenecer.

En el polo contrario a la buena nos encontramos la chica mala, la que se ha rebelado en un intento fallido de no tener que cumplir con ser la buena. La mala es la puta, guarra, rebelde sin causa, insensible, hipersexuada, pasota, abandónica, dura, malhablada, contestona, etc.

Tanto jugar un papel como otro nos mantiene atadas a una forma de estar muy condicionada, con poco contacto real con la que somos, sentimos, deseamos, necesitamos. Nos hemos construido en referencia a mamá y a las mujeres de nuestra familia, en referencia al deseo de otras personas, en referencia a lo que marca la moda, en referencia a… o rebeladas contra… Siempre con la mirada hacia afuera, tomando la otrorreferencia.

En TCI aprendí sobre la autorreferencia, este concepto mágico que redirige la mirada puesta hacia afuera, ahora hacia adentro. Escucharme, respirar y sentirme. Tocarme, reconocerme, explorarme. Probar, probar y probar. Darme cuenta de lo que me gusta y lo que no. Contactar con mi deseo, identificar mis necesidades genuinas (reales), presenciarme, detectar mis límites, desidentificarme. Validarlo y darme permiso para Ser y expresarlo, encaje o no en cómo se supone que tengo que comportarme como mujer. Y ¿cómo puedo hacer todo esto? Aterrizando en el propio cuerpo. Es en el cuerpo donde encuentro la pista de la autorreferencia. Como decía Antonio Pacheco, la mente miente y el cuerpo dice la verdad. Tal cual, el cuerpo expresa la propia verdad y esa es la referencia fiable aunque a la mente pueda no gustarle.

Para mí la autorreferencia es liberadora, un pilar, mi centro, desde el que me puedo ir despojando de introyectos culturales, desde donde me puedo ir conectando con mi instinto, mi yo profundo, y recuperar mi energía sexual, mi potencial. Es desde donde recupero mi autonomía y puedo responsabilizarme de mi vida. Desde donde nace el tan anhelado y a menudo distorsionadamente perseguido “empoderamiento” como persona y mujer.

A través del proceso en la formación en TCI, la terapia individual y posteriormente mi desarrollo como terapeuta, observo cómo es clave para el proceso terapéutico el abordaje corporal, el aterrizaje a lo que siento y soy en cada momento, tomando la referencia de las señales de mi cuerpo, tomando la autorreferencia.

La mirada fraterna

Autor: Oscar Fontrodona – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

La ley de la jungla, donde vivimos mayormente, por mucho que se nos llene la boca de Justicia, reza así: La vida es una guerra, donde si tú ganas pierdo yo, y gano cuando tú pierdes. O comes o te comen.

La fraternidad va más allá de esa cruda realidad y también de la verborrea de lo justo y lo injusto: es verte como mi hermano. Te considero, gozas de mi mirada amorosa y de un buen trato. Gratis. Es jugar pues otra liga, con otras reglas, adonde se suma a participar un equipo del arte de la ayuda llamado TCI.

Como terapeuta TCI, me corresponde atender a la persona que llega malherida no solo con técnicas con que revisar introyectos lesivos y desatascar la energía sino, ante todo, con una mirada comprensiva, amorosa, de hermano que encuentra toda la belleza que hay en ti. Esta mirada fraterna no puedo forzarla. Me sale porque ya la he disfrutado antes yo mismo. Por eso los terapeutas TCI pasamos por terapia nosotros mismos antes de ejercer. Para nutrirnos de esa mirada de amor incondicional, de ese “no necesitas hacer nada especial para que te quiera”.

Esa aceptación incondicional de mí mismo la traíamos, en realidad, de fábrica. Como todos los niños, yo también nací sin problemas por ser quien era. “Todos los niños — me dice Claudio Naranjo— nacen Budas, y luego el mundo los estropea”. Y es verdad que temprano en la infancia pasamos a experimentar el amor como un bien escaso, sujeto a peajes caros. “¿Cómo es posible — se pasma el niño, la niña— que tenga que dejar de ser yo para que me quieras?”. Si es que no le cabe en la cabeza. Y entonces, esa incipiente mente infantil, de lógica sencilla, da con el por qué más económico (la alternativa es pavorosa) a ese chantaje emocional, a ese ser visto por sus seres queridos como un objeto con prestaciones, a esa falta de amor que le corroe por dentro: “Ah, pues será que soy malo, que no me lo merezco, alguna tara he de tener…”. ¿Qué explicación tiene, si no, que le prives a ese pequeño de ese amor que él sí te da, de corazón y a manos llenas, y que es justo lo que más necesita? El peaje que pagará por adaptarse a nuestra cultura enferma es la pérdida de la buena mirada. Hacia sí mismo primero; hacia los otros, detrás. Con la bondad se nace. La maldad se entrena.

En días de luchas fratricidas por la identidad en estas tierras, recordemos que en el fondo, y más allá de nuestras diferencias, todos estamos conectados y todos somos Uno. Todos tenemos una madre y un padre, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, y 32, y 48 y 96, tatata… abuelos, y si seguimos para atrás nuestras memorias ancestrales se entrelazan hasta llegar a aquellos viejos tempos en África. Remontados a nuestros ancestros todos somos pues hermanos de sangre y compartimos linaje; la hermandad es, sencillamente, pertenecer a la condición humana. Un dato.

Pero sentirnos hermanos depende de la construcción de un vínculo. La fraternidad emerge entonces como conciencia de que soy vínculo, hijo de los encuentros y de los desencuentros. Lo voy a decir una vez más: Somos vínculos. Esa es nuestra identidad.

La hermandad es conciencia de que tú y yo, todos, somos hijos de la vida; de que no estamos solos. Conciencia de que, a un nivel, aquí abajo de la bóveda celeste, todas las relaciones son horizontales. De que (agárrense que vienen curvas) sí, “yo soy yo y tú eres tú”, pero solo para sostener mejor el “tú eres yo y yo soy tú”. Conciencia de congéneres, de consanguinidad espiritual.

Un grupo de crecimiento personal, como los que propiciamos en TCI, es un espacio que facilita esa conciencia, que es una vuelta a casa. A la casa común. La fuente. La luz de todos. Una autoescuela donde entrenar y practicar cinco mil veces la buena mirada que quedó atravesada, hasta que, más fluidos con el embrague, el freno y el acelerador, y ya con menos volantazos, se convierta en una acción automática, como el conducir.

Cesar Cerón, «Confidencias»

Vamos hacia una sociedad de hijos únicos (y con partos gemelares), y España lidera esa tendencia. Miro en derredor y veo niños jugando solos con su pantalla amiga. Esta falta de experiencia fraterna de una generación con maquinitis acentuará aún más, a corto plazo, el individualismo. Estamos llegando al final de la Caída; vayan sacando los botes salvavidas.

Yo he tenido la fortuna de tener hermanos y aprender así en su entorno natural la cooperación y la rivalidad. Con mis hermanos jugué, intimé y nos explicamos, y hubo (hay) también dolor, no solo júbilo, apoyo y empatía. Las guerras más atroces, creo que ya lo he dicho, se libran en el interior de las familias. Primogénito pronto destronado, en las peleas con mi hermano aprendí, mal que bien, a marcar límites, a ocupar mi espacio. Y en la competición para conquistar a mamá o en el sortear los truenos de papá nos fuimos construyendo el uno frente al otro, en un entramado de rasgos polares y me pregunto qué dones míos se polarizaron en ti y quedaron en mí atrofiados; así que tú eres también, hermano, el espejo de lo que me falta. Ojalá nos encontremos pronto, para compartir esas y otras andanzas, expresarnos y escucharnos. Para mirarnos, si Dios quiere y como decía Stefan Zweig, con “los ojos del hermano eterno”.

La TCI en mi profesión de abogado

Autor: Hèctor Cabré Plana – abogado

En mi proceso de humanizarme, de volver al ser —en eso consiste para mí la TCI o cualquier camino terapéutico que se precie­—, después de las primeras urgencias, de lo inmediato, digamos que después de ocuparme de las miserias domésticas que no admitían demora, la TCI empezó a calar en mi vida laboral.

La frase tantas veces repetida: «yo soy abogado», un día chirrió en mis oídos y se convirtió en «yo soy, y trabajo de abogado». Muchos compañeros de profesión ríen cuando, en una de las frecuentes esperas en los pasillos de los juzgados, les digo que ya no soporto a los abogados; y es verdad.

Desde mi proceso en TCI, desde mi sensibilización, me cuesta soportar ciertas poses, gestos imitados, automatismos atávicos y corazas egoicas —incluyo las mías, por supuesto— que me apartan del otro y de mí. Toca pues, en mi proceso de cambio, encontrar mi lugar, mi visión personal y única de mi profesión. Observo que siendo yo, sin más, sin necesidad de cubrirme con las muy manidas poses de abogado, sin ese disfraz, los clientes confían más que antes en mí como profesional.

Desde ahí, desde esa posición, puedo atender la escucha al otro y mi escucha interna al atender el problema de un cliente. Desde la presencia, ambos solucionamos, gestionamos mejor ese conflicto o problema por el que viene a verme.

También durante la celebración de los juicios, observarme y atenderme con lo que me está pasando y con lo que está ocurriendo; es decir, dejarme estar como humano y desde ahí como profesional. Me gusta pensar que a algún juez y fiscal que ya se encuentran un poco de vuelta en ese juego de espejos que abruma y confunde al profano en la materia, le gusta esa claridad sincera que emana del ser.

 

Parto consciente: recuperar la sabiduría femenina instintiva. Herramientas útiles

Autora: Berta Clotet Galobart Psicóloga colegiada nº 17941. Terapeuta corporal integrativa, sistémico-familiar y gestalt infantil.

El parto deviene una experiencia difícil de afrontar, que durante el embarazo nos condiciona y atemoriza. En la sociedad en que vivimos tenemos el privilegio de contar con todos los recursos médicos necesarios que nos pueden ayudar en caso de que se dé una complicación durante el parto. Ahora bien, si el parto se desarrolla naturalmente la intervención médica no es necesaria: todas las mujeres estamos preparadas para parir a nuestros hijos. Así como la vida de nuestro bebé empieza en nuestro vientre y crece dentro de nosotras, la naturaleza nos provee de todo el saber psicocorporal y emocional que precisamos para parir a nuestro retoño, si estamos conectadas con él.

Realizar una psicoterapia corporal integrativa (TCI) te puede acompañar durante la gestación para ayudarte a conectar con este saber instintivo.

Foto embarassada 1El parto es uno de los momentos más importantes en nuestras vidas y en la de nuestros hijos, y para poder vivirlo con intensidad y consciencia, facilitando así el transito del bebé del mundo uterino a nuestro mundo y aprovechando todos los aprendizajes que nos trae para la crianza, planteo la necesidad de recuperar el saber instintivo femenino que todas poseemos y quedó enterrado bajo capas de creencias limitadoras que nos hacen creer que no somos capaces de parir a nuestros hijos sin la intervención de la ciencia médica.

La pregunta está en cómo podemos reconectarnos de nuevo con este saber instintivo y en qué necesita mi hijo para nacer.

Este artículo hace una breve exposición de lo que me parece más vital saber y poner en práctica a fin de prepararnos para el parto poniendo las condiciones físicas, psíquicas, emocionales y espirituales necesarias que nos ayuden a vivir esta experiencia con mayor gozo.

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Desde mi experiencia personal y una perspectiva psicocorporal e integradora, hay un camino para la autorregulación, que nos ayudará a sostener el dolor a través de la respiración, la apertura y la relajación de cuerpo y mente: Cuando la mente está relajada y abierta, el cuerpo se abre y se relaja y yo me siento segura, confiada y capaz. Anclada en mi centro, el instinto tiene el camino libre para emerger.

Para relajar la mente es preciso revisar el conjunto de creencias limitadoras que tenemos sobre el parto, sobre nuestra capacidad para sostener el dolor y de parir a nuestros hijos. Nuestro sistema de creencias está formado por toda una serie de ideas, mensajes e imágenes que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra historia personal, incorporándolas como propias sin mucho análisis ni filtro. Poner luz a este bagaje que me condiciona me permite liberar mi instinto y ponerlo a mi servicio.

Ayuda nutrirse de experiencias positivas, tanto de partos fisiológicos como de aquellos en que hizo falta la intervención médica. Del ejemplo de mujeres que se sienten fuertes y conectadas con este saber interior; que, abrazando el miedo, están predispuestas a vivir esta experiencia en todo su potencial, confiando en que han preparado el terreno para que sus bebés nazcan por sus propios medios en el momento en que estén lo bastante maduros.

Informarse sobre el parto sin dolor y el parto orgásmico, maravillándose de sentir que es posible vivir esta experiencia desde el placer, rompiendo así un sinfín de creencias que hablan de todo lo contrario. También ver vídeos de parto natural, contagiándose de la fuerza que transmiten y dejándose inspirar.

Es importante acercarse a las personas y grupos que nos refuerzan y conectan con nuestro saber interior, dejando entrar los mensajes que nos hacen llegar, integrándolos y haciéndolos propios, si siento que resuenan en mí.
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“Soy una mujer fuerte, sana, libre, salvaje, y tengo todo lo que necesito para parir a mi hijo, confío en que mi instinto me guiará y confío en mi hijo, él sabe todo lo que necesita para hacer este camino y nacer.”

Las visualizaciones también ayudarán a que me abra y me relaje. Visualizar a mi bebé, hablar con él, mostrándole mentalmente y a través del movimiento el camino de parto, abriéndome y entregándome a este sentir interior.

Este tipo de pensamientos de los que me estoy nutriendo me hacen más capaz de afrontar todo lo que venga, tomando decisiones más conscientes en el momento del parto, al estar más segura y preparada.

Corporalmente es importante fortalecer las piernas, abrir y movilizar la cadera, las ingles, estar flexible. El yoga para embarazadas ofrece una buena preparación física y emocional para el parto, mientras compartes con el grupo de mujeres la próxima maternidad; es de una gran riqueza.

Desde esta perspectiva integradora te ayudará saber como el canal del parto está relacionado con la garganta, la boca y la lengua. Se puede relajar y abrir el canal de parto llevando ahí la atención, abriendo toda la zona y relajándola. Te puede ayudar cantar las vocales en el momento que llega la contracción, en vez de tensarte gritando. Al cantar, todo tu cuerpo se abre con la vibración, y al dejar la boca entreabierta se relaja la garganta y la lengua. Por ejemplo cantando la vocal AAAAAAAAA, OOOOOOO…. Al estar conectada la garganta con la vagina, con la misma vibración que se relaja la garganta se abre el canal de parto y el suelo pélvico se llena de aire, expandiéndose.

Llegar a esta consciencia requiere práctica, que puedes realizar durante los meses de embarazo y junto a tu pareja, si se anima. En el parto te ayudará que tu pareja te acompañe cantando las vocales junto a ti en el momento que llega la contracción, o simplemente señalándote que relajes la lengua y abras la boca, si estas tensa. Las mujeres del sur de la India paren cantando; a este tipo de cantos se les llama cantos carnáticos. Puedes buscar vídeos en internet para practicar; también se realizan ya talleres de canto carnático en algunos centros de parto natural.

Es importante tener en cuenta que las contracciones son más dolorosas cuanto más rígido esté el útero. La rigidez de nuestro útero está relacionada directamente con los siglos de represión y de negación del placer como fuente de vida, consecuencia de esta sociedad patriarcal. Se puede flexibilizar el útero haciéndolo vibrar a través del orgasmo o de la vibración que produce el canto de vocales, mientras se visualiza cómo este cosquilleo interior lo abre y expande, a la vez que masajea a nuestro bebé. Puedes practicar durante la gestación.

Permite traspasar el dolor saber que cada contracción te acerca más a tu bebé. Las contracciones son las responsables de la apertura del cuello del útero y ayudan al bebé a movilizarse. Cada contracción realiza un abrazo a tu bebé y activa sus sistemas, preparándolos para su llegada a nuestro mundo. Si tu cuerpo está abierto para recibir la contracción sentirás menos dolor y estarás más conectada. Movilizar la cadera durante la contracción ayuda también. Cuando nos tensamos y paramos la respiración para protegernos del dolor, contrariamente a lo que buscamos esa tensión aumenta la sensación de dolor, haciéndonos desesperar con más facilidad al perder la conexión con nuestro centro y alejarnos de nuestro instinto.

La respiración te ayudará a relajar el cuerpo y a centrarte. Siempre puedes volver a la respiración si pierdes el contacto contigo misma y te has dejado llevar por la desesperación y el dolor. Al inspirar desde el vientre te conectas directamente con tu instinto, te llenas de aire y expandes el cuerpo; al expirar, sueltas. En el momento en que sientas ganas de empujar, la expiración te ayudará a hacerlo. Al inspirar te abres y al expirar te cierras conscientemente empujando. Practica durante el embarazo, poniendo la atención al suelo pélvico. Al inspirar lo llenas de aire, al expirar cierras empujando suavemente.

Un último detalle que me ayudó mucho durante el parto de mi hijo y que me enseñó una gran comadrona es que durante el expulsivo recuerdes llevar tu barbilla hacia adentro, bajando un poco la cabeza, así la fuerza irá dirigida hacia la vagina y no al ano, lo cual evitará las molestas almorranas.

Y para finalizar, si puedes parir respetando tu naturaleza hazlo. Parir de pie, de cuclillas, a cuatro patas o, si tiene que ser estirada, recordando levantar la cadera de un lado para facilitar así la apertura del sacro necesaria durante el parto. 

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Visualizar una flor abriéndose, el vaivén de las olas que vienen y se van, respirando con la boca abierta, desde el vientre, abierta y confiada, permitiendo así que tu cuerpo esté más relajado durante la contracción, lo que te ayudará a sostenerla. En vez de dejar al dolor tomar el control de tu mente, decides visualizar de nuevo esta flor que se abre, y le pides a tu mente que envíe a tu cuerpo mensajes de apertura y relajación, sabiendo que la contracción viene y se va, ofreciéndote unos minutos preciosos para descansar, que aprovecharás porque estás conectada y sabes que la ola volverá, pero estás preparada para tomarla en ti de nuevo, respirando, vibrando con el canto de las vocales, abriéndote a cada nueva contracción y así hasta que el cuello del útero esté abierto, a 10, y el bebé pueda pasar por el canal de parto, abriéndose paso en este cuerpo tuyo entregado y dispuesto a sentir, naciendo de nuevo, dejando ir los viejos patrones, convirtiéndote en madre.

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El grup: una oportunitat de créixer acompanyades

Autora: Helena SagristàEducadora Social, terapeuta gestalt i corporal integrativa 

Em disposo aquí a escriure algunes idees que estic elaborant del treball grupal en els processos terapèutics. En els últims anys, la meva feina com a terapeuta s’ha donat fonamentalment en grups i aquest fet, que agraeixo profundament, m’ha motivat a fer algunes reflexions pràctiques sobre els grups que em són molt útils en la meva tasca quotidiana.

Com sabem, el cercle és el símbol del grup. Un cercle, segons la seva definició, és la superfície delimitada per una circumferència. Aquesta superfície que és el cercle serà l’espai que permetrà, contindrà i testimoniarà el treball terapèutic grupal.

Així, en els grups terapèutics, i de TCI i gestalt en concret, seiem en circumferència, creant entre totes un cercle. Sovint anomenat espai sagrat o, des de la gestalt, espai per al buit fèrtil, el cercle ens permet créixer acompanyades. Ens permet mirar-nos amb el testimoni d’altres persones, així com poder-les veure en la seva autenticitat. El cercle és un espai de totes, creat per totes i que pot ser per qui el vulgui ocupar.

En el cercle creat, es teixeixen fils profunds, transparents i sanadors, de tots amb tots i de cada membre amb el grup. Perquè en el treball grupal, el grup passa a ser un més.

Cal tenir en compte a cada persona que formem el cercle i també al grup en sí, com una entitat més entre nosaltres, un ésser que som totes i del que, des del moment en què ens assentem juntes al seu voltant, en som partícips.

El cercle també és símbol d’allò femení i s’associa amb la mare i, per tant, amb la terra. Com una mare, l’espai grupal és un espai per poder florir, per a renéixer, per a recrear-nos, un espai on poder reaprendre a vincular-nos, a mirar-nos, a cuidar-nos. És un espai ideal per a treballar l’instint tendre, la mirada cap endins, cap a les pròpies necessitats i desitjos i per a reconnectar-nos amb la pròpia tendresa. Un espai on recolzar-nos i deixar-nos caure, on recuperar la confiança perduda i on sanar el vincles que van ser danyats durant la nostra vida, també amb la nostra pròpia mare.

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A més, el grup, degut a la seva naturalesa social, suposa una gran oportunitat per a treballar la sortida al món. La mirada cap a fora, apresa de la funció paterna, l’instint agressiu, surt a la llum en el grup. Com em relaciono amb les altres persones, com vaig cap al que vull, com em relaciono amb el/la terapeuta, com lluito pels meus desitjos i somnis, com em defenso i em respecto. El grup, representant la totalitat de la societat, ens posa al davant la possibilitat de mirar-nos en la nostra sortida al món i, per tant, de poder reinventar-nos en ella.

I, en els grups, també trobem germans i germanes: els nostres companys i companyes de camí, que seran els nostres millors aliats i també els trampolins cap al creixement. Ells són miralls que esdevenen portes per accedir a nosaltres mateixes. A vegades ens ajudem col·laborant activament en el treball d’altres; altres vegades ens fem de mirall mostrant allò que no volem veure, tan de llum com d’ombra; i altres vegades, es donen trobades màgiques i sanadores, moments que serviran d’ancoratge per a poder tenir el record de vivències guaridores en el nostre dia a dia.

Des de la meva vivència, i veient ara tot el camí recorregut, puc afirmar que el treball en grups ha estat una de les peces clau pel meu creixement i comprovo, dia rere dia, com també ho és per d’altres persones. La trobada autèntica, la reconstrucció de mi mateixa i la sanació que m’han permès els espais grupals, els cercles, han estat peça fonamental pel meu desenvolupament.

En la meva experiència professional, el treball en grup és un joia. L’art de cuidar, des del recolzament o des de la confrontació, d’acompanyar a vincular i d’oferir les propostes adequades en cada moment, suposa ara un camí de creixement per a mi del que, com ja he dit, estic profundament agraïda. Aprenc cada dia amb els grups la potència d’aquest tipus de treball (que considero sagrat pel meu sentir-me acompanyada del diví quan entro als cercles) i presencio la capacitat de guariment que ofereixen els vincles autèntics i l’Amor. Observo, i em segueixo sorprenent, com quan el grup es vincula, s’estima, la por de cada membre es pot dissipar i neix la confiança. La confiança en el treball, en les propostes, en les terapeutes, en les companyes i companys i, el més important de tot, la confiança en el grup. Que no és més que la representació de la confiança de cada una amb ella mateixa. Perquè un grup terapèutic entregat al creixement, com les trobades autèntiques, és sempre màgic i sanador.

La música y la terapia corporal

Autor: Manuel Muñoz – Terapeuta gestalt y corporal integrativo. Musicoterapeuta inner sound

Desde muy pequeño me ha gustado, y he estudiado, practicado y vivido de diferentes maneras la música, que también aplico en mis terapias individuales y de grupo.

Un día me encontré con una gran verdad. La gran mayoría de los teóricos de la musicoterapia señalan que cualquier actividad musical que usemos dentro de una sesión de terapia (escuchar música, tocar un instrumento, improvisar, cantar, bailar, etc.) por sí misma no es musicoterapia. Para que lo sea, una actividad musical debe formar parte de un proceso terapéutico, ser usada como una técnica dentro de ese proceso.

Es decir, que si la usamos —por ejemplo— dentro de un entorno terapéutico gestáltico, será para ayudar a generar una polaridad en el cliente, o estimular una emoción o un recuerdo, o para ayudar a integrar determinada vivencia…

En este sentido, en un contexto de trabajo psicocorporal (como la terapia corporal integrativa) la usaremos teniendo en cuenta diferentes parámetros básicos, tales como:

1.-quién será el grupo o persona a tratar en la sesión;

2.-qué objetivos queremos lograr en la misma; y

3.-cómo y cuándo utilizar determinada técnica.

Esto, que parece tan obvio, se convierte sin embargo en algo complejo a la hora de “afinar” en la incorporación terapéutica de la música. Por ejemplo, al dar un masaje, el sentido común dice adecuar la música a las zonas a trabajar. Pero no deberíamos cometer el error de dejarnos llevar por el que “la música que a mí me gusta ya le va bien al cliente”. Y ¿qué me/le pasa con la que no me gusta? Porque estaremos obviando el trabajo terapéutico con dos elementos importantes en psicoterapia como son la transferencia y la contratransferencia (Sí, en musicoterapia también existen.)

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Empecé a plantearme el uso de la música como herramienta terapéutica el día que, tras una sesión especialmente dura en lo emocional para un cliente, decidí usar una pieza musical para acabar… sin darme cuenta de que en realidad, en vez de integrar su vivencia, la paré. ¡Usaba la música para calmar mi propia angustia!

Durante estos años de desarrollo de un modelo propio con el sonido, la voz y la música adecuado al trabajo TCI, hemos venido construyendo un catálogo de ítems y situaciones que sirvan de guía en el diseño de ambientaciones musicales aplicadas a la psicoterapia y la clínica. Este decálogo se me antoja un buen punto de partida para todo aquel que quiera adentrarse en los secretos del oficio. A saber:

1.- Toda vibración afecta al cuerpo. El sonido y la voz no solo penetran a través de los oídos. Atención a las reacciones del cliente. Hay que ser cuidadosos…

2.- Hay muchas formas de trabajar con la música. Antes de ponerse hay que tener claro lo siguiente: ¿Es necesaria? ¿Para qué? ¿Cómo voy a trabajar con ella?

3.- Si decido que sí, tengo que definir:

  • – Qué quiero trabajar (tema de la sesión).
  • – A qué zonas corporales afectan los sonidos.
  • – Que tipo de música voy a elegir. ¿Qué fragmento o pieza?
  • – Qué efecto produce esa música en mí.
  • – Qué efectos quiero o espero conseguir. (Cada uno es un mundo)
  • – En qué momentos las voy a introducir.

4.- Para escoger música hay que conocer suficiente música. (Cuanta más, mejor.)

5.-La música puede tener elementos que “favorecen” o que “van a la contra” Escogemos la canción, el pasaje o el sonido según queramos que acompañen, resalten o inciten a traspasar el emergente.

6.-Además, la resonancia de la vibración sonora puede tener efectos beneficiosos o perjudiciales tanto a nivel micro como a nivel macro. También en nuestras células y en el campo electromagnético (bioeléctrico) que rodea nuestro cuerpo.

7.- Tener claros los criterios de TONO, RITMO, MELODÍA, ARMONÍA, VOLUMEN, TIMBRE y TIPO DE INSTRUMENTOS que aparecen en las canciones, fragmentos musicales, canto o sonidos que escojamos para trabajar. Todo esto afecta a zonas corporales diferentes de modo distinto. Atención a su ajuste para poder ser eficaces…

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8.- La INTENCIÓN y actitud como terapeuta son fundamentales; también están trabajando en la sesión. Atención a la transferencia y a la contratransferencia. El sonido es una onda portadora de conciencia. La fórmula Sonido + Intención = Posibilidad de sanación, es cierta.

9.-Psíquicamente, toda música refiere a la emoción, a recuerdos, sensaciones o sentimientos, y puede generar imágenes o evocaciones poderosas. ¡Y lo mejor es que el cliente puede interpretar con sus propias palabras todo el contenido que evoca a través de la escucha! En alguna ocasión, dependiendo de cómo se use, puede llevar a situaciones de trance o de alteración de conciencia.

10.- Una cita, para terminar, del malogrado Eduardo Galeano:

«El cuerpo es un pecado, dice la Iglesia. El cuerpo es una máquina, dice la medicina. El cuerpo es un negocio, dice la publicidad. El cuerpo dice: Yo soy una fiesta’».

Y en el trabajo terapéutico, al cuerpo lo ayudamos también poniéndole música… CON CONCIENCIA.

El día que conocí a Antonio Pacheco

Autor: Oscar Fontrodona – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

Este lunes 16 de mayo, la Sala Bruc del Espai TCI se llenó para despedir a Antonio Pacheco, el creador de la terapia corporal integrativa, fallecido en Vitoria a los 68 años, lúcido y rodeado de seres queridos, tras una larga dolencia.

Familiares de Antonio, terapeutas, ayudantes, alumnos… pudimos expresar en este homenaje barcelonés la gratitud por todo lo que hemos recibido de él. Su hijo Igor leyó una de las poesías de Antonio, Oración a Dios, hicimos una meditación para ayudarle en el tránsito y le lloramos ante un vídeo con imágenes de su vida.

Fue una ocasión para el reencuentro de compañeros de viaje que nos habíamos perdido la pista. Fieles al espíritu dionisíaco de Antonio, cerramos animadamente con un opíparo picoteo de productos vasconavarros, salpicado de tantas anécdotas e historias que contar.

Carismático y genial formador de terapeutas, Antonio fue mi maestro en los SAT y en el TCI, esa formación tan vivencial que se trajo de Vitoria a Barcelona hace ya tres lustros, y que llevó hasta las tierras mayas de Chiapas.

Antonio Pacheco en Chiapas

Antonio Pacheco en Chiapas

Su muerte me sorprende con uno de sus libros entre las manos, Ego, esencia y transformación. Ahí resume la filosofía de la TCI, donde la I de «integrativa» responde a las inteligencias múltiples (de la música al cuerpo, pasando por la reflexión filosófica…) de Antonio, un ser dotado para aunar técnicas de lo más variopinto.

Subrayar sus palabras me devuelve al día en que Toni Aguilar me llevó hasta él, a una masía de La Garrotxa donde Antonio iba a impartir un primer stage de TCI sobre «el ego» y me invitaban a probar la medicina. Me invade la gratitud al recordar aquel privilegio. Ante el portón de La Comademont, me recibió la sonrisa bondadosa de Antonio y cuando me quise dar cuenta cuenta ya había traspasado el umbral de un camino sin vuelta atrás.

Antonio Pacheco en La Comademont

Antonio Pacheco en La Comademont

Vaya si me enteré aquel fin de semana de qué iba el ego. Cuando llegó el momento de pasearlo, de mostrarle a aquel grupo (al mundo) mi locura, escrita en una cuartilla mal pegada con celo al pecho, hube de vérmelas con mi dolor y mi vergüenza, y con mi presteza para desconectar de mi dolor y mi vergüenza. Tras aquel rito iniciático, Antonio me recogió, señalándome un camino: «recuperar la alegría de vivir, que es lo que trajiste como niño al nacer», y un método: «si el ego se forma en relaciones enfermas, en relaciones sanas se sana». Quería volver a aquel lugar y tomé la decisión de hacer el TCI.

Antonio fue un maestro muy cercano, que siempre se alegraba de verme, de sonrisas y abrazos recios que calentaban el corazón. Alguien con quien podías contar, disponible a todas horas. Mientras iba reencontrándome en mi grupo de TCI con las emociones perdidas, en los trabajos de repente tenía la sensación de que hablaba para mí. Formaba parte de la magia que estaba viviendo. Sentía que él me conocía. Me he sentido muy reconocido por Antonio. Me miró con benevolencia, más allá de mis personajes internos y mis neuras. Es una experiencia compartida, me consta, por muchos compañeros de viaje. Esa mirada fue sanadora y un aliento para seguir.

Qué gran regalo sentirme aceptado tal como era. Un día, en un taller, nos preguntó qué queríamos ser. Sentía que los demás sí lo tenían claro, y ahora qué digo y se acaba la rueda y ya no puedo esconderme más. «Siento que siempre he ido a la deriva», confesé al fin, muerto de vergüenza. «¿Pues sabes, Oscar —sonrió—, que no es mala manera de ir por la vida?».

Antonio era paternal y yo tenía todos los números para hacer con él transferencia paterna. «De niño —explicó aquel día que le conocí—, no eres aceptado como eres. Queda un fondo de gran soledad. Hasta que sientes que puedes ser aceptado como eres por un ser humano. Necesitas encontrar al menos una persona que te reconozca como ser humano». Más tarde, en el trabajo de los SAT, tuve ocasión de reparar a través de él el maltrecho vínculo con mi padre, y tengo para mí que gracias a esa limpieza pude ser padre yo también.

El vínculo que establecí con Antonio me ayudó a sentir mi pertenencia a lo masculino, a restablecer mi vínculo con el hombre. Aún me inspira su arriesgar, su ir a por lo que quieres, la determinación para atravesar los obstáculos que se interponen en el camino de tu deseo. Un bregador, era Antonio. Su propuesta era atreverse a ser y —dijo aquel día en la Coma— «recuperar la capacidad de fluir en libertad… desde un contacto esencial: no querer el placer del otro, la alegría del otro, es una traición al otro».

Tan vital… Las cenas con él llevaban al alba ¡y al día siguiente tocaba madrugar!, y no eran veganas. Se te contagiaba aquel hedonismo tan de Antonio, un sacarle el jugo a lo bueno de esta vida, mitad estarse en el disfrute y mitad en la curiosidad.

Porque Antonio era corazón pero lo que a mí me admiraba más de él era la fuerza. Se me antojaba imponente. Un día nos dijo haber pesado casi seis kilos al nacer, en Valencia. Esa gran energía le ayudaba a mover grupos grandes como yo no he vuelto a ver. Su capacidad de trabajo era legendaria. Y una palabra clave de su pensamiento, que está por reivindicar, es «impulso».

Me acostumbré a su entrega, a aquel darse. Los talleres de Antonio sabías cuándo empezaban (un pelín tarde) pero no cuándo iban a terminar; podía ser las ocho como a las once; imposible quedar para después. Daba mucho, y se nutría de sus alumnos, claro. Nos hacía partícipes de sus últimas lecturas y descubrimientos, que él integraba mientras se los escuchaba decir.

Tenía el don y el gusto de la palabra. Era el suyo un lenguaje claro, entreverado de humor políticamente incorrecto. En aquellas charlas y trabajos con él me fue calando, gota a gota, ese «humanismo transpersonal» que luego he reencontrado en nuevos viajes y que me ayuda a orientarme en los oficios de vivir y del acompañar terapéutico.

Tenía pasión por transmitir conocimiento y enseñanzas; para mí que siempre conservó algo del maestro de primaria que fue en su juventud («comparado con la educación, lo demás es trivial», sentenció el día que lo conocí). No es extraño que creara La Llave, editorial imprescindible que da a conocer en España maestros de la psicoterapia y la tradición, como el clarividente Baba Om Tom Heckel, que estuvo a su lado en el último suspiro.

La música, una de sus pasiones

La música, una de sus pasiones

Yo le he visto ponerse bravo; él, que tuvo cargo político en el País Vasco de los años de plomo, no le hacía remilgos a los broncos juegos de poder. Y a la hora de negociar los dineros, sacaba al jugador de póker profesional que había sido; para hacer gala después de una generosidad desprendida.

Como dicen que pasa con todos los buscadores, Antonio vivió también su noche oscura, cuando la vida le atizó un par de golpes, en especial el abrupto desplazamiento del SAT, el proyecto de Claudio Naranjo que impulsó durante veinte años de su vida. Me alegro de que al final se haya reconciliado con Claudio.

Antonio se despide de nosotros con estas palabras:

«No llores en mi tumba, no te aflijas, recuerda que me enfrenté a la muerte con conciencia y que me fue concedido el tiempo necesario para despedirme y reconciliarme con la vida con dignidad. Recuerda que mi vida fue plena, que fui un buscador afortunado, que al final de mis días encontré la paz y la unidad, me reafirmé en el sentido de la vida que ya creía.
El principal sentido de la vida es conocerse a sí mismo, para saber que hemos venido a este mundo a aprender y a dar. Yo siento que he cumplido mi misión y que puedo entregarme a la muerte en paz.»

Así sea.

El lenguaje del masaje

Autora: Analía Martínez Martí – Terapeuta gestalt y corporal integrativa

El sentido del tacto es la madre de los sentidos, porque despunta antes que los demás en el embrión humano. A las ocho semanas, una caricia suave en el labio superior provoca movimientos de retracción del cuello y el tronco.

En esta fase, el embrión no posee ni ojos ni oídos, pero la piel, que es como un manto que nos envuelve por completo, ya está diferenciada. El más sensible de nuestros órganos limita nuestro yo, nos permite conectar con el entorno, y sin ella no podríamos vivir.

El ser humano está constituido por tres cualidades básicas: inteligencia, afectividad y energía. A la inteligencia pertenecen todos los procesos relacionados con el pensamiento, como analizar, comprender, intuir, observar y establecer relaciones entre las cosas. El foco de la afectividad nos conecta con la capacidad de sentir, con la empatía, la alegría, la compasión y, sobre todo, con la conciencia de la unidad de la vida. Los procesos relativos a la fuerza, la constancia, la seguridad, la vitalidad y la solidez y estabilidad corresponden al foco de la energía.

Estas cualidades constituyen un todo, una unidad, es decir: una estructura integrada por varias partes. Por lo tanto, cuando contactamos con otra persona se produce un proceso humano, en el que, más allá de lo físico, hay comunicación, intercambio e interacción.

El masaje es una forma estructurada de contacto, constituida por diferentes manipulaciones, donde cada una tiene una función diferente.

– Los hamacados aflojan y potencian la sensación de ser mecidos.

– Los estiramientos liberan, abren paso a la energía y nos hacen más conscientes de nuestras estructuras y de nuestra respiración.

– Los roces suaves, que se realizan al comienzo y al final del masaje, confortan y calman.

– Las vibraciones vivifican y excitan, lo mismo que las percusiones.

– Las fricciones calientan.

– Los amasamientos nos permiten explorar profundamente la musculatura.

– Las presiones descontracturan.

El masaje es una verdadera comunicación cuando se tienen en cuenta algunos factores básicos:

– la actitud del terapeuta en el momento de realizarlo,

– el ritmo, la intensidad y profundidad del contacto,

– el comienzo y la finalización.

La relación entre cliente y terapeuta se va cimentando poco a poco. Por eso, crear un ambiente donde la persona pueda regresar a su cuerpo es una labor de cuidado y amor.

Es muy importante la presencia del terapeuta en el aquí y ahora, conectado consigo mismo y atento a las necesidades del paciente. En cada momento debe discriminar qué es lo útil y qué, lo superfluo, qué hacer y qué evitar; lo cual implica entrega y conciencia de los propios límites.

Trabajar con una atención flotante, sin prisa y relajadamente, permite sentir la necesidad y dirigirse allí donde se encuentra, ya que una ayuda inoportuna no es verdadera ayuda. Al contrario, produce un retroceso del proceso y del vínculo.

La conciencia corporal aumenta poco a poco con el contacto y se hacen conscientes aspectos negados del sí mismo, pero presentes en el cuerpo en forma de tensión muscular defensiva; rigideces que limitan los movimientos; dolor y bloqueos físicos surgidos del miedo, que amortiguan tanto el sufrimiento como el placer.

Esas zonas desvitalizadas se vivifican y aparecen sensaciones y emociones como la tristeza, la rabia, el miedo… Acompañar en esos momentos, con palabras o sin ellas, pero con presencia, permite reconocer al otro sus dificultades y su potencial; y a la vez, nuestro potencial y nuestras dificultades, surgiendo así un vínculo de mutuo enriquecimiento.

En consecuencia, no hay una clase correcta de contacto a usar, porque tanto un toque leve como uno firme pueden ser útiles y uno no es mejor que otro. Todo depende del momento, del área corporal, de la tolerancia al dolor. Una manipulación fuerte puede ser intrusiva y dolorosa para algunas personas. Por eso, la intensidad y la profundidad del contacto han de ser progresivas y graduales, así como el ritmo debe ser constante y calmado. La separación será suave y lenta para que se puedan restablecer los límites de cada uno.

masaje analía

Mi inclinación por el masaje comenzó cuando en el año 90 viajé a Argentina para despedirme de mi padre, ya muy anciano y enfermo. Fue él quien marcó el camino regalándome un libro muy elemental de shiatsu.

Al regresar comencé a formarme en esa técnica, que me llevó a comprender el concepto taoísta del yin/yang: fuerzas opuestas pero interdependientes y complementarias, que están en  un estado constante de equilibrio dinámico, y de cuya interacción surge la energía. Son las dos caras de la misma moneda. Esto despertó en mí una forma diferente de ver la realidad, y nuevas inquietudes que me condujeron a  otras formas de masaje.

Con la experiencia, me di cuenta de que la técnica por sí sola no es suficiente, y que hay que integrar cuerpo, emociones, mente y espíritu. Así llegué a la gestalt y al TCI.

Actualmente, trasmitir mi experiencia me da alegría. Deseo sembrar la semilla del interés por el masaje, como herramienta eficaz para desarrollar la conciencia y la integración de la persona.

Vivitos y coleando

El equipo del Espai TCI

Autor: Oscar Fontrodona Terapeuta gestalt y corporal integrativo. Community Manager del Espai TCI

 

Aquí nos tienes, al equipo  del Espai TCI, recién llegados del stage consagrado a la Muerte (en la foto). Vivitos y coleando, comenzamos ciclo, una nueva etapa. Te abrimos, con la nueva web, la página del facebook, el canal YouTube y este blog que estás leyendo, la puerta a un espacio donde aprender juntos desde la perspectiva de la terapia corporal integrativa, TCI.

C de corporal

Mi cuerpo habla. Me dice, para empezar, cuáles son mis necesidades, las de verdad; no las que me han vendido y compré. A veces, son cosas que no quiero escuchar y que me cuesta aceptar. Y me dice cuándo no me estoy amando.

Soy cuerpo. Poder decir: “yo soy” ¿qué es, sino sentirme? Soy una experiencia corporal.

Todas las emociones son un movimiento somático, de tensión o de relajación, de apertura o contracción. Cada emoción habita, se siente y se expresa, en un lugar de mi cuerpo: la alegría, la pena… Como todos los niños de esta tribu tan moderna, yo también recibí la consigna inapelable de “controlarme” cuando lo que tocaba era expresar mi enfado. ¡Es inaceptable mostrarlo en público!, decían los adultos, que así lo creen. Se me acumuló la rabia reprimida en los maseteros; solo que de noche, en la oscuridad de los sueños, con el vigilante diurno durmiendo, me salía el enfado y me mordía y por las mañanas me despertaba sangrando y el dentista me recetó una férula… pero no hizo falta porque en la TCI me quité el bruxismo.

Mi cuerpo alberga mi memoria emocional, toda ella. Gracias a la TCI pude también recordar (y no con el coco) que de niño, vivía en el cuerpo. Hasta que un día “entendí” que aquella “desagradable” expresión de la rabia era inadecuada. Y la tristeza también. Y el miedo… Ya de adulto, tanto olvido y represión me pasaron factura. El precio de no permitirnos expresarnos, ni tan siquiera percibirnos, va de las contracturas y bloqueos segmentarios a las patologías más severas.

I de Integrativa

Pero bueno, ese camino ya te lo conoces: es el de la coraza muscular que tú y yo nos fabricamos como resultado de un error cultural: la disociación de cuerpo y mente. Me fragmento y por eso me cuesta vivirme como un todo. Claro que, si ni tan solo me puedo experimentar a mí como una unidad, ¿cómo voy a percibir o intuir siquiera la unidad del cosmos? El trabajo de un ser humano es olvidar para luego recuperar su esencia perdida, hacer luz de las sombras, y en la TCI pude vislumbrar que al espíritu se llega recuperando el cuerpo. Los cristianos hablan de la resurrección de la carne. Nosotros, en el stage de esta semana, hablábamos de muerte y renacimiento.

El Espai TCI es un lugar de formación y ayuda terapéutica. El espacio de una terapia “integrativa”, esto es, que tiene como fin nuestra integración, esa que fuimos perdiendo de frustración en frustración, en el traumático proceso de construcción de la coraza. Un día, cuando mi niño se resignó al fin a vivir en la mente, se imaginó con ella, como Pulgarcito, que las miguitas me permitirían regresar al hogar, ahí donde me sentía flotar en el río de la vida. Con la TCI descubrí que el camino de vuelta está en el cuerpo.

Bienvenido a este viaje.