Las tensiones del cuerpo

Autor: Gastón Arzuaga Terapeuta corporal integrativo, osteópata y profesor de Pilates

La tensión muscular se suele ver como algo externo a nosotros que nos afecta, nos incomoda, incluso a veces limitándonos en el movimiento. La tendencia es a resistirnos, luchar contra esa tensión y tratar de revertirla porque queremos encontrarnos bien, estar a gusto con nuestro cuerpo y no sentir dolores corporales. Nos solemos identificar más como seres mentales que habitamos en un cuerpo. Y aunque todos sabemos que el cuerpo es el templo, el contenedor de nuestra existencia, parece haber una disociación entre mente y cuerpo, identificándonos más como seres racionales.

En la adolescencia me encantaban los deportes y la actividad física y ya era consciente de mi rigidez en algunas zonas del cuerpo. Intentaba siempre hacer trabajos para flexibilizar la musculatura desde un enfoque puramente físico. Cuánto más tiempo le dedicaba a hacer estiramientos, a luchar contra esa tensión muscular, más altas eran mis expectativas de mejorar la flexibilidad y esto hacía más grande la frustración cuando veía que al cabo de dos días sin estirar volvía a perder lo conseguido. Ahora, viéndolo en perspectiva, había mucha exigencia y un cierto enfado hacia mi cuerpo por esta rigidez. Creyendo en esta disociación mente-cuerpo, yo me liberaba de toda responsabilidad.

Recuerdo que cada vez que tenía «tortícolis» coincidía con épocas de más nervios y estrés. Enseguida buscaba la manera más rápida de ponerme bien: relajantes musculares, masajes, ibuprofenos… Como si me olvidara de que el cuerpo en reposo, por sí solo, en un par de días volvería a su equilibrio. En cuanto yo me relajaba, mi cuello también.

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Sabía que el organismo del ser humano funciona como una unidad total, donde todos los sistemas trabajan en conjunto para mantener un equilibrio (homeostasis). Pero fue con el trabajo corporal que pude vivir, sentir y entender que, ante la herida psicoemocional, creamos una estructura corporal llamada coraza muscular. Esta coraza muscular que yo veía en forma de rigidez y molesta tensión no es otra cosa que la estructura defensiva que hemos generado ante esa herida para poder seguir adelante.

Comprendiendo la relación entre lo corporal, lo emocional y lo psicológico, ahora entiendo que poner todo el foco en lo físico sería tratar solamente el síntoma. Como intentar poner un parche temporal al problema. A partir de esto, intento percibir mi tensión corporal, tratarla como la voz del cuerpo, utilizar el síntoma como algo positivo que me da muchas pistas de lo que está sucediendo en estos tres planos. Una mirada más global me da la posibilidad de tomar conciencia de diferentes asuntos que están por resolver.

La escucha corporal no siempre me ha resultado fácil y a veces aun escuchándome no siempre puedo atender mis necesidades. En una época donde el tiempo escasea, donde queremos todo ya y donde la industria farmacéutica está en auge, es muy tentador cortar el síntoma, apagando la alarma que enciende el cuerpo y girar la mirada hacia otro lado y seguir pensando que estamos muy bien.

Contemplar la tensión como una alarma de que hay algo que necesito y no estoy atendiendo me lleva a acoger la tensión en lugar de rechazarla. Pasé de pelearme con el síntoma y exigirme a agradecerme a mí, como cuerpo, la posibilidad de esa toma de conciencia.

El lenguaje del masaje

Autora: Analía Martínez Martí – Terapeuta gestalt y corporal integrativa

El sentido del tacto es la madre de los sentidos, porque despunta antes que los demás en el embrión humano. A las ocho semanas, una caricia suave en el labio superior provoca movimientos de retracción del cuello y el tronco.

En esta fase, el embrión no posee ni ojos ni oídos, pero la piel, que es como un manto que nos envuelve por completo, ya está diferenciada. El más sensible de nuestros órganos limita nuestro yo, nos permite conectar con el entorno, y sin ella no podríamos vivir.

El ser humano está constituido por tres cualidades básicas: inteligencia, afectividad y energía. A la inteligencia pertenecen todos los procesos relacionados con el pensamiento, como analizar, comprender, intuir, observar y establecer relaciones entre las cosas. El foco de la afectividad nos conecta con la capacidad de sentir, con la empatía, la alegría, la compasión y, sobre todo, con la conciencia de la unidad de la vida. Los procesos relativos a la fuerza, la constancia, la seguridad, la vitalidad y la solidez y estabilidad corresponden al foco de la energía.

Estas cualidades constituyen un todo, una unidad, es decir: una estructura integrada por varias partes. Por lo tanto, cuando contactamos con otra persona se produce un proceso humano, en el que, más allá de lo físico, hay comunicación, intercambio e interacción.

El masaje es una forma estructurada de contacto, constituida por diferentes manipulaciones, donde cada una tiene una función diferente.

– Los hamacados aflojan y potencian la sensación de ser mecidos.

– Los estiramientos liberan, abren paso a la energía y nos hacen más conscientes de nuestras estructuras y de nuestra respiración.

– Los roces suaves, que se realizan al comienzo y al final del masaje, confortan y calman.

– Las vibraciones vivifican y excitan, lo mismo que las percusiones.

– Las fricciones calientan.

– Los amasamientos nos permiten explorar profundamente la musculatura.

– Las presiones descontracturan.

El masaje es una verdadera comunicación cuando se tienen en cuenta algunos factores básicos:

– la actitud del terapeuta en el momento de realizarlo,

– el ritmo, la intensidad y profundidad del contacto,

– el comienzo y la finalización.

La relación entre cliente y terapeuta se va cimentando poco a poco. Por eso, crear un ambiente donde la persona pueda regresar a su cuerpo es una labor de cuidado y amor.

Es muy importante la presencia del terapeuta en el aquí y ahora, conectado consigo mismo y atento a las necesidades del paciente. En cada momento debe discriminar qué es lo útil y qué, lo superfluo, qué hacer y qué evitar; lo cual implica entrega y conciencia de los propios límites.

Trabajar con una atención flotante, sin prisa y relajadamente, permite sentir la necesidad y dirigirse allí donde se encuentra, ya que una ayuda inoportuna no es verdadera ayuda. Al contrario, produce un retroceso del proceso y del vínculo.

La conciencia corporal aumenta poco a poco con el contacto y se hacen conscientes aspectos negados del sí mismo, pero presentes en el cuerpo en forma de tensión muscular defensiva; rigideces que limitan los movimientos; dolor y bloqueos físicos surgidos del miedo, que amortiguan tanto el sufrimiento como el placer.

Esas zonas desvitalizadas se vivifican y aparecen sensaciones y emociones como la tristeza, la rabia, el miedo… Acompañar en esos momentos, con palabras o sin ellas, pero con presencia, permite reconocer al otro sus dificultades y su potencial; y a la vez, nuestro potencial y nuestras dificultades, surgiendo así un vínculo de mutuo enriquecimiento.

En consecuencia, no hay una clase correcta de contacto a usar, porque tanto un toque leve como uno firme pueden ser útiles y uno no es mejor que otro. Todo depende del momento, del área corporal, de la tolerancia al dolor. Una manipulación fuerte puede ser intrusiva y dolorosa para algunas personas. Por eso, la intensidad y la profundidad del contacto han de ser progresivas y graduales, así como el ritmo debe ser constante y calmado. La separación será suave y lenta para que se puedan restablecer los límites de cada uno.

masaje analía

Mi inclinación por el masaje comenzó cuando en el año 90 viajé a Argentina para despedirme de mi padre, ya muy anciano y enfermo. Fue él quien marcó el camino regalándome un libro muy elemental de shiatsu.

Al regresar comencé a formarme en esa técnica, que me llevó a comprender el concepto taoísta del yin/yang: fuerzas opuestas pero interdependientes y complementarias, que están en  un estado constante de equilibrio dinámico, y de cuya interacción surge la energía. Son las dos caras de la misma moneda. Esto despertó en mí una forma diferente de ver la realidad, y nuevas inquietudes que me condujeron a  otras formas de masaje.

Con la experiencia, me di cuenta de que la técnica por sí sola no es suficiente, y que hay que integrar cuerpo, emociones, mente y espíritu. Así llegué a la gestalt y al TCI.

Actualmente, trasmitir mi experiencia me da alegría. Deseo sembrar la semilla del interés por el masaje, como herramienta eficaz para desarrollar la conciencia y la integración de la persona.

Teatro y expresión corporal: potencial y uso terapéutico

Autora: Ángela Corrales – Terapeuta corporal integrativa, psicóloga y actriz

Para mí no hay ninguna duda de que el proceso terapéutico es sinónimo de autoconocimiento, y es desde esta convicción que afirmo que mi proceso terapéutico comenzó en el Teatro, así, en letras mayúsculas. El Teatro fue el lugar y el espacio donde empecé a conocerme y amarme a mí misma, fue el punto que marcó un antes y un después en mi vida.

Cuando tenía trece años tuve una caída aparentemente muy tonta, una caída que pudo haberme supuesto quedarme en silla de ruedas para toda la vida. Afortunadamente no llegó a ser tan grave, médicamente hablando. Mi cuerpo mantuvo su funcionalidad práctica. Otra cosa fueron las consecuencias que aquello me trajo.

Por recomendación médica estuve exenta de todas las actividades gimnásticas escolares desde los trece a los dieciocho años. Lo único aconsejable para mi espalda era la natación, pero en mi pueblo no podía contar con aquello. Así que pasé toda mi adolescencia arrastrando mi cuerpo, sintiéndolo como un lastre, encerrada en mi mundo mental y apostando toda mi valía personal a los estudios, la lectura y la inteligencia. Todo mi yo era cabeza. Me sentía presa de un cuerpo que servía para poco más que molestar.

Con esta percepción de mí misma, fui a la Universidad a estudiar psicología. Quería seguir indagando en los misterios de la mente y el  alma humana, lo que pensaba que era la psicología entonces. Cuántas sorpresas me quedaban por descubrir…

El Teatro apareció por casualidad, en un grupito amateur universitario; y casi sin darme cuenta, fui entrando en un mundo apasionante que dirigiría mi vida desde entonces.

De todas las facetas del Teatro, la que más me deslumbró, con diferencia, fue la expresión corporal. De repente me encontré con mi cuerpo: ese conjunto de manos, pies y extremidades en el que me sentía encerrada desde hacía años empezaba a tener sentido. De repente podía comunicarme con el mundo más allá de mi mente y las palabras. De repente comencé a valorar algo de mí misma que antes condenaba. De repente comencé a mirarme entera y a amarme.

La expresión corporal me dio la oportunidad de moverme de una manera propia, sin la presión de los objetivos académicos que habían supuesto siempre las clases de gimnasia. Aprendí a identificar las diferentes partes de mí como lo hace un niño, reconciliándome con cada articulación y hueso de mi cuerpo, explorando las diferentes posibilidades que ofrecían. Encontré la manera de moverme y relacionarme con mi cuerpo desde mis capacidades reales y desde mis limitaciones.

Notaba perfectamente cuándo llegaba a mi límite por las tensiones musculares que había aprendido a identificar en ciertos movimientos y gestos. En principio yo lo achacaba a las lesiones que ya sabía que tenía desde que me caí. No le daba más vueltas, pero poco a poco fui dándome cuenta de que aquella tensión se debía a algo más que a la lesión: había miedo, inseguridad y toda una serie de emociones que me bloqueaban cuando intentaba llegar un poco más allá de lo que mi cuerpo —y mi cabeza— conocían. Lo que realmente “provocaba” mis nudos musculares era mi mente y mi emoción, no mi cuerpo. Y la clave que me ayudó a traspasar estos miedos fue la parte interpretativa del Teatro.

El Teatro, como cualquier otro arte, tiene un potencial terapéutico en sí mismo: ayuda a la expresión de contenidos emocionales y potencia el pensamiento creativo.

  • En el aspecto expresivo, es una vía para manifestar cualquier emoción (consciente o inconsciente). Permite experimentar el amor, la rabia, el dolor, la tristeza, la alegría… a través del juego, la imaginación, la metáfora, los personajes. Tener un espacio para dejar salir todas estas emociones sin juicios ni presiones del entorno inmediato es de por sí liberador.
  • En el aspecto creativo, activa el hemisferio derecho del cerebro humano, lo que significa una puerta de acceso directo a las emociones y al pensamiento divergente, que es con el que generamos nuevas posibilidades, diferentes alternativas a una situación conocida. Este es, de algún modo, el objetivo de toda terapia: salir de los patrones establecidos y aprender nuevos recursos y habilidades.

Además de estos puntos en común, el Teatro tiene unas particularidades que le hacen ser un gran instrumento a nivel terapéutico:

  • Permite tener una experiencia directa de la situación. A diferencia de otras artes (como por ejemplo la pintura), el Teatro no se ciñe a la creación material, sino que se manifiesta a través de la vivencia del actor, en su propio cuerpo. El tránsito por las emociones que se representan en las escenas queda grabado en la propia persona, en su memoria episódica y celular. No se limita a plasmar una imagen mental, sino que se acciona, se experimenta, se encarna. Es una experiencia global que se vive en primera persona.
  • Permite ir a cualquier lugar en el espacio-tiempo: se puede recrear el pasado, recuperando los momentos que pueden estar afectándonos hoy en día y mirarlos desde una nueva perspectiva; proyectar hacia el futuro, dándonos permiso para generar cualquier sueño u objetivo personal que deseemos alcanzar. Se puede trabajar con escenarios reales, imaginarios, ficticios… Cualquier planteamiento es válido, cualquier posibilidad es bienvenida. Es un laboratorio donde poder experimentar y vivenciar todas las probabilidades, incluso las más lejanas, ilógicas o imposibles. Sin límites.
  • El juego de personajes y escenificaciones permite refugiarse en un “como si” donde no se arriesga la propia imagen o historia personal. El hecho de interpretar a un criminal, un payaso, un monje o un seductor abre las puertas a partes de nosotros mismos con las que no nos identificamos a priori, pero con las que nos permitimos experimentar si entramos en la ficción del “como si”, llegando a explorar la luz y la sombra de aquellos personajes internos que no siempre estamos dispuestos a mostrar. Nos pone frente a diferentes espejos.

Gracias a todos estos aspectos, pude traspasar barreras mentales y emocionales que se habían enganchado a mi cuerpo y me bloqueaban a nivel artístico y personal. Más que a interpretar escenas de cara al público, el Teatro me enseñó a generar nuevas vivencias, nuevos registros emocionales y corporales, nuevas posibilidades más allá de la cotidianeidad. Me enseñó a ser más consciente de mí misma y a respetar todas las partes de mi ser, con sus polaridades. Me enseñó a aceptarme y a amarme por lo que soy.

Dejándome llevar. Una experiencia de liberación a través del cuerpo

 Autor: Jaume Calafat – Terapeuta corporal integrativo

Hoy me siento inquieto, mi cabeza es un torbellino de pensamientos y no deja espacio para nada más, siento tensiones en mi cuerpo y mi respiración es muy corta. La verdad es que tengo ganas de salir corriendo de este estado. Ante esta situación normalmente buscaría una distracción: comer, mirar el ordenador, el teléfono. Pero hoy decido quedarme conmigo. Decido sumergir-me dentro de mi cuerpo.

Empiezo a desbloquear mi cuerpo por segmentos. Prestando mucha atención a sus límites. Poco a poco, empiezo a notar sensaciones, mi cuerpo se está activando con la energía que estoy moviendo. Mi cabeza se está serenando y la sensibilidad va aumentando. Me paro, estoy en arraigo, dejo mi cabeza, sólo observo y vivo mi cuerpo, intento poner toda mi atención en la sensación interna que percibo. Siento que un sutil movimiento interno empieza, me dejo ir con él, me lleva a inclinarme completamente hacia delante y sobre mi lado derecho.

Mi cabeza pregunta: “¿Qué es esto?”.  No importa saber, sólo quiero vivirlo, me dejo estar aquí. Centrado en la experiencia siento algo muy sutil, me centro en ello, me va invadiendo el pecho y me cambia la respiración, mi diafragma vibra. Lo reconozco: es tristeza, estoy con ella, lloro. Mi cabeza pregunta: “¿Por qué estoy triste?” No importa, simplemente la acepto. Poco a poco va perdiendo intensidad, desaparece.

Mi cuerpo pide incorporarse y lo sigo a su ritmo, me siento tranquilo, sereno, lo vivo, me dejo estar en ello. Mi cabeza quiere moverse, la acompaño a su ritmo, se va hacia atrás y me quedo mirando el techo, me quedo quieto, observo, siento una vibración en mi vientre, un calor sube rápido hacia mi garganta y cuando me doy cuenta estoy gritando. “Aaaaaah…”. Y  mientras grito lo veo, me doy cuenta de con quién estoy enfadado. ¡Ahora lo entiendo! Necesito poner límites a mi madre.

Algo interno se libera, me siento todo el canal interno abierto, estoy tranquilo, me quedo relajado. Desde este bien estar, conecto con la alegría, con lo creativo, me muevo desde ahí, tengo ganas de dejarme llevar y a la vez siento miedo a perder el control. Me lo permito, traspaso el miedo y ahora siento que rompo mis esquemas, mis rigideces. Me muevo explorando el espacio desde otro punto de vista más fluido, más receptivo, aceptando muchas más posibilidades. Desde esta exploración sale un movimiento muy concreto, conecto con mi sabiduría interna, me sale cuidarme, abrazarme, quererme a mí mismo. Me acuno, me acaricio, me respeto, me valido.

Mi experiencia de hoy acaba aquí, habiendo aceptado y caminando por la tristeza, la rabia, el miedo y la alegría. Ahora estoy con una actitud más receptiva y abierta a la vida.

Siento que mi cuerpo es mucho más que un vehículo que acompaña a mi cabeza. Cada día me sorprendo más con las vivencias pasadas que rescato y libero a través de él.

Una vez digerida la experiencia, al día siguiente me salen una serie de palabras clave: gestión de emociones, confianza, elección, interpretar, y unas reflexiones al respecto:

Las emociones nos dan información sobre cómo estamos internamente, ayudándonos a contactar con nuestra necesidad. Hay emociones que nos son fáciles de gestionar. Otras nos resultan más complicadas, y esto se debe a que en el entorno en que he crecido, eran emociones no aceptadas y las he reprimido o no he tenido espacio suficiente para aprender a gestionarlas. Con mi terapeuta, aprendo a hacerlo, él me enseña a caminar, a transitar mis emociones, así yo voy cogiendo práctica y, al estar seguro, podré caminar por mí mismo las situaciones que la vida me traiga. Este es el camino que hacemos en la terapia: el paso del apoyo terapéutico al autoapoyo.

A medida que avanzamos en la terapia, nuestra experiencia aumenta y vamos desarrollando la confianza en estar en contacto conmigo, esté como esté. Las vivencias internas cada vez me asustan menos. Si me permito aceptar la emoción y entrar en ella, veo cómo poco a poco puedo transitarla, y a la vez conecto con la necesidad que hay debajo. Con el tiempo, estos tránsitos se dan más rápido, posibilitando que cada vez recobre mi centro con mayor facilidad, permitiéndome una actitud más disponible y receptiva para la vida. Desde este punto, entiendo que lo que me genera sufrimiento es el hecho de no aceptar lo que siento. Se genera en este caso todo un mecanismo para reprimir la emoción, que rápidamente se traduce en tensiones a nivel corporal, provocando una pérdida de energía vital y de bienestar.

La elección es dar importancia y protagonismo a lo que es importante para mí. En la elección, paso de un infinito de posibilidades a construir mi realidad. En este caso decido estar presente, yo quiero presencia en mi vida y a la vez quiero ponerme delante de las dificultades que me surgen; para mí, la única manera de solucionarlas. Como ejemplo, si tengo una inundación en casa, no la voy a solucionar tomándome un tranquilizante y yendo a la cama, aunque esto pueda darme tranquilidad.

En la terapia es muy importante dejar de interpretar qué me pasa y entregarme plenamente a la experiencia. Cuando dejo a un lado lo que pienso, voy ganando en presencia, en entrega y entro con más profundidad en la experiencia, esto me lleva a una comprensión más directa y genuina sobre lo que vivo, sobre mi necesidad, sobre lo que me duele, sobre lo que me gusta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cuerpo en el proceso de la terapia y de la vida

Autor: Miguel Ángel Tena – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

En psicoterapia, si no hay presencia de cuerpo, tampoco hay proceso de transformación real. Y como ser terapeuta, desde mi punto de vista, es lo mismo que ser persona, puedo hacer esta afirmación extensiva a la vida misma.

Así pues, si vivo mucho en mis pensamientos, o emociones y no hago partícipe al cuerpo, o bien están desbocados o mi cuerpo sirve simplemente como medio de transporte:,tampoco hay presencia real en la vida.

Explorando la otra polaridad de esta afirmación: Si estoy en mi cuerpo sólo a través del “…con mi cuerpo hago”, estando desconectado de mi pensar y mi sentir, tampoco estoy siendo consciente de él y lo uso como mera herramienta.

Recuerdo una de mis primeras sesiones de terapia, cuando la terapeuta me preguntó, refiriéndose a mi cuerpo: “¿Cómo te sientes ahora?”.

En aquel entonces no entendí ni la pregunta.

Mi cerebro tradujo interpretando hacia lo primero que le sonaba: “¿Cómo te sientas ahora?”. Extrañado, me moví en el zafu y sólo atiné a preguntar: “¿Qué sucede? ¿Me estoy sentando incorrectamente?”.

Ni siquiera me había planteado que el cuerpo pudiera servir para algo más que para transportar mi cerebro de un lado a otro. Yo era un cerebro con algo pegado por debajo del cuello llamado… “cuerpo”.

El cuerpo es depositario y contenedor de nuestra historia de vida; de tensiones, placeres, abusos. Ha ido moldeándose en una coraza caracterial simultáneamente a lo que conocemos como carácter. Uno es reflejo inequívoco de la otra y se crean simultáneamente.

Como ejemplo de esta coraza caracterial, pensemos en alguien que haya oído siempre en su casa de muy pequeño, o simplemente le haya quedado la sensación, aunque jamás se haya explicitado, que “sonreír es más agradable para los demás que estar serio” o que “la vida me irá mejor si sonrío”. Probablemente, el segmento oral de esa persona tendrá la impronta de una sonrisa habitual. Incluso en momentos en que no sea necesaria, o pueda dar una información no real de lo que le está sucediendo: por ejemplo, estar triste interiormente y sonreír al exterior.

Otro ejemplo podría ser un rostro inmutable mientras hay dolor interno.

El cuerpo es la pantalla que mostramos al mundo que nos mira y que miramos. Y si en nuestro ego interno podemos hablar de sombra o partes que no permitimos que los demás vean, con nuestro cuerpo sucede igual.

En el cuerpo habitan las contracciones musculares que inhiben la expresión de las emociones que, según nuestro patrón familiar, hemos “aprendido” a reprimir, contener, según lo “desaprobadas” que hayan estado en el entorno en el que hemos nacido y crecido.

Varían según el carácter de cada uno de nosotros y básicamente dependen de dos factores: del tipo de “agresión” que hemos sufrido de pequeños y de su intensidad. Las agredidas son las partes a las que renunciado de nosotros, de nuestra expresión, de nuestro sentir, para ser aceptados en nuestro sistema familiar, primero, y luego, social.

Desde la terapia corporal integrativa decimos: “Lo que no se expresa se imprime”. ¿Qué quiere decir esto? Un ejemplo lo ilustrará. Si de pequeño en mi casa no se ha permitido la expresión de la rabia (porque probablemente mis padres tampoco se la permitían y naturalmente, lo traspasan a sus hijos), poco a poco el niño irá aprendiendo a contener, a camuflar, a enmascarar, a  reprimir…

En suma, el niño desarrollará una estrategia para que aquello que siente que no va a ser aceptado por sus padres no salga. Cuando note rabia tal vez contraerá la musculatura, apretará los dientes, saldrá a correr o se aislará en su cuarto hasta que se pase… En ningún caso, como vemos, se corresponde la emoción que siente con lo que el cuerpo aparentemente expresa.

Si esto pasa unas pocas veces, puntualmente, no hay repercusión. Sin embargo, dado que aprendemos por repetición, si jamás puedo expresar la rabia, quedará impresa en el cuerpo, en la musculatura. Y perderemos el recurso de disponer de ella, ya que la energía la tendremos ocupada en contener esa rabia que está “tan mal vista”.

Y así es como vamos perdiendo energía mientras contenemos todas las cosas que nos duelen y no nos damos (dieron) permiso para expresar. Cada bloqueo en un segmento muscular expresa algún tipo de tensión: algún tipo de emoción específica prohibida…Todas en el cuerpo.

Así es como llegamos a enfermar. El síntoma corporal es un aviso, una señal de que algo no anda bien, de que no estamos atendiendo  tal o cual cosa. Ahora bien, la patología convencional, en esta era de superespecialización, ha acercado tanto el microscopio que no puede ver el marco global. El árbol no permite ver el bosque.

En nuestra cultura, tenemos quién más, quién menos la idea que el cuerpo nos va a responder siempre igual de bien, de que “yo hago con mi cuerpo lo que me da la gana”… y demás ideas locas, como llamamos en terapia a estas creencias dañinas. Todo lo que va, vuelve… y un trato sano o insano a nuestro cuerpo no es ninguna excepción.

Despertar la mujer que eres

Autora: Aina Cortès – Terapeuta corporal integrativa

“Los seres humanos no nacen para siempre

el día que sus madres los alumbran,

 sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.”

Gabriel García Márquez

A medida que me sumerjo en conocerme como mujer, observo cómo más allá de todo lo que he ido aprendiendo, indagando, tomando consciencia y reparando en terapia sobre el carácter, la neurosis, la coraza… ocurre algo igual de profundo y condicionante que es el hecho de ser mujer en una sociedad enmarcada por el sistema patriarcal. En el proceso no me dejo de sorprender, conmover y apasionar.

Me voy dando cuenta de que una importante parte de mi dolor está relacionada con el lastre cultural que de manera inconsciente conllevo y tengo incorporado por el solo hecho de haber nacido mujer; cómo en mi herencia genética y cultural está impresa la historia contada y la no contada. De repente, poner luz a esta dimensión de mí que ha permanecido en la sombra durante toda mi vida está siendo revelador. Por un lado voy tomando consciencia de los corsés que me constriñen y por otro, estoy volviendo a conectar y reconocer la gran sabiduría, potencial y placer que alberga mi naturaleza.

Me pregunto cómo hubiera sido mi vida si mi familia, la escuela, el medio envolvente en que me crié y desarrollé, me hubiera invitado a seguir mi instinto de curiosear y experimentar con mi cuerpo, me hubiera transmitido que este es perfecto tal como es y no le falta nada, que precisamente es el que me indica lo que me hace bien y lo que no, que funciona en una unidad con mi mente, que las emociones e instintos son bienvenidos, que el placer es fuente de salud, que mi útero y mi vagina son lugares sagrados a cuidar y respetar, que no me hace falta negarme para ser amada, que puedo decir “no” y poner límites, que el sexo va muchísimo más allá del coito, que es liberador hablar de lo que me pasa y preguntar las dudas que tengo, que soy distinta del hombre pero no inferior, que mi cuerpo es cíclico como la naturaleza y cada fase tiene un gran potencial que es un regalo para mí y el mundo, que yo no tengo que satisfacer a nadie sino estar conectada conmigo misma y desde ahí compartirme y disfrutar con otra persona, que estar con otras mujeres no implica competir ni compararme sino aprender, nutrirme, crecer, amar y sanar.

Cómo hubiera sido mi vida si en vez de vivir mi sexualidad de mujer bajo el yugo de la ocultación y el pecado, hubiera compartido y celebrado mi primera menstruación, hubiera sido natural hablar del vínculo sexual y experimentarlo abiertamente conmigo misma y con otras personas. Si me hubieran contado todo lo que puede llegar a experimentar mi cuerpo, me hubieran acompañado en el tránsito de dejar de ser niña y pasar a ser joven y luego, mujer adulta.

Cómo hubiera sido sin la represión sexual que el patriarcado ejerce tanto en mujeres como en hombres sobre el cuerpo, el alma y la psique. Seguramente sería mucho más libre, espontánea, equilibrada; tendría herramientas para gestionar mi salud mental, emocional, física y espiritual. Sería capaz de escuchar mi cuerpo, mi necesidad, mi verdad. Me relacionaría sin tabús, expresando con naturalidad mi sexualidad y mi esencia. Probablemente viviría conectada al deseo, al placer, a la ternura, al cuidado, a la vida y podría ofrecer lo mismo al mundo.

 

Me alegra saber que no me lamento por lo que podría haber sido, porque sé que tengo la capacidad, a partir de aquí y ahora, de que esto sea posible. No niego que mis heridas están, mi estructura caracterial está, mi inconsciente programado de creencias limitantes también está y la sociedad sigue presionando para mantener el orden establecido. Pero mi cuerpo no ha olvidado lo que centenares de generaciones anteriores fue. Algo va cambiando en mi interior cada día con más fuerza a medida que me conozco como mujer. A medida que muevo y conecto con mi útero, a medida que conozco y siento mi cuerpo, a medida que redefino mi feminidad, a medida que observo cómo me transformo toda yo en cada fase del ciclo menstrual, a medida que expreso y comunico lo que necesito y deseo, a medida que comparto con mujeres incondicionalmente dispuestas a contarme sus experiencias, a medida que me permito sentir placer, a medida que conozco los arquetipos que me habitan, a medida que leo y comprendo la historia que me precede, a medida que renazco a mi esencia, a medida que afirmo que SOY MUJER,habito mi cuerpo, lo celebro y me responsabilizo de ello.

Este artículo, más allá de una reflexión, pretende ser una invitación, incluso una provocación para que tú también DESPIERTES A LA MUJER QUE ERES. Si algo de lo que comparto te suena y/o tu cuerpo te manda alguna señal, ya sea de excitación o de dolor, quizá sea un buen momento para aventurarte. Es mi deseo como mujer y terapeuta, compartir y acompañar a otras en este maravilloso camino.

La Dra. Christiane Northroup dice que “el proceso de sanación pasa por afirmar que somos seres preciosos y amables (dignas de ser amadas) permitiéndonos al mismo tiempo sentir el viejo dolor no sanado”. Creo que conocernos y sanarnos como mujeres no solo significa un regalo para nosotras mismas sino para las próximas generaciones y para los hombres que nos acompañan.  

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Aina Cortès inicia próximamente “Cicles COSdeDONA” en el Espai TCI de Barcelona, en el que ofrecerà talleres teórico-prácticos y vivenciales para mujeres. Un espacio acogedor para reencontrarse con el cuerpo trabajando la conexión y recuperación del útero, conociendo el potencial que alberga el ciclo menstrual y recuperando el Placer. Herramientas de TCI, gestalt, Creatividad y otras fuentes permitirán ir ablandando la coraza patriarcalizada, reprogramar el sistema de creencias que nos limita y dar a luz a nuestra verdadera naturaleza y esencia.

Pròximamente más información consultando la web del Espai TCI: www.espaitci.com

o escribir a: aina.cortes@yahoo.es