La alegría

Autor: Montse Coll i Avellana – Médico, psicoterapeuta gestalt y corporal integrativa

Quiero hablar de la alegría siguiendo un impulso muy claro que sentí al plantearme sobre qué quería escribir. Decido seguirlo fielmente, siendo consciente de que me representa una cierta dificultad. Lo encaro como un tema difícil, al menos para mí. No tengo duda de que tal impulso responde a una necesidad propia en este momento, y me permito hacerla extensible a muchas otras personas. Quiero señalar que no me lo propongo como un reto, sino más bien como una reflexión e incluso como una invocación. Como una llamada a las memorias olvidadas y a las alegrías escondidas o aletargadas.

La definición dice: «Sentimiento de placer producido normalmente por un suceso favorable que suele manifestarse con un buen estado de ánimo, la satisfacción y la tendencia a la risa o la sonrisa». Parece, tal como está expresado, que fuera un estado secundario a un hecho concreto; no se refiere a la alegría como una emoción más profunda o, al menos, vinculada a una conciencia o a una actitud ante la vida.

Buscando qué dicen algunos maestros, sí que voy viendo que hablan de la alegría en un sentido más profundo. Dicen que nace de la Paz Interior. Hablan de Amor, Corazón y del Dar como el camino hacia la alegría.

alegría

La alegría, como una emoción expansiva y que genera calor, que nace del contacto con los demás y lo facilita, se acompaña de una sensación de estar vivo, no eufórico, y dibuja una sonrisa en el rostro y en el corazón.

Parece, pues, que el trabajo con el Ego es muy necesario para acercarnos a ese estado. En el proceso terapéutico, habitualmente abordamos la conciencia del Ego y observamos cuál es su peso, su densidad y el grandioso lugar que ocupa, desgastando nuestra capacidad y energía vital. La alegría, como la sonrisa, que es su manifestación por excelencia, son experiencias «antigravitatorias»: elevamos los labios y las facciones del rostro, subimos los brazos, y las sensaciones corporales tienden a elevarnos, evocando movimiento, contacto y trascendencia.

Pienso que cuanta menos densidad y carga tenemos de nuestra «importancia personal», más cercanos nos sentimos y más iguales nos percibimos unos a otros. Nuestra confianza aumenta y nuestro miedo disminuye, naciendo en nuestro corazón una alegría genuina y espontánea que, más allá de nuestras células, transmitiremos también a nuestro entorno.

En los últimos tiempos he creado un lugar simbólico en la consulta con ese propósito: dignificar la alegría. La tengo presente como un lucero que me ayuda a orientar el rumbo. Siento que es necesario que nos abramos a la alegría de ser, de vivir, de compartir, y no deberíamos conformarnos con menos.

El filósofo francés André Compte-Sponville, en su libro La felicidad, desesperadamente, hace referencia a la actitud gestáltica de aquí y ahora como la clave para la aceptación de nuestra realidad. Él, que se ha declarado agnóstico, nos habla de las polaridades, de la necesidad de poder vivir el dolor y la tristeza como camino para la aceptación y acercarnos así a una posible felicidad.

Centrados en nuestro presente, disfrutando de todo lo que tenemos, de todo lo que somos y lo que sabemos, conscientes de lo que está en nuestras manos y de cuál es nuestro verdadero potencial, conocedores de nuestra propia realidad y naturaleza, encontraremos en nuestro corazón el estado de contentamiento que nos llenará de felicidad, dejando así de albergar falsas esperanzas, con las que ponemos el anhelo de satisfacción y de alegría fuera de nosotros y lejos de nuestro alcance.

En ocasiones es la tristeza la que puede abrirnos el corazón; y a veces, aun estando tristes podemos sentir en un plano más profundo la alegría de percibirnos conectados a nuestro mundo emocional, la alegría de sentirnos vivos. Incluso en una pérdida, en el fondo de un dolor, reside la gratitud de lo vivido. Necesitamos reconocernos en la vida y experimentar el agradecimiento en nuestro corazón para acercarnos al sentimiento de alegría.

Hay un dicho que dice: «Se ríe como un tonto», o «como un niño», y no queremos ni ser tontos, ni infantiles… Y he observado que la mayoría de lamas y el mismo Dalai Lama se ríen muchísimo, fácilmente, y a veces de cosas y comentarios muy simples. Me sorprende la facilidad que tienen para reírse. Y no creo que nadie se atreva a pensar que son tontos… Los sabios son los que más ríen. En fin, los humanos somos la única especie que tenemos la capacidad de reírnos, a diferencia de los animales. Aprovechemos ese potencial.

niño bebé

El bebé, al poco tiempo de nacer ya esboza sonrisas sin más, provocando alegría en los adultos. Es un reflejo muscular que se observa cuando el bebé está muy tranquilo, en paz y en contacto consigo mismo. Tenemos más de treinta músculos faciales para reírnos, seguramente poco utilizados para reírnos de verdad y no defensivamente. Solo la risa verdadera desencadena la cascada hormonal, segregando las sustancias del bienestar que contribuyen de manera muy favorable en nuestra salud. Por lo tanto, a nivel corporal, aparte de trabajar nuestros bloqueos y corazas, acordémonos de sonreír como un auténtico abordaje desde el cuerpo.

Yo a menudo, cuando necesito algo, o también trabajando con clientes, y no tengo registro de referencias, las busco en la naturaleza: todo está de alguna manera representado en ella y a mí me sirve como inspiración, integrando la experiencia tomando conciencia en el cuerpo.

El griterío de los pájaros a primera hora de la mañana, los cantos del amanecer resultan auténticos catalizadores para mí, me despiertan alegría.

En más de una ocasión he recomendado a clientes ir a un parque donde jueguen niños para despertar el sentido de juego, la espontaneidad, la alegría y el contacto. En este caso tomo al niño como parte de la naturaleza, para refrescar nuestras memorias emocionales y nuestra capacidad de sorprendernos y de reírnos. Si observamos realmente abiertos de corazón y atentos, algo nos pasa. Algún día fuimos alegres y vivos, no estuvimos solos. Deberíamos evitar la torpeza de aplastar la alegría natural de los niños.

alegría familia con globos

Goethe dice: «La Alegría y el Amor son las dos alas para las grandes empresas».

A. Jodorowsky sostiene: «Sabes que estás en el camino correcto cuando a cada paso sientes la alegría de vivir».

Thich Nhat Hanh afirma: «Si en el amor no hay alegría no se trata de verdadero amor».

Trabajemos pues en el Amor para no confundirnos y, aparte de algunas lágrimas, regalémonos sonrisas.

El día que conocí a Antonio Pacheco

Autor: Oscar Fontrodona – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

Este lunes 16 de mayo, la Sala Bruc del Espai TCI se llenó para despedir a Antonio Pacheco, el creador de la terapia corporal integrativa, fallecido en Vitoria a los 68 años, lúcido y rodeado de seres queridos, tras una larga dolencia.

Familiares de Antonio, terapeutas, ayudantes, alumnos… pudimos expresar en este homenaje barcelonés la gratitud por todo lo que hemos recibido de él. Su hijo Igor leyó una de las poesías de Antonio, Oración a Dios, hicimos una meditación para ayudarle en el tránsito y le lloramos ante un vídeo con imágenes de su vida.

Fue una ocasión para el reencuentro de compañeros de viaje que nos habíamos perdido la pista. Fieles al espíritu dionisíaco de Antonio, cerramos animadamente con un opíparo picoteo de productos vasconavarros, salpicado de tantas anécdotas e historias que contar.

Carismático y genial formador de terapeutas, Antonio fue mi maestro en los SAT y en el TCI, esa formación tan vivencial que se trajo de Vitoria a Barcelona hace ya tres lustros, y que llevó hasta las tierras mayas de Chiapas.

Antonio Pacheco en Chiapas

Antonio Pacheco en Chiapas

Su muerte me sorprende con uno de sus libros entre las manos, Ego, esencia y transformación. Ahí resume la filosofía de la TCI, donde la I de «integrativa» responde a las inteligencias múltiples (de la música al cuerpo, pasando por la reflexión filosófica…) de Antonio, un ser dotado para aunar técnicas de lo más variopinto.

Subrayar sus palabras me devuelve al día en que Toni Aguilar me llevó hasta él, a una masía de La Garrotxa donde Antonio iba a impartir un primer stage de TCI sobre «el ego» y me invitaban a probar la medicina. Me invade la gratitud al recordar aquel privilegio. Ante el portón de La Comademont, me recibió la sonrisa bondadosa de Antonio y cuando me quise dar cuenta cuenta ya había traspasado el umbral de un camino sin vuelta atrás.

Antonio Pacheco en La Comademont

Antonio Pacheco en La Comademont

Vaya si me enteré aquel fin de semana de qué iba el ego. Cuando llegó el momento de pasearlo, de mostrarle a aquel grupo (al mundo) mi locura, escrita en una cuartilla mal pegada con celo al pecho, hube de vérmelas con mi dolor y mi vergüenza, y con mi presteza para desconectar de mi dolor y mi vergüenza. Tras aquel rito iniciático, Antonio me recogió, señalándome un camino: «recuperar la alegría de vivir, que es lo que trajiste como niño al nacer», y un método: «si el ego se forma en relaciones enfermas, en relaciones sanas se sana». Quería volver a aquel lugar y tomé la decisión de hacer el TCI.

Antonio fue un maestro muy cercano, que siempre se alegraba de verme, de sonrisas y abrazos recios que calentaban el corazón. Alguien con quien podías contar, disponible a todas horas. Mientras iba reencontrándome en mi grupo de TCI con las emociones perdidas, en los trabajos de repente tenía la sensación de que hablaba para mí. Formaba parte de la magia que estaba viviendo. Sentía que él me conocía. Me he sentido muy reconocido por Antonio. Me miró con benevolencia, más allá de mis personajes internos y mis neuras. Es una experiencia compartida, me consta, por muchos compañeros de viaje. Esa mirada fue sanadora y un aliento para seguir.

Qué gran regalo sentirme aceptado tal como era. Un día, en un taller, nos preguntó qué queríamos ser. Sentía que los demás sí lo tenían claro, y ahora qué digo y se acaba la rueda y ya no puedo esconderme más. «Siento que siempre he ido a la deriva», confesé al fin, muerto de vergüenza. «¿Pues sabes, Oscar —sonrió—, que no es mala manera de ir por la vida?».

Antonio era paternal y yo tenía todos los números para hacer con él transferencia paterna. «De niño —explicó aquel día que le conocí—, no eres aceptado como eres. Queda un fondo de gran soledad. Hasta que sientes que puedes ser aceptado como eres por un ser humano. Necesitas encontrar al menos una persona que te reconozca como ser humano». Más tarde, en el trabajo de los SAT, tuve ocasión de reparar a través de él el maltrecho vínculo con mi padre, y tengo para mí que gracias a esa limpieza pude ser padre yo también.

El vínculo que establecí con Antonio me ayudó a sentir mi pertenencia a lo masculino, a restablecer mi vínculo con el hombre. Aún me inspira su arriesgar, su ir a por lo que quieres, la determinación para atravesar los obstáculos que se interponen en el camino de tu deseo. Un bregador, era Antonio. Su propuesta era atreverse a ser y —dijo aquel día en la Coma— «recuperar la capacidad de fluir en libertad… desde un contacto esencial: no querer el placer del otro, la alegría del otro, es una traición al otro».

Tan vital… Las cenas con él llevaban al alba ¡y al día siguiente tocaba madrugar!, y no eran veganas. Se te contagiaba aquel hedonismo tan de Antonio, un sacarle el jugo a lo bueno de esta vida, mitad estarse en el disfrute y mitad en la curiosidad.

Porque Antonio era corazón pero lo que a mí me admiraba más de él era la fuerza. Se me antojaba imponente. Un día nos dijo haber pesado casi seis kilos al nacer, en Valencia. Esa gran energía le ayudaba a mover grupos grandes como yo no he vuelto a ver. Su capacidad de trabajo era legendaria. Y una palabra clave de su pensamiento, que está por reivindicar, es «impulso».

Me acostumbré a su entrega, a aquel darse. Los talleres de Antonio sabías cuándo empezaban (un pelín tarde) pero no cuándo iban a terminar; podía ser las ocho como a las once; imposible quedar para después. Daba mucho, y se nutría de sus alumnos, claro. Nos hacía partícipes de sus últimas lecturas y descubrimientos, que él integraba mientras se los escuchaba decir.

Tenía el don y el gusto de la palabra. Era el suyo un lenguaje claro, entreverado de humor políticamente incorrecto. En aquellas charlas y trabajos con él me fue calando, gota a gota, ese «humanismo transpersonal» que luego he reencontrado en nuevos viajes y que me ayuda a orientarme en los oficios de vivir y del acompañar terapéutico.

Tenía pasión por transmitir conocimiento y enseñanzas; para mí que siempre conservó algo del maestro de primaria que fue en su juventud («comparado con la educación, lo demás es trivial», sentenció el día que lo conocí). No es extraño que creara La Llave, editorial imprescindible que da a conocer en España maestros de la psicoterapia y la tradición, como el clarividente Baba Om Tom Heckel, que estuvo a su lado en el último suspiro.

La música, una de sus pasiones

La música, una de sus pasiones

Yo le he visto ponerse bravo; él, que tuvo cargo político en el País Vasco de los años de plomo, no le hacía remilgos a los broncos juegos de poder. Y a la hora de negociar los dineros, sacaba al jugador de póker profesional que había sido; para hacer gala después de una generosidad desprendida.

Como dicen que pasa con todos los buscadores, Antonio vivió también su noche oscura, cuando la vida le atizó un par de golpes, en especial el abrupto desplazamiento del SAT, el proyecto de Claudio Naranjo que impulsó durante veinte años de su vida. Me alegro de que al final se haya reconciliado con Claudio.

Antonio se despide de nosotros con estas palabras:

«No llores en mi tumba, no te aflijas, recuerda que me enfrenté a la muerte con conciencia y que me fue concedido el tiempo necesario para despedirme y reconciliarme con la vida con dignidad. Recuerda que mi vida fue plena, que fui un buscador afortunado, que al final de mis días encontré la paz y la unidad, me reafirmé en el sentido de la vida que ya creía.
El principal sentido de la vida es conocerse a sí mismo, para saber que hemos venido a este mundo a aprender y a dar. Yo siento que he cumplido mi misión y que puedo entregarme a la muerte en paz.»

Así sea.

Cuando los padres escribían a sus hijos

Autor: Oscar Fontrodona – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

De los vínculos que soy, que me constituyen, siento con especial fuerza el que me une a mi hijo, de nueve años. Me voy dando cuenta de en qué se parece y en qué es diferente a cómo me trataba mi padre.

Esta semana llega a las librerías el último número de la RTG, la revista de la Asociación Española de Terapia Gestalt, un monográfico que nos invita a preguntarnos: ¿Qué es ser padre? La respuesta es que no hay modelo; cada cual lo es desde su singularidad. Al mismo tiempo, la paternidad es un hecho biológico. Y también un producto cultural. Que, como el resto de atributos de lo masculino, está sufriendo aquí y ahora un cambio profundo y vertiginoso: de la plenipotenciaria patria potestad donde se referenciaba mi padre al movimiento childfree («orgullosos de no tener hijos») van solo un par de generaciones.

Si echamos la vista atrás, a cómo era ser padre ayer, podemos calibrar el alcance de esta transformación. Contamos para ello con fragmentos de semblanzas literarias y, desde hace años, con una historiografía de la vida privada que es interpretación erudita. También con autobiografías y memorias, que son relatos de ficción, como cualquier relectura del pasado. Existen dietarios, con la tinta más fresca pero indirectos. Y, finalmente, hay textos que son experiencia directa, no mediatizada, realidad sin interpretaciones: las cartas.

Hubo un tiempo en que escribir cartas era un hecho más de la vida. En los días de nariz pegada al volandero wasa (qué pasa), ya no escribimos cartas personales; se trata de un ritual prácticamente desaparecido. Pero hubo padres que escribían cartas a sus hijos. Por ejemplo, al verse separados durante semanas, o incluso años. Acostumbraban a llevar orientaciones sobre la vida. Es un subgénero con apenas recorrido editorial: las Cartas a los hijos de Freud (que tradujo Paidós hace un lustro); las Cartas a sus hijos desde la cárcel, de Gramsci; las ilustradas Cartas de Papá Noel que recibían por Navidad los hijos de Tolkien… y no sé de más.

En cuanto a recopilatorios de diversos autores, solo conozco un caso: Posterity (Anchor, Nueva York, 2004). En este libro, Dorie M. Lawson reúne un centenar de cartas, escritas por padres a sus hijos a lo largo de trescientos y pico años. Casi todas tienen más de un siglo; recientes casi no hay. Cuando la compiladora quiso incluirlas, fue obteniendo una y otra vez idéntica respuesta: «No tenemos cartas».

Posterity lleva por subtítulo Letter of Great Americans to Their Children. Se trata pues de estadounidenses que han hecho alguna «contribución de valor a la comunidad». Ese es el sesgo. Lawson, hija del historiador David McCullough, el biógrafo presidencial de Harry Truman y John Adams, nos adentra en la intimidad de 68 artistas, escritores, militares, científicos… y ocho presidentes, en ecléctico abanico, de Thomas Edison a Groucho Marx, pasando por Albert Einstein (American berliner) o William Faulkner. Hay pocas cartas de madres.

Albert Einstein con su hijo Hans Albert

Albert Einstein con su hijo Hans Albert

Cada misiva va introducida por una breve semblanza de emisor y receptor, que la pone en su contexto. Los prohombres se vuelven cercanos cuando, ante nuestros ojos, comparten sus sentimientos y pensamientos más íntimos con sus hijos.

Sobre todo: eso que sea ser padre, tanto ayer como hoy, y lo distinto que resulte hoy de ayer, son los ecos que van resonando en esta insólita antología, algunas de cuyas cartas he traducido para el monográfico de la RTG sobre «El Padre».

¿Cómo eran los padres de antaño? ¿Qué sintieron que era importante decirles a sus hijos? Meticulosamente editado, el material se ordena temáticamente por capítulos como «Amor», «Pérdida», «Fuerza de Carácter», «Lucha», «Los placeres de la vida»… Y ¿cómo se lo expresaban? ¿Qué tienen que ver aquellos padres con nosotros?

Un tema muy común, de entrada, en las cartas de Posterity, es la frustración a la hora de comunicarse con los hijos adolescentes. «¡Esto es importante!». «¡Escúchame!». «Léela dos veces»…  Hay cambios que son lentos.

La paternidad de antaño incorporaba a menudo la transmisión de un oficio. Alguna de las cartas reunidas lleva perlas de sabiduría en ese sentido. En 1944, N. C. Wyeth le habla a su hijo Andrew de pintor a pintor: «La mente moderna es opuesta a la romántica. Se conforma con buscar causas y consecuencias, mientras que la romántica busca lo que de significativo tienen las cosas. La profundidad del estilo solo puede brotar de profundizar en nuestra vida emocional.»

Todas son cartas de amor. Sí, el amor a los hijos emerge por encima de cualquier otra cosa, como explicita el autor de best sellers John O’Hara a su hija Wylie: «El mayor placer de mi vida es la responsabilidad de ser tu padre. Me da más placer que mi trabajo, y eso es mucho decir porque me encanta mi trabajo».

Este amor paterno va desgranando sus diversas facetas: la felicitación y el reproche, la afabilidad y estrictas exigencias, advertencias, bromas… y consejos para dar y tomar. La intención suele ser transmitir lo que la vida les ha enseñado.

¿De qué manera? La escritura enfoca la mente, que se abre entonces a la creatividad; es así como surgen sus verdades. La niña de Mark Twain recibe la mañana de Navidad una carta de Santa Claus que es el principio de un juego apoteósico. A Arthur Marx, un joven marino en el frente de guerra del Pacífico, le llega en febrero del 45 una carta de Duke, el perro de su padre Groucho. Desde el hospital donde su sistema nervioso se eclipsa sin remedio, Woody Guthrie le escribe una carta que es una canción a un Arlo de nueve años casi ciego de un ojo: «Sé agradecido con Dios por haberte dado tanta, tanta vida. Te quiero igual estés medio ciego o medio muerto. Te quiero lo mismo, da igual lo bien o mal que lo hagas o lo dejes de hacer en todos tus deportes, en todas tus escuelas… porque eres mi niño, porque eres mi hijo…».

La relación paternofilial aparece como especial, un espacio con sus propias reglas. «Tandy querida, esta carta es confidencial, algo entre tú y yo solos», comienza en 1961 el todoterreno del espectáculo Hume Cronyn. El General Pershing se queja de las malas notas a su hijo Warren con más delicadeza de la que supondríamos en un mandíbula de acero.

Varias de las cartas más impactantes llevan la carga emocional de padres que no ocultan a sus hijos lo tristes o enfadados que están. Jack London, dos días después de ver (literalmente) arder el sueño de su vida, empieza así su misiva a su hija de doce años: «Querida Joan. Estoy demasiado hecho polvo para escribirte en mi escritorio. Me he sentado en la cama…».

F. Scott Fitgerald con Zelda y Scottie

F. Scott Fitgerald con Zelda y Scottie

La paternidad tiene luces y sombras; como sabemos todos los padres, no siempre nuestra expresión es afortunada. Scott Fitzgerald le espeta a su hija Scottie: «El error que cometí fue casarme con tu madre», antes de arremeter contra la propia adolescente: «Lo que has hecho para complacerme o enorgullecerme es prácticamente insignificante desde que te convertiste en una buena buceadora en el campamento».

Otros muchos padres, en cambio, lo que quieren es ahorrarles a sus hijos los errores que ellos mismos han cometido. Buen ejemplo de este paternalismo es Thomas Jefferson, el distinguido presidente de EE.UU., que previene a su hija de los peligros de endeudarse:

«Te mando, querida Patsy, las quince libras que deseabas. Me propones que sea un anticipo de tu asignación de las próximas cinco semanas. Pero ¿es que no ves, cariño, lo imprudente que es gastarte en un momento lo que debería proveerte durante cinco semanas?, ¿que supone apartarse de la norma por la que deseo te rijas, durante toda tu vida, de no comprar nunca nada sin tener en el bolsillo el dinero para pagarlo? Ten por seguro que causa mucha más aflicción verse en deuda que estar sin cualquiera de los productos que nos pareciera desear». Adicto a las compras, en el momento de su muerte el elegante Thomas Jefferson dejaba contraída una deuda de 100.000 dólares (1,8 millones de hoy). La venta de todo el patrimonio no alcanzó para saldarla.

El lenguaje del masaje

Autora: Analía Martínez Martí – Terapeuta gestalt y corporal integrativa

El sentido del tacto es la madre de los sentidos, porque despunta antes que los demás en el embrión humano. A las ocho semanas, una caricia suave en el labio superior provoca movimientos de retracción del cuello y el tronco.

En esta fase, el embrión no posee ni ojos ni oídos, pero la piel, que es como un manto que nos envuelve por completo, ya está diferenciada. El más sensible de nuestros órganos limita nuestro yo, nos permite conectar con el entorno, y sin ella no podríamos vivir.

El ser humano está constituido por tres cualidades básicas: inteligencia, afectividad y energía. A la inteligencia pertenecen todos los procesos relacionados con el pensamiento, como analizar, comprender, intuir, observar y establecer relaciones entre las cosas. El foco de la afectividad nos conecta con la capacidad de sentir, con la empatía, la alegría, la compasión y, sobre todo, con la conciencia de la unidad de la vida. Los procesos relativos a la fuerza, la constancia, la seguridad, la vitalidad y la solidez y estabilidad corresponden al foco de la energía.

Estas cualidades constituyen un todo, una unidad, es decir: una estructura integrada por varias partes. Por lo tanto, cuando contactamos con otra persona se produce un proceso humano, en el que, más allá de lo físico, hay comunicación, intercambio e interacción.

El masaje es una forma estructurada de contacto, constituida por diferentes manipulaciones, donde cada una tiene una función diferente.

– Los hamacados aflojan y potencian la sensación de ser mecidos.

– Los estiramientos liberan, abren paso a la energía y nos hacen más conscientes de nuestras estructuras y de nuestra respiración.

– Los roces suaves, que se realizan al comienzo y al final del masaje, confortan y calman.

– Las vibraciones vivifican y excitan, lo mismo que las percusiones.

– Las fricciones calientan.

– Los amasamientos nos permiten explorar profundamente la musculatura.

– Las presiones descontracturan.

El masaje es una verdadera comunicación cuando se tienen en cuenta algunos factores básicos:

– la actitud del terapeuta en el momento de realizarlo,

– el ritmo, la intensidad y profundidad del contacto,

– el comienzo y la finalización.

La relación entre cliente y terapeuta se va cimentando poco a poco. Por eso, crear un ambiente donde la persona pueda regresar a su cuerpo es una labor de cuidado y amor.

Es muy importante la presencia del terapeuta en el aquí y ahora, conectado consigo mismo y atento a las necesidades del paciente. En cada momento debe discriminar qué es lo útil y qué, lo superfluo, qué hacer y qué evitar; lo cual implica entrega y conciencia de los propios límites.

Trabajar con una atención flotante, sin prisa y relajadamente, permite sentir la necesidad y dirigirse allí donde se encuentra, ya que una ayuda inoportuna no es verdadera ayuda. Al contrario, produce un retroceso del proceso y del vínculo.

La conciencia corporal aumenta poco a poco con el contacto y se hacen conscientes aspectos negados del sí mismo, pero presentes en el cuerpo en forma de tensión muscular defensiva; rigideces que limitan los movimientos; dolor y bloqueos físicos surgidos del miedo, que amortiguan tanto el sufrimiento como el placer.

Esas zonas desvitalizadas se vivifican y aparecen sensaciones y emociones como la tristeza, la rabia, el miedo… Acompañar en esos momentos, con palabras o sin ellas, pero con presencia, permite reconocer al otro sus dificultades y su potencial; y a la vez, nuestro potencial y nuestras dificultades, surgiendo así un vínculo de mutuo enriquecimiento.

En consecuencia, no hay una clase correcta de contacto a usar, porque tanto un toque leve como uno firme pueden ser útiles y uno no es mejor que otro. Todo depende del momento, del área corporal, de la tolerancia al dolor. Una manipulación fuerte puede ser intrusiva y dolorosa para algunas personas. Por eso, la intensidad y la profundidad del contacto han de ser progresivas y graduales, así como el ritmo debe ser constante y calmado. La separación será suave y lenta para que se puedan restablecer los límites de cada uno.

masaje analía

Mi inclinación por el masaje comenzó cuando en el año 90 viajé a Argentina para despedirme de mi padre, ya muy anciano y enfermo. Fue él quien marcó el camino regalándome un libro muy elemental de shiatsu.

Al regresar comencé a formarme en esa técnica, que me llevó a comprender el concepto taoísta del yin/yang: fuerzas opuestas pero interdependientes y complementarias, que están en  un estado constante de equilibrio dinámico, y de cuya interacción surge la energía. Son las dos caras de la misma moneda. Esto despertó en mí una forma diferente de ver la realidad, y nuevas inquietudes que me condujeron a  otras formas de masaje.

Con la experiencia, me di cuenta de que la técnica por sí sola no es suficiente, y que hay que integrar cuerpo, emociones, mente y espíritu. Así llegué a la gestalt y al TCI.

Actualmente, trasmitir mi experiencia me da alegría. Deseo sembrar la semilla del interés por el masaje, como herramienta eficaz para desarrollar la conciencia y la integración de la persona.

¿Jugamos a los malos?

Autora: Eva Martínez  – Maestra, formadora en el ICE de la UAB y directora de formación en la Asociación Arae.

Decía Guillermo Borja que para ser persona uno tiene primero que convertirse en monstruo. Es una afirmación que muy probablemente pueda aceptarse en contextos terapéuticos sin demasiadas resistencias: el encuentro con la sombra, su identificación, su vivencia, su integración, es algo que genera unos valiosos aprendizajes y que empodera a la persona en su actitud vital, ya que la relación con sus monstruos interiores se establece desde un lugar mucho más consciente. Lo que nos hace más personas es ese viaje hacia adentro, hacia el encuentro con nuestro monstruo interno. Él va a ayudarnos a conseguir una mejor versión de quienes somos.

Sin embargo, suele ocurrir algo distinto en contextos educativos. Aunque la educación emocional está teniendo mucha presencia en los últimos tiempos, no he encontrado demasiadas prácticas que inviten al niño a estar en contacto con su experiencia interna, especialmente cuando esta es dolorosa o difícil para el educador. Con la mejor de las intenciones, se suele invitar al niño a dejar de mirar a su monstruo, y a dirigir la mirada hacia algo más simpático. Y de esta manera, puede que el malestar deje de mostrarse rápidamente, que le hagamos sonreír o que le acabemos convenciendo de que lo que siente no es para tanto… Pero el precio que paga por complacer a un adulto que quiere verlo contento es demasiado alto. Lo que conseguimos educando solo en aquello que consideramos positivo es reforzar una atrofia emocional que les acompañará toda su vida. Los niños, con sus monstruos y sus sombras, crecerán y andarán sus caminos, donde encontrarán dificultades con las que deberán lidiar sin nosotros, sepan hacerlo o no.

No propongo, ni mucho menos, hacerle comprender al niño que tiene un ego y que son sus sombras inconscientes las que determinan en gran parte su comportamiento; para ello es necesaria más madurez, más autoconciencia y, sobre todo, más edad. Pero sí sugiero dejarle jugar a ser un monstruo perverso el tiempo que necesite. Sabemos que la fantasía ejerce un importante papel en el aprendizaje durante la infancia. Afortunadamente, en educación tenemos un magnífico catálogo de sombras humanas que, desde la imaginación, van a permitir al niño elaborar muchos de sus conflictos internos: los cuentos de hadas.*

Esta clase de relatos nace de la tradición oral, del inconsciente colectivo de una comunidad que expresa al calor de la lumbre sus luces y sus sombras a partir de unas imágenes arquetípicas. Estas imágenes se han mimetizado con el contexto sociocultural de cada comunidad, y tienen distintas formas según el lugar donde sean contadas: en Oriente, los monstruos suelen ser dragones, mientras que en Europa suelen ser lobos, ogros o brujas. En cualquier caso, son formas distintas de un mismo fondo que tiene que ver con la esencia humana. En la mayoría de historias, lo que ocurre es un proceso de transformación cuando el héroe vence a los malvados, una preciosa metáfora de lo que supone ir adentrándose en uno mismo e ir aprendiendo a vivir.

Por eso es tan importante que el niño esté expuesto a estos relatos, porque recogen algo que necesita ser elaborado en su alma, en las profundidades de su psique. Poder sentirse conectado por ejemplo con su agresividad, como el lobo, y sentir el placer de devorar a alguien, es ayudarle a ser un adulto menos violento. Un niño que puede mostrarse agresivo, aunque sea en fantasías, que puede identificar su pulsión destructiva y elaborar una producción imaginaria de ese fantasma, puede convertirse en un adulto más consciente de su agresividad. No podemos educar la agresividad desde la represión, ni desde la negación. Debemos ofrecer contextos donde estas experiencias sean vividas y se conviertan en valiosos aprendizajes para sus vidas; debemos ayudarles a construir una representación interior de sí mismos que les recuerde que son capaces de superar las adversidades, que aunque sientan lo que sienten los malos, van a ser aceptados y respetados; y sobre todo, que no les aleje de lo que son.

jugamos a los malos

Eso es lo que hacen los cuentos tradicionales: permitir al niño elaborar conflictos internos y realizar pequeñas transformaciones personales que le convierten, como al héroe del cuento, en alguien más valeroso. Por supuesto, ni Disney que ha edulcorado enormemente las versiones ni mucha de la literatura para “trabajar” emociones, llega a conseguir lo que consiguen estos relatos. No es lo mismo que un cuento te acabe diciendo cómo tienes que sentirte “correctamente”, que jugar a ser el peor de los malvados, sabiéndote custodiado por la mirada confiada de un adulto que, tiempo atrás, también fue un perverso y pérfido monstruo.

*Denominados también cuentos maravillosos, populares, tradicionales, etc., según distintos autores.

La música y el cuerpo

 

Autor: Manuel Muñoz – Terapeuta gestalt y corporal integrativo. Musicoterapeuta inner sound

Vivimos en una sonosfera donde recibimos sonido desde todos los ámbitos: desde dentro (sonidos corporales, voz, pensamientos percibidos como ruido interior…) y desde fuera. Incluso el silencio lo percibimos como su ausencia; son frecuencias no audibles de forma consciente.

El sonido se trasmite por todo el cuerpo y lo afecta. Haz tú mismo la prueba. Tapa tus oídos y canta una nota —la que surja más fácil— con la letra ‘m’. Verás cómo reverberan diferentes partes de tu cabeza. ¿Has probado alguna vez a situarte al lado de un altavoz en una discoteca o en un concierto de tu grupo favorito? Hazlo y observa en qué partes de tu cuerpo notas ciertas sensaciones y qué sientes respecto a ellas… Te propongo aún un último ejercicio. Coge una guitarra, apoya tus dientes superiores suavemente sobre la madera del clavijero (allí donde se tensan las cuerdas) y pulsa cualquiera de ellas… ¡Sorpresa! Notas el sonido en toda la cabeza.

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Ese fenómeno que estas percibiendo se llama vibración y puedes sentirlo por todo el cuerpo, ya que el sonido es una onda que se trasmite a través de los huesos y cavidades, afectando a los músculos que se insertan en ellos, y que se transporta al paso de todo el tejido conectivo y del agua intra e intercelular. Si tiene la capacidad de llegar a todos los rincones, es un buen elemento para trabajar con el cuerpo…

¿Cómo hacerlo? Si echamos un vistazo a las diferentes aproximaciones prácticas y escuelas, vemos que existen cuatro modalidades básicas de trabajo con el sonido:

1.- Los trabajos con instrumentos. Desde tiempo inmemorial se describen situaciones curativas con la música, donde el chamán o el encargado de trabajar con el cuerpo y el alma de las personas aparece con un instrumento musical (o la voz), induciendo al trance en ceremonias de sanación. Modernamente, las escuelas de musicoterapia, ayudadas por la investigación en neurociencias y psicología, realizan estudios que avalan el “poder terapéutico” de la música y trabajan en campos tan diversos como geriatría, salud mental, neurología, el dolor, paliativos o educación. La musicoterapia como disciplina paramédica está en expansión.

2.- Otros enfoques trabajan con las frecuencias vibratorias que producen cuencos de cuarzo y tibetanos, diapasones o monocordios, consolidando una vertiente del masaje terapéutico. Se usan para desbloquear, cambiando las frecuencias de determinadas zonas del cuerpo, chacras, órganos y capas áuricas, haciéndolas vibrar por resonancia. Un buen masaje sonoro moviliza tanto como uno fisiológico. Puedes comprobarlo en cualquier momento…

CUENQUING

3.- En el trabajo con la voz, el cuerpo entero se usa como instrumento. Autogenera el efecto dentro y fuera del cuerpo del que la usa o del posible cliente. Esta técnica implica a la respiración, toda su mecánica muscular, la dinámica vibratoria que moviliza  —dentro y fuera— y los efectos que produce en los ámbitos emocionales, relacionales, de autoestima, espirituales y energéticos. Hay una relación energética entre los sonidos vocálicos y los chacras, y algunas consonantes reverberan en determinadas zonas del cuerpo, produciendo eficaces micromovimientos musculares y efectos de desbloqueo en órganos, sistemas, segmentos o chacras. Existe toda una farmacopea silábica en los cantos devocionales de las distintas culturas

4.- El trabajo con canciones o fragmentos musicales escogidos se basa en la audición de secuencias de estímulos musicales de duración variable. Lo diseña un musicoterapeuta acorde con la situación singular de un paciente o grupo específico. Para usar la técnica, seleccionamos los fragmentos y su orden de presentación sobre la base de sus interacciones anteriores con los pacientes y los efectos que creemos pueden servir al experimento. Un ejemplo de esta forma es cómo algunos usan el denominado efecto Mozart (audición de fragmentos de dicho autor en las fases perinatales) para el trabajo con embarazadas y después con los bebés. Otro enfoque estimula imágenes y sensaciones a través de fragmentos o canciones. También podemos escoger piezas sonoras que fomentan efectos emocionales y cognitivos en determinadas fases del trabajo psicoterapéutico o para el desbloqueo corporal.

Uno de los retos más sugestivos a que nos enfrentamos es la posibilidad de integrar todas estas modalidades para el trabajo psicocorporal, ya que el efecto sonoro puede ser también aplicado a la fórmula del trabajo reichiano. En ese ciclo —cada vez hay más estudios que lo justifican— el trabajo con la música puede resultar muy eficaz, debido al doble comportamiento del sonido en el cuerpo: La onda (mecánica) se trasmite por el cuerpo en una doble vía, ya que se desdobla y se comporta también como un impulso que llega al cerebro y estimula el sistema nervioso vegetativo (carga eléctrica). Ambas señales son recibidas en la zona bloqueada, liberándola o equilibrándola (descarga) para llegar a la relajación. El sonido, la música, la voz así entendidos se pueden aplicar de forma simultánea al trabajo corporal ya que inciden en un efecto paralelo. Lo producido por la vibración sonora en el cuerpo tiene el mismo proceso y efecto estructural que el resultado de la descarga bioenergética, salvando las distancias de lo macro y lo micro, lo sutil y lo evidente…

Creatividad y cuerpo

Autora: Cristina Ribera Casal – Psicoterapeuta gestalt y corporal integrativa. Formada en psicoterapia integrativa y en el desarrollo del cuerpo y el arte como herramientas para el crecimiento personal. Artista autodidacta.

 

Mas por frío que sea el año y falto de cantos,

en el tiempo señalado las briznas de hierba germinan

en la tierra blanca todavía nevada,

y a menudo se oye el canto de una ave solitaria. 

Friedrich Hölderlin


Cada vez que leo este pequeño poema, me viene a la mente el mismo pensamiento: lo que tiene que ocurrir, ocurre. Por árido que sea el paisaje, si permanezco ahí en actitud de silencio y escucha, probablemente pueda percibir algo que haga cambiar la condición de árido. Eso, para mí, es creativo. Es generar una nueva posibilidad.

Lo que pretendo con estas líneas es expresar algunas de mis ideas sobre creatividad, basadas en mi experiencia personal, y que esto permita a los lectores hacerse preguntas sobre cómo es su creatividad y de qué manera la llevan a su día a día.

La palabra ‘creatividad’ proviene del verbo creare, que significa ‘engendrar, producir’. Luego cuando soy creativa estoy generando una nueva posibilidad, y al revés: generar nuevas posibilidades es poner en juego mi creatividad.

Ha sido a través de mi propio proceso terapéutico que me he dado cuenta de lo idealizado que tenía el concepto de creatividad y cómo esto me ha limitado muchas veces. Hoy, para mí, la creatividad es una actitud frente al mundo y frente a la vida, porque la creatividad forma parte de la vida. ¿Qué hago si no cada mañana al despertarme y decidir empezar un nuevo día? Voy creando cada momento con todo lo que pienso, siento, expreso y decido hacer. Me refiero a una actitud de permanecer abierta y de darme permiso. Permiso para estar en silencio, para tomarme la vida menos en serio, para jugar, para llorar, para sentir lo que siento y expresar o no lo que necesito. Abierta a escuchar lo que me pasa por dentro, a las sensaciones, y con todo ello decidir hacia dónde voy.

Una actitud que me facilita tener conciencia de qué hago yo para ir creando cada momento de mi vida (junto con lo que la vida ya me trae). El problema es que, habitualmente, no somos conscientes de ello y actuamos de manera automática, a menos que estemos entrenados en autoobservarnos (y eso tiene mucho que ver con estar o haber estado en un proceso de crecimiento personal —generalmente a través de la psicoterapia—). Para mí no ha sido ni es tarea fácil cultivar esta actitud, pero es la que yo elijo, porque así lo quiero, para seguir viviendo.

La creatividad también tiene que ver con darme permiso para equivocarme, para no saber cómo hacerlo, para atascarme, para dejarme estar perdida. Cualquier artista reconoce estas fases con lo que sucede inevitablemente en un proceso creativo. 

 “Los artistas que buscan perfección en todas las cosas son aquellos que no pueden alcanzarla en nada”

Eugène Delacroix

Hay personas que opinan que no son creativas y eso tiene más que ver con obstáculos que inconscientemente ellas mismas se ponen que con el hecho de que realmente no lo sean. Porque al final, de lo que se trata con la creatividad es de poder expresar lo que uno es, cada cual a su manera y como pueda. Que yo pueda expresar lo que soy.

Existen muchas opciones para atrevernos a conocer nuestra creatividad. Pintar con témpera sobre papel, cartón o pared; escribir sin intención de crear nada, simplemente dejando que la mano se mueva; bailar sin música o con ella; moldear un trozo de arcilla o fotografiar lo que para mí es creativo podrían ser algunas maneras —de las miles que existen— de empezar a indagar sobre ello.

En este punto es importante para mí introducir el tema del cuerpo. En mi proceso personal, la exploración de mi potencial creativo ha ido a la par con el trabajo corporal. Y fue en ese momento que pude empezar a darme cuenta de cómo cambiaba lo que sentía, lo que expresaba y la manera como lo hacía.

La creatividad no puede ir desligada del cuerpo porque yo soy mi cuerpo y todo lo que vivo lo siento en él. Mi cuerpo es el contenedor de todas mis experiencias. Cuando me doy espacio para escuchar a mi cuerpo y dejar que se exprese, tomo contacto con aspectos internos y de la vida a los que normalmente no suelo acceder.

Cuando dejo que mi cuerpo se mueva como necesita, mi expresión toma una forma concreta, con la que puedo decidir hacer muchas cosas o no hacer nada, pero si decido plasmarla en un lienzo, escribirla en papel, pintarla en la pared, crear un collage, bailarla… será completamente distinta de si me hubiera quedado simplemente dentro del terreno mental.

Decía Gabrielle Roth, artista creadora de los 5 Ritmos, que explorando toda la gama de nuestros movimientos naturales podemos retomar el contacto con nuestra energía más auténtica, más de verdad, nuestra energía natural animal. Y eso nos ayuda a estar presentes en el cuerpo.

De manera que lo que permite el trabajo corporal es abrir, abrirme para poder generar otras posibilidades. Posibilidades creativas.

Imagina cómo sería expresar tu creatividad desde ahí.

Expresar lo que eres, ni más ni menos.

 “La creación espontánea surge de lo más profundo de nuestro ser. Lo que tenemos que expresar ya está con nosotros, es nosotros…”

Stephen Nachmanovitch

 

Cada acto creativo

remeda el soplo primordial

el salto inaugural;

el paso de la nada al ser,

del no haber sido al estar naciendo,

al latir 

Cada latido único,

cada vez toda vez.  

Hugo Mujica

Un espai per als adolescents

Autora: Gemma Bosch Galter – Llicenciada en ciències de l’activitat física i de l’esport, i terapeuta corporal integrativa

Fa uns vuit anys que he estat en contacte amb adolescents a diversos instituts, casals d’estiu, equips de bàsquet, a la consulta… Recordo els inicis de posar-me davant de trenta adolescents que, de cop, et fan de mirall de les teves pròpies dificultats i virtuts. Al principi estava constantment barallada amb ells i això representava un gran desgast per mi, no sabia què fer, com m’havia de situar davant d’ells amb les diferents dinàmiques que succeïen constantment , tant les que es donen entre ells, com individualment. És a partir d’aquí que vaig poder veure la importància que va tenir en mi l’etapa de l’adolescència: el sentiment de soledat, d’estar totalment perduda, sense ser conscient de què em passava.

Aquesta etapa on es produeixen tants canvis moltes vegades se’ns passa per alt, és descuidada. I no ajuden les frases tant introduïdes que tenim com: “Deixa’l!, està a l’ edat del pavo”, “és que està adolescent”… Tan simple i tan gran com que deixes el nen enrere per anar a fer-te adult . Una etapa, si us pareu a recordar, amb canvis corporals, inici de menstruació, els pits creixen, canvis de veu, pèl…. Un cos nou, un moment d’identificació i de necessitat d’allunyar-se dels patrons familiars i una recerca constant del límit per poder identificar-se i buscar el propi «Jo». Necessiten allunyar-se dels pares per créixer i alhora necessiten que estiguin al seu costat com a guies per fer el seu camí i fer-se grans.

Un adolescent potser pot mostrar-se segur i fins i tot prepotent però la realitat és que ni sap qui és ni sap cap a on anar. La necessitat de pertànyer a un grup, a classe, al bàsquet… i el rol que adopten, és un punt clau en aquesta edat. Pot agafar el paper del líder del grup, del que no parla, del que ajuda i s’oblida d’ell mateix… Els adolescents necessiten ocupar un lloc, que és un reflex del lloc que ocupen a la família. La qüestió és de quina manera adopto aquest rol i com això em pot dificultar en altres esferes de la vida.

Un cas d’una noia de setze anys, molt vergonyosa des de ben petita i en una situació familiar molt complicada on ella és la “bona” de la família (no crida, no s’enfada, és tranquil·la…). Un noia amb grans dificultats per entrar en un grup des de la primària i fer-se un lloc a la classe. Al oferir-li un espai terapèutic, va poder veure que la vergonya li bloquejava tota la part de la diversió i el contacte amb la gent. Prendre consciència corporal de que la vergonya és el No a moltes coses que ella vol fer li obre portes a noves coses; això és un canvi reparador del que ella havia viscut fins ara. El fet que ella ara pugui enviar un whatsapp a un xicot que li agrada o anar amb les amigues a la platja fa que pugui viure plenament aquests moments importants per un adolescent.

La adolescència es una època on es poden reparar automatismes i dinàmiques establertes des de ben petits.

És importantíssim que aquests xavals, en aquesta fase de transició cap a ser adults, tinguin un espai de contenció on puguin expressar quines son les seves inquietuds, emocions, dificultats, virtuts… i així poder trobar referències. Aquests espais (terapèutics, escola, casal…) son necessaris!! per poder acompanyar-los. Un acompanyament on la rigidesa no ajuda y tampoc l’excés de permissivitat.

Amb els anys me n’adono que fan falta espais on puguin connectar amb la respiració, espais de calma i també espais on puguin tenir contacte entre ells, per exemple, un treball de contacte corporal, com el massatge, és un reclam continu per part seva.

És sorprenent com a mesura que l’adolescent té una confiança i es deixa anar en un espai sense judici i de contenció, cada cop hi ha més obertura. Necessiten xerrar entre ells, relaxar-se, moure’s, contacte, discutir… Els treballs corporals son un gran eina per poder oferir el que demanen.

L’adolescent és encara una persona molt pura, espontània, directa i amb una capacitat de resposta i una saviesa sorprenent tan interna com externa . Per tant és un gran moment per poder reconduir, reparar rols adquirits i poder anar descobrint quin és el seu verdader Jo.

Evidentment no podem deixar de banda la influència que té la família en tot aquest procés de canvi. Sovint ens trobem que els fills amb famílies molt permissives estan perduts; o el que ve d’una família molt rígida té dificultat per deixar-se veure, per créixer, amb la conseqüència que es queda nen, amb tot el que això comporta. Poder veure els rols familiars és molt important per anar fent de guia a un adolescent que ja no és un nen i encara no és un adult.

Sento que caldria implementar en nosaltres mateixos una nova mirada cap a l´adolescència.

 

Teatro y expresión corporal: potencial y uso terapéutico

Autora: Ángela Corrales – Terapeuta corporal integrativa, psicóloga y actriz

Para mí no hay ninguna duda de que el proceso terapéutico es sinónimo de autoconocimiento, y es desde esta convicción que afirmo que mi proceso terapéutico comenzó en el Teatro, así, en letras mayúsculas. El Teatro fue el lugar y el espacio donde empecé a conocerme y amarme a mí misma, fue el punto que marcó un antes y un después en mi vida.

Cuando tenía trece años tuve una caída aparentemente muy tonta, una caída que pudo haberme supuesto quedarme en silla de ruedas para toda la vida. Afortunadamente no llegó a ser tan grave, médicamente hablando. Mi cuerpo mantuvo su funcionalidad práctica. Otra cosa fueron las consecuencias que aquello me trajo.

Por recomendación médica estuve exenta de todas las actividades gimnásticas escolares desde los trece a los dieciocho años. Lo único aconsejable para mi espalda era la natación, pero en mi pueblo no podía contar con aquello. Así que pasé toda mi adolescencia arrastrando mi cuerpo, sintiéndolo como un lastre, encerrada en mi mundo mental y apostando toda mi valía personal a los estudios, la lectura y la inteligencia. Todo mi yo era cabeza. Me sentía presa de un cuerpo que servía para poco más que molestar.

Con esta percepción de mí misma, fui a la Universidad a estudiar psicología. Quería seguir indagando en los misterios de la mente y el  alma humana, lo que pensaba que era la psicología entonces. Cuántas sorpresas me quedaban por descubrir…

El Teatro apareció por casualidad, en un grupito amateur universitario; y casi sin darme cuenta, fui entrando en un mundo apasionante que dirigiría mi vida desde entonces.

De todas las facetas del Teatro, la que más me deslumbró, con diferencia, fue la expresión corporal. De repente me encontré con mi cuerpo: ese conjunto de manos, pies y extremidades en el que me sentía encerrada desde hacía años empezaba a tener sentido. De repente podía comunicarme con el mundo más allá de mi mente y las palabras. De repente comencé a valorar algo de mí misma que antes condenaba. De repente comencé a mirarme entera y a amarme.

La expresión corporal me dio la oportunidad de moverme de una manera propia, sin la presión de los objetivos académicos que habían supuesto siempre las clases de gimnasia. Aprendí a identificar las diferentes partes de mí como lo hace un niño, reconciliándome con cada articulación y hueso de mi cuerpo, explorando las diferentes posibilidades que ofrecían. Encontré la manera de moverme y relacionarme con mi cuerpo desde mis capacidades reales y desde mis limitaciones.

Notaba perfectamente cuándo llegaba a mi límite por las tensiones musculares que había aprendido a identificar en ciertos movimientos y gestos. En principio yo lo achacaba a las lesiones que ya sabía que tenía desde que me caí. No le daba más vueltas, pero poco a poco fui dándome cuenta de que aquella tensión se debía a algo más que a la lesión: había miedo, inseguridad y toda una serie de emociones que me bloqueaban cuando intentaba llegar un poco más allá de lo que mi cuerpo —y mi cabeza— conocían. Lo que realmente “provocaba” mis nudos musculares era mi mente y mi emoción, no mi cuerpo. Y la clave que me ayudó a traspasar estos miedos fue la parte interpretativa del Teatro.

El Teatro, como cualquier otro arte, tiene un potencial terapéutico en sí mismo: ayuda a la expresión de contenidos emocionales y potencia el pensamiento creativo.

  • En el aspecto expresivo, es una vía para manifestar cualquier emoción (consciente o inconsciente). Permite experimentar el amor, la rabia, el dolor, la tristeza, la alegría… a través del juego, la imaginación, la metáfora, los personajes. Tener un espacio para dejar salir todas estas emociones sin juicios ni presiones del entorno inmediato es de por sí liberador.
  • En el aspecto creativo, activa el hemisferio derecho del cerebro humano, lo que significa una puerta de acceso directo a las emociones y al pensamiento divergente, que es con el que generamos nuevas posibilidades, diferentes alternativas a una situación conocida. Este es, de algún modo, el objetivo de toda terapia: salir de los patrones establecidos y aprender nuevos recursos y habilidades.

Además de estos puntos en común, el Teatro tiene unas particularidades que le hacen ser un gran instrumento a nivel terapéutico:

  • Permite tener una experiencia directa de la situación. A diferencia de otras artes (como por ejemplo la pintura), el Teatro no se ciñe a la creación material, sino que se manifiesta a través de la vivencia del actor, en su propio cuerpo. El tránsito por las emociones que se representan en las escenas queda grabado en la propia persona, en su memoria episódica y celular. No se limita a plasmar una imagen mental, sino que se acciona, se experimenta, se encarna. Es una experiencia global que se vive en primera persona.
  • Permite ir a cualquier lugar en el espacio-tiempo: se puede recrear el pasado, recuperando los momentos que pueden estar afectándonos hoy en día y mirarlos desde una nueva perspectiva; proyectar hacia el futuro, dándonos permiso para generar cualquier sueño u objetivo personal que deseemos alcanzar. Se puede trabajar con escenarios reales, imaginarios, ficticios… Cualquier planteamiento es válido, cualquier posibilidad es bienvenida. Es un laboratorio donde poder experimentar y vivenciar todas las probabilidades, incluso las más lejanas, ilógicas o imposibles. Sin límites.
  • El juego de personajes y escenificaciones permite refugiarse en un “como si” donde no se arriesga la propia imagen o historia personal. El hecho de interpretar a un criminal, un payaso, un monje o un seductor abre las puertas a partes de nosotros mismos con las que no nos identificamos a priori, pero con las que nos permitimos experimentar si entramos en la ficción del “como si”, llegando a explorar la luz y la sombra de aquellos personajes internos que no siempre estamos dispuestos a mostrar. Nos pone frente a diferentes espejos.

Gracias a todos estos aspectos, pude traspasar barreras mentales y emocionales que se habían enganchado a mi cuerpo y me bloqueaban a nivel artístico y personal. Más que a interpretar escenas de cara al público, el Teatro me enseñó a generar nuevas vivencias, nuevos registros emocionales y corporales, nuevas posibilidades más allá de la cotidianeidad. Me enseñó a ser más consciente de mí misma y a respetar todas las partes de mi ser, con sus polaridades. Me enseñó a aceptarme y a amarme por lo que soy.

Dejándome llevar. Una experiencia de liberación a través del cuerpo

 Autor: Jaume Calafat – Terapeuta corporal integrativo

Hoy me siento inquieto, mi cabeza es un torbellino de pensamientos y no deja espacio para nada más, siento tensiones en mi cuerpo y mi respiración es muy corta. La verdad es que tengo ganas de salir corriendo de este estado. Ante esta situación normalmente buscaría una distracción: comer, mirar el ordenador, el teléfono. Pero hoy decido quedarme conmigo. Decido sumergir-me dentro de mi cuerpo.

Empiezo a desbloquear mi cuerpo por segmentos. Prestando mucha atención a sus límites. Poco a poco, empiezo a notar sensaciones, mi cuerpo se está activando con la energía que estoy moviendo. Mi cabeza se está serenando y la sensibilidad va aumentando. Me paro, estoy en arraigo, dejo mi cabeza, sólo observo y vivo mi cuerpo, intento poner toda mi atención en la sensación interna que percibo. Siento que un sutil movimiento interno empieza, me dejo ir con él, me lleva a inclinarme completamente hacia delante y sobre mi lado derecho.

Mi cabeza pregunta: «¿Qué es esto?».  No importa saber, sólo quiero vivirlo, me dejo estar aquí. Centrado en la experiencia siento algo muy sutil, me centro en ello, me va invadiendo el pecho y me cambia la respiración, mi diafragma vibra. Lo reconozco: es tristeza, estoy con ella, lloro. Mi cabeza pregunta: «¿Por qué estoy triste?» No importa, simplemente la acepto. Poco a poco va perdiendo intensidad, desaparece.

Mi cuerpo pide incorporarse y lo sigo a su ritmo, me siento tranquilo, sereno, lo vivo, me dejo estar en ello. Mi cabeza quiere moverse, la acompaño a su ritmo, se va hacia atrás y me quedo mirando el techo, me quedo quieto, observo, siento una vibración en mi vientre, un calor sube rápido hacia mi garganta y cuando me doy cuenta estoy gritando. «Aaaaaah…». Y  mientras grito lo veo, me doy cuenta de con quién estoy enfadado. ¡Ahora lo entiendo! Necesito poner límites a mi madre.

Algo interno se libera, me siento todo el canal interno abierto, estoy tranquilo, me quedo relajado. Desde este bien estar, conecto con la alegría, con lo creativo, me muevo desde ahí, tengo ganas de dejarme llevar y a la vez siento miedo a perder el control. Me lo permito, traspaso el miedo y ahora siento que rompo mis esquemas, mis rigideces. Me muevo explorando el espacio desde otro punto de vista más fluido, más receptivo, aceptando muchas más posibilidades. Desde esta exploración sale un movimiento muy concreto, conecto con mi sabiduría interna, me sale cuidarme, abrazarme, quererme a mí mismo. Me acuno, me acaricio, me respeto, me valido.

Mi experiencia de hoy acaba aquí, habiendo aceptado y caminando por la tristeza, la rabia, el miedo y la alegría. Ahora estoy con una actitud más receptiva y abierta a la vida.

Siento que mi cuerpo es mucho más que un vehículo que acompaña a mi cabeza. Cada día me sorprendo más con las vivencias pasadas que rescato y libero a través de él.

Una vez digerida la experiencia, al día siguiente me salen una serie de palabras clave: gestión de emociones, confianza, elección, interpretar, y unas reflexiones al respecto:

Las emociones nos dan información sobre cómo estamos internamente, ayudándonos a contactar con nuestra necesidad. Hay emociones que nos son fáciles de gestionar. Otras nos resultan más complicadas, y esto se debe a que en el entorno en que he crecido, eran emociones no aceptadas y las he reprimido o no he tenido espacio suficiente para aprender a gestionarlas. Con mi terapeuta, aprendo a hacerlo, él me enseña a caminar, a transitar mis emociones, así yo voy cogiendo práctica y, al estar seguro, podré caminar por mí mismo las situaciones que la vida me traiga. Este es el camino que hacemos en la terapia: el paso del apoyo terapéutico al autoapoyo.

A medida que avanzamos en la terapia, nuestra experiencia aumenta y vamos desarrollando la confianza en estar en contacto conmigo, esté como esté. Las vivencias internas cada vez me asustan menos. Si me permito aceptar la emoción y entrar en ella, veo cómo poco a poco puedo transitarla, y a la vez conecto con la necesidad que hay debajo. Con el tiempo, estos tránsitos se dan más rápido, posibilitando que cada vez recobre mi centro con mayor facilidad, permitiéndome una actitud más disponible y receptiva para la vida. Desde este punto, entiendo que lo que me genera sufrimiento es el hecho de no aceptar lo que siento. Se genera en este caso todo un mecanismo para reprimir la emoción, que rápidamente se traduce en tensiones a nivel corporal, provocando una pérdida de energía vital y de bienestar.

La elección es dar importancia y protagonismo a lo que es importante para mí. En la elección, paso de un infinito de posibilidades a construir mi realidad. En este caso decido estar presente, yo quiero presencia en mi vida y a la vez quiero ponerme delante de las dificultades que me surgen; para mí, la única manera de solucionarlas. Como ejemplo, si tengo una inundación en casa, no la voy a solucionar tomándome un tranquilizante y yendo a la cama, aunque esto pueda darme tranquilidad.

En la terapia es muy importante dejar de interpretar qué me pasa y entregarme plenamente a la experiencia. Cuando dejo a un lado lo que pienso, voy ganando en presencia, en entrega y entro con más profundidad en la experiencia, esto me lleva a una comprensión más directa y genuina sobre lo que vivo, sobre mi necesidad, sobre lo que me duele, sobre lo que me gusta.