El lenguaje del masaje

Autora: Analía Martínez Martí – Terapeuta gestalt y corporal integrativa

El sentido del tacto es la madre de los sentidos, porque despunta antes que los demás en el embrión humano. A las ocho semanas, una caricia suave en el labio superior provoca movimientos de retracción del cuello y el tronco.

En esta fase, el embrión no posee ni ojos ni oídos, pero la piel, que es como un manto que nos envuelve por completo, ya está diferenciada. El más sensible de nuestros órganos limita nuestro yo, nos permite conectar con el entorno, y sin ella no podríamos vivir.

El ser humano está constituido por tres cualidades básicas: inteligencia, afectividad y energía. A la inteligencia pertenecen todos los procesos relacionados con el pensamiento, como analizar, comprender, intuir, observar y establecer relaciones entre las cosas. El foco de la afectividad nos conecta con la capacidad de sentir, con la empatía, la alegría, la compasión y, sobre todo, con la conciencia de la unidad de la vida. Los procesos relativos a la fuerza, la constancia, la seguridad, la vitalidad y la solidez y estabilidad corresponden al foco de la energía.

Estas cualidades constituyen un todo, una unidad, es decir: una estructura integrada por varias partes. Por lo tanto, cuando contactamos con otra persona se produce un proceso humano, en el que, más allá de lo físico, hay comunicación, intercambio e interacción.

El masaje es una forma estructurada de contacto, constituida por diferentes manipulaciones, donde cada una tiene una función diferente.

– Los hamacados aflojan y potencian la sensación de ser mecidos.

– Los estiramientos liberan, abren paso a la energía y nos hacen más conscientes de nuestras estructuras y de nuestra respiración.

– Los roces suaves, que se realizan al comienzo y al final del masaje, confortan y calman.

– Las vibraciones vivifican y excitan, lo mismo que las percusiones.

– Las fricciones calientan.

– Los amasamientos nos permiten explorar profundamente la musculatura.

– Las presiones descontracturan.

El masaje es una verdadera comunicación cuando se tienen en cuenta algunos factores básicos:

– la actitud del terapeuta en el momento de realizarlo,

– el ritmo, la intensidad y profundidad del contacto,

– el comienzo y la finalización.

La relación entre cliente y terapeuta se va cimentando poco a poco. Por eso, crear un ambiente donde la persona pueda regresar a su cuerpo es una labor de cuidado y amor.

Es muy importante la presencia del terapeuta en el aquí y ahora, conectado consigo mismo y atento a las necesidades del paciente. En cada momento debe discriminar qué es lo útil y qué, lo superfluo, qué hacer y qué evitar; lo cual implica entrega y conciencia de los propios límites.

Trabajar con una atención flotante, sin prisa y relajadamente, permite sentir la necesidad y dirigirse allí donde se encuentra, ya que una ayuda inoportuna no es verdadera ayuda. Al contrario, produce un retroceso del proceso y del vínculo.

La conciencia corporal aumenta poco a poco con el contacto y se hacen conscientes aspectos negados del sí mismo, pero presentes en el cuerpo en forma de tensión muscular defensiva; rigideces que limitan los movimientos; dolor y bloqueos físicos surgidos del miedo, que amortiguan tanto el sufrimiento como el placer.

Esas zonas desvitalizadas se vivifican y aparecen sensaciones y emociones como la tristeza, la rabia, el miedo… Acompañar en esos momentos, con palabras o sin ellas, pero con presencia, permite reconocer al otro sus dificultades y su potencial; y a la vez, nuestro potencial y nuestras dificultades, surgiendo así un vínculo de mutuo enriquecimiento.

En consecuencia, no hay una clase correcta de contacto a usar, porque tanto un toque leve como uno firme pueden ser útiles y uno no es mejor que otro. Todo depende del momento, del área corporal, de la tolerancia al dolor. Una manipulación fuerte puede ser intrusiva y dolorosa para algunas personas. Por eso, la intensidad y la profundidad del contacto han de ser progresivas y graduales, así como el ritmo debe ser constante y calmado. La separación será suave y lenta para que se puedan restablecer los límites de cada uno.

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Mi inclinación por el masaje comenzó cuando en el año 90 viajé a Argentina para despedirme de mi padre, ya muy anciano y enfermo. Fue él quien marcó el camino regalándome un libro muy elemental de shiatsu.

Al regresar comencé a formarme en esa técnica, que me llevó a comprender el concepto taoísta del yin/yang: fuerzas opuestas pero interdependientes y complementarias, que están en  un estado constante de equilibrio dinámico, y de cuya interacción surge la energía. Son las dos caras de la misma moneda. Esto despertó en mí una forma diferente de ver la realidad, y nuevas inquietudes que me condujeron a  otras formas de masaje.

Con la experiencia, me di cuenta de que la técnica por sí sola no es suficiente, y que hay que integrar cuerpo, emociones, mente y espíritu. Así llegué a la gestalt y al TCI.

Actualmente, trasmitir mi experiencia me da alegría. Deseo sembrar la semilla del interés por el masaje, como herramienta eficaz para desarrollar la conciencia y la integración de la persona.

¿Jugamos a los malos?

Autora: Eva Martínez  – Maestra, formadora en el ICE de la UAB y directora de formación en la Asociación Arae.

Decía Guillermo Borja que para ser persona uno tiene primero que convertirse en monstruo. Es una afirmación que muy probablemente pueda aceptarse en contextos terapéuticos sin demasiadas resistencias: el encuentro con la sombra, su identificación, su vivencia, su integración, es algo que genera unos valiosos aprendizajes y que empodera a la persona en su actitud vital, ya que la relación con sus monstruos interiores se establece desde un lugar mucho más consciente. Lo que nos hace más personas es ese viaje hacia adentro, hacia el encuentro con nuestro monstruo interno. Él va a ayudarnos a conseguir una mejor versión de quienes somos.

Sin embargo, suele ocurrir algo distinto en contextos educativos. Aunque la educación emocional está teniendo mucha presencia en los últimos tiempos, no he encontrado demasiadas prácticas que inviten al niño a estar en contacto con su experiencia interna, especialmente cuando esta es dolorosa o difícil para el educador. Con la mejor de las intenciones, se suele invitar al niño a dejar de mirar a su monstruo, y a dirigir la mirada hacia algo más simpático. Y de esta manera, puede que el malestar deje de mostrarse rápidamente, que le hagamos sonreír o que le acabemos convenciendo de que lo que siente no es para tanto… Pero el precio que paga por complacer a un adulto que quiere verlo contento es demasiado alto. Lo que conseguimos educando solo en aquello que consideramos positivo es reforzar una atrofia emocional que les acompañará toda su vida. Los niños, con sus monstruos y sus sombras, crecerán y andarán sus caminos, donde encontrarán dificultades con las que deberán lidiar sin nosotros, sepan hacerlo o no.

No propongo, ni mucho menos, hacerle comprender al niño que tiene un ego y que son sus sombras inconscientes las que determinan en gran parte su comportamiento; para ello es necesaria más madurez, más autoconciencia y, sobre todo, más edad. Pero sí sugiero dejarle jugar a ser un monstruo perverso el tiempo que necesite. Sabemos que la fantasía ejerce un importante papel en el aprendizaje durante la infancia. Afortunadamente, en educación tenemos un magnífico catálogo de sombras humanas que, desde la imaginación, van a permitir al niño elaborar muchos de sus conflictos internos: los cuentos de hadas.*

Esta clase de relatos nace de la tradición oral, del inconsciente colectivo de una comunidad que expresa al calor de la lumbre sus luces y sus sombras a partir de unas imágenes arquetípicas. Estas imágenes se han mimetizado con el contexto sociocultural de cada comunidad, y tienen distintas formas según el lugar donde sean contadas: en Oriente, los monstruos suelen ser dragones, mientras que en Europa suelen ser lobos, ogros o brujas. En cualquier caso, son formas distintas de un mismo fondo que tiene que ver con la esencia humana. En la mayoría de historias, lo que ocurre es un proceso de transformación cuando el héroe vence a los malvados, una preciosa metáfora de lo que supone ir adentrándose en uno mismo e ir aprendiendo a vivir.

Por eso es tan importante que el niño esté expuesto a estos relatos, porque recogen algo que necesita ser elaborado en su alma, en las profundidades de su psique. Poder sentirse conectado por ejemplo con su agresividad, como el lobo, y sentir el placer de devorar a alguien, es ayudarle a ser un adulto menos violento. Un niño que puede mostrarse agresivo, aunque sea en fantasías, que puede identificar su pulsión destructiva y elaborar una producción imaginaria de ese fantasma, puede convertirse en un adulto más consciente de su agresividad. No podemos educar la agresividad desde la represión, ni desde la negación. Debemos ofrecer contextos donde estas experiencias sean vividas y se conviertan en valiosos aprendizajes para sus vidas; debemos ayudarles a construir una representación interior de sí mismos que les recuerde que son capaces de superar las adversidades, que aunque sientan lo que sienten los malos, van a ser aceptados y respetados; y sobre todo, que no les aleje de lo que son.

jugamos a los malos

Eso es lo que hacen los cuentos tradicionales: permitir al niño elaborar conflictos internos y realizar pequeñas transformaciones personales que le convierten, como al héroe del cuento, en alguien más valeroso. Por supuesto, ni Disney que ha edulcorado enormemente las versiones ni mucha de la literatura para “trabajar” emociones, llega a conseguir lo que consiguen estos relatos. No es lo mismo que un cuento te acabe diciendo cómo tienes que sentirte “correctamente”, que jugar a ser el peor de los malvados, sabiéndote custodiado por la mirada confiada de un adulto que, tiempo atrás, también fue un perverso y pérfido monstruo.

*Denominados también cuentos maravillosos, populares, tradicionales, etc., según distintos autores.

La música y el cuerpo

 

Autor: Manuel Muñoz – Terapeuta gestalt y corporal integrativo. Musicoterapeuta inner sound

Vivimos en una sonosfera donde recibimos sonido desde todos los ámbitos: desde dentro (sonidos corporales, voz, pensamientos percibidos como ruido interior…) y desde fuera. Incluso el silencio lo percibimos como su ausencia; son frecuencias no audibles de forma consciente.

El sonido se trasmite por todo el cuerpo y lo afecta. Haz tú mismo la prueba. Tapa tus oídos y canta una nota —la que surja más fácil— con la letra ‘m’. Verás cómo reverberan diferentes partes de tu cabeza. ¿Has probado alguna vez a situarte al lado de un altavoz en una discoteca o en un concierto de tu grupo favorito? Hazlo y observa en qué partes de tu cuerpo notas ciertas sensaciones y qué sientes respecto a ellas… Te propongo aún un último ejercicio. Coge una guitarra, apoya tus dientes superiores suavemente sobre la madera del clavijero (allí donde se tensan las cuerdas) y pulsa cualquiera de ellas… ¡Sorpresa! Notas el sonido en toda la cabeza.

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Ese fenómeno que estas percibiendo se llama vibración y puedes sentirlo por todo el cuerpo, ya que el sonido es una onda que se trasmite a través de los huesos y cavidades, afectando a los músculos que se insertan en ellos, y que se transporta al paso de todo el tejido conectivo y del agua intra e intercelular. Si tiene la capacidad de llegar a todos los rincones, es un buen elemento para trabajar con el cuerpo…

¿Cómo hacerlo? Si echamos un vistazo a las diferentes aproximaciones prácticas y escuelas, vemos que existen cuatro modalidades básicas de trabajo con el sonido:

1.- Los trabajos con instrumentos. Desde tiempo inmemorial se describen situaciones curativas con la música, donde el chamán o el encargado de trabajar con el cuerpo y el alma de las personas aparece con un instrumento musical (o la voz), induciendo al trance en ceremonias de sanación. Modernamente, las escuelas de musicoterapia, ayudadas por la investigación en neurociencias y psicología, realizan estudios que avalan el “poder terapéutico” de la música y trabajan en campos tan diversos como geriatría, salud mental, neurología, el dolor, paliativos o educación. La musicoterapia como disciplina paramédica está en expansión.

2.- Otros enfoques trabajan con las frecuencias vibratorias que producen cuencos de cuarzo y tibetanos, diapasones o monocordios, consolidando una vertiente del masaje terapéutico. Se usan para desbloquear, cambiando las frecuencias de determinadas zonas del cuerpo, chacras, órganos y capas áuricas, haciéndolas vibrar por resonancia. Un buen masaje sonoro moviliza tanto como uno fisiológico. Puedes comprobarlo en cualquier momento…

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3.- En el trabajo con la voz, el cuerpo entero se usa como instrumento. Autogenera el efecto dentro y fuera del cuerpo del que la usa o del posible cliente. Esta técnica implica a la respiración, toda su mecánica muscular, la dinámica vibratoria que moviliza  —dentro y fuera— y los efectos que produce en los ámbitos emocionales, relacionales, de autoestima, espirituales y energéticos. Hay una relación energética entre los sonidos vocálicos y los chacras, y algunas consonantes reverberan en determinadas zonas del cuerpo, produciendo eficaces micromovimientos musculares y efectos de desbloqueo en órganos, sistemas, segmentos o chacras. Existe toda una farmacopea silábica en los cantos devocionales de las distintas culturas

4.- El trabajo con canciones o fragmentos musicales escogidos se basa en la audición de secuencias de estímulos musicales de duración variable. Lo diseña un musicoterapeuta acorde con la situación singular de un paciente o grupo específico. Para usar la técnica, seleccionamos los fragmentos y su orden de presentación sobre la base de sus interacciones anteriores con los pacientes y los efectos que creemos pueden servir al experimento. Un ejemplo de esta forma es cómo algunos usan el denominado efecto Mozart (audición de fragmentos de dicho autor en las fases perinatales) para el trabajo con embarazadas y después con los bebés. Otro enfoque estimula imágenes y sensaciones a través de fragmentos o canciones. También podemos escoger piezas sonoras que fomentan efectos emocionales y cognitivos en determinadas fases del trabajo psicoterapéutico o para el desbloqueo corporal.

Uno de los retos más sugestivos a que nos enfrentamos es la posibilidad de integrar todas estas modalidades para el trabajo psicocorporal, ya que el efecto sonoro puede ser también aplicado a la fórmula del trabajo reichiano. En ese ciclo —cada vez hay más estudios que lo justifican— el trabajo con la música puede resultar muy eficaz, debido al doble comportamiento del sonido en el cuerpo: La onda (mecánica) se trasmite por el cuerpo en una doble vía, ya que se desdobla y se comporta también como un impulso que llega al cerebro y estimula el sistema nervioso vegetativo (carga eléctrica). Ambas señales son recibidas en la zona bloqueada, liberándola o equilibrándola (descarga) para llegar a la relajación. El sonido, la música, la voz así entendidos se pueden aplicar de forma simultánea al trabajo corporal ya que inciden en un efecto paralelo. Lo producido por la vibración sonora en el cuerpo tiene el mismo proceso y efecto estructural que el resultado de la descarga bioenergética, salvando las distancias de lo macro y lo micro, lo sutil y lo evidente…

Creatividad y cuerpo

Autora: Cristina Ribera Casal – Psicoterapeuta gestalt y corporal integrativa. Formada en psicoterapia integrativa y en el desarrollo del cuerpo y el arte como herramientas para el crecimiento personal. Artista autodidacta.

 

Mas por frío que sea el año y falto de cantos,

en el tiempo señalado las briznas de hierba germinan

en la tierra blanca todavía nevada,

y a menudo se oye el canto de una ave solitaria. 

Friedrich Hölderlin


Cada vez que leo este pequeño poema, me viene a la mente el mismo pensamiento: lo que tiene que ocurrir, ocurre. Por árido que sea el paisaje, si permanezco ahí en actitud de silencio y escucha, probablemente pueda percibir algo que haga cambiar la condición de árido. Eso, para mí, es creativo. Es generar una nueva posibilidad.

Lo que pretendo con estas líneas es expresar algunas de mis ideas sobre creatividad, basadas en mi experiencia personal, y que esto permita a los lectores hacerse preguntas sobre cómo es su creatividad y de qué manera la llevan a su día a día.

La palabra ‘creatividad’ proviene del verbo creare, que significa ‘engendrar, producir’. Luego cuando soy creativa estoy generando una nueva posibilidad, y al revés: generar nuevas posibilidades es poner en juego mi creatividad.

Ha sido a través de mi propio proceso terapéutico que me he dado cuenta de lo idealizado que tenía el concepto de creatividad y cómo esto me ha limitado muchas veces. Hoy, para mí, la creatividad es una actitud frente al mundo y frente a la vida, porque la creatividad forma parte de la vida. ¿Qué hago si no cada mañana al despertarme y decidir empezar un nuevo día? Voy creando cada momento con todo lo que pienso, siento, expreso y decido hacer. Me refiero a una actitud de permanecer abierta y de darme permiso. Permiso para estar en silencio, para tomarme la vida menos en serio, para jugar, para llorar, para sentir lo que siento y expresar o no lo que necesito. Abierta a escuchar lo que me pasa por dentro, a las sensaciones, y con todo ello decidir hacia dónde voy.

Una actitud que me facilita tener conciencia de qué hago yo para ir creando cada momento de mi vida (junto con lo que la vida ya me trae). El problema es que, habitualmente, no somos conscientes de ello y actuamos de manera automática, a menos que estemos entrenados en autoobservarnos (y eso tiene mucho que ver con estar o haber estado en un proceso de crecimiento personal —generalmente a través de la psicoterapia—). Para mí no ha sido ni es tarea fácil cultivar esta actitud, pero es la que yo elijo, porque así lo quiero, para seguir viviendo.

La creatividad también tiene que ver con darme permiso para equivocarme, para no saber cómo hacerlo, para atascarme, para dejarme estar perdida. Cualquier artista reconoce estas fases con lo que sucede inevitablemente en un proceso creativo. 

 “Los artistas que buscan perfección en todas las cosas son aquellos que no pueden alcanzarla en nada”

Eugène Delacroix

Hay personas que opinan que no son creativas y eso tiene más que ver con obstáculos que inconscientemente ellas mismas se ponen que con el hecho de que realmente no lo sean. Porque al final, de lo que se trata con la creatividad es de poder expresar lo que uno es, cada cual a su manera y como pueda. Que yo pueda expresar lo que soy.

Existen muchas opciones para atrevernos a conocer nuestra creatividad. Pintar con témpera sobre papel, cartón o pared; escribir sin intención de crear nada, simplemente dejando que la mano se mueva; bailar sin música o con ella; moldear un trozo de arcilla o fotografiar lo que para mí es creativo podrían ser algunas maneras —de las miles que existen— de empezar a indagar sobre ello.

En este punto es importante para mí introducir el tema del cuerpo. En mi proceso personal, la exploración de mi potencial creativo ha ido a la par con el trabajo corporal. Y fue en ese momento que pude empezar a darme cuenta de cómo cambiaba lo que sentía, lo que expresaba y la manera como lo hacía.

La creatividad no puede ir desligada del cuerpo porque yo soy mi cuerpo y todo lo que vivo lo siento en él. Mi cuerpo es el contenedor de todas mis experiencias. Cuando me doy espacio para escuchar a mi cuerpo y dejar que se exprese, tomo contacto con aspectos internos y de la vida a los que normalmente no suelo acceder.

Cuando dejo que mi cuerpo se mueva como necesita, mi expresión toma una forma concreta, con la que puedo decidir hacer muchas cosas o no hacer nada, pero si decido plasmarla en un lienzo, escribirla en papel, pintarla en la pared, crear un collage, bailarla… será completamente distinta de si me hubiera quedado simplemente dentro del terreno mental.

Decía Gabrielle Roth, artista creadora de los 5 Ritmos, que explorando toda la gama de nuestros movimientos naturales podemos retomar el contacto con nuestra energía más auténtica, más de verdad, nuestra energía natural animal. Y eso nos ayuda a estar presentes en el cuerpo.

De manera que lo que permite el trabajo corporal es abrir, abrirme para poder generar otras posibilidades. Posibilidades creativas.

Imagina cómo sería expresar tu creatividad desde ahí.

Expresar lo que eres, ni más ni menos.

 “La creación espontánea surge de lo más profundo de nuestro ser. Lo que tenemos que expresar ya está con nosotros, es nosotros…”

Stephen Nachmanovitch

 

Cada acto creativo

remeda el soplo primordial

el salto inaugural;

el paso de la nada al ser,

del no haber sido al estar naciendo,

al latir 

Cada latido único,

cada vez toda vez.  

Hugo Mujica

Un espai per als adolescents

Autora: Gemma Bosch Galter – Llicenciada en ciències de l’activitat física i de l’esport, i terapeuta corporal integrativa

Fa uns vuit anys que he estat en contacte amb adolescents a diversos instituts, casals d’estiu, equips de bàsquet, a la consulta… Recordo els inicis de posar-me davant de trenta adolescents que, de cop, et fan de mirall de les teves pròpies dificultats i virtuts. Al principi estava constantment barallada amb ells i això representava un gran desgast per mi, no sabia què fer, com m’havia de situar davant d’ells amb les diferents dinàmiques que succeïen constantment , tant les que es donen entre ells, com individualment. És a partir d’aquí que vaig poder veure la importància que va tenir en mi l’etapa de l’adolescència: el sentiment de soledat, d’estar totalment perduda, sense ser conscient de què em passava.

Aquesta etapa on es produeixen tants canvis moltes vegades se’ns passa per alt, és descuidada. I no ajuden les frases tant introduïdes que tenim com: “Deixa’l!, està a l’ edat del pavo”, “és que està adolescent”… Tan simple i tan gran com que deixes el nen enrere per anar a fer-te adult . Una etapa, si us pareu a recordar, amb canvis corporals, inici de menstruació, els pits creixen, canvis de veu, pèl…. Un cos nou, un moment d’identificació i de necessitat d’allunyar-se dels patrons familiars i una recerca constant del límit per poder identificar-se i buscar el propi «Jo». Necessiten allunyar-se dels pares per créixer i alhora necessiten que estiguin al seu costat com a guies per fer el seu camí i fer-se grans.

Un adolescent potser pot mostrar-se segur i fins i tot prepotent però la realitat és que ni sap qui és ni sap cap a on anar. La necessitat de pertànyer a un grup, a classe, al bàsquet… i el rol que adopten, és un punt clau en aquesta edat. Pot agafar el paper del líder del grup, del que no parla, del que ajuda i s’oblida d’ell mateix… Els adolescents necessiten ocupar un lloc, que és un reflex del lloc que ocupen a la família. La qüestió és de quina manera adopto aquest rol i com això em pot dificultar en altres esferes de la vida.

Un cas d’una noia de setze anys, molt vergonyosa des de ben petita i en una situació familiar molt complicada on ella és la “bona” de la família (no crida, no s’enfada, és tranquil·la…). Un noia amb grans dificultats per entrar en un grup des de la primària i fer-se un lloc a la classe. Al oferir-li un espai terapèutic, va poder veure que la vergonya li bloquejava tota la part de la diversió i el contacte amb la gent. Prendre consciència corporal de que la vergonya és el No a moltes coses que ella vol fer li obre portes a noves coses; això és un canvi reparador del que ella havia viscut fins ara. El fet que ella ara pugui enviar un whatsapp a un xicot que li agrada o anar amb les amigues a la platja fa que pugui viure plenament aquests moments importants per un adolescent.

La adolescència es una època on es poden reparar automatismes i dinàmiques establertes des de ben petits.

És importantíssim que aquests xavals, en aquesta fase de transició cap a ser adults, tinguin un espai de contenció on puguin expressar quines son les seves inquietuds, emocions, dificultats, virtuts… i així poder trobar referències. Aquests espais (terapèutics, escola, casal…) son necessaris!! per poder acompanyar-los. Un acompanyament on la rigidesa no ajuda y tampoc l’excés de permissivitat.

Amb els anys me n’adono que fan falta espais on puguin connectar amb la respiració, espais de calma i també espais on puguin tenir contacte entre ells, per exemple, un treball de contacte corporal, com el massatge, és un reclam continu per part seva.

És sorprenent com a mesura que l’adolescent té una confiança i es deixa anar en un espai sense judici i de contenció, cada cop hi ha més obertura. Necessiten xerrar entre ells, relaxar-se, moure’s, contacte, discutir… Els treballs corporals son un gran eina per poder oferir el que demanen.

L’adolescent és encara una persona molt pura, espontània, directa i amb una capacitat de resposta i una saviesa sorprenent tan interna com externa . Per tant és un gran moment per poder reconduir, reparar rols adquirits i poder anar descobrint quin és el seu verdader Jo.

Evidentment no podem deixar de banda la influència que té la família en tot aquest procés de canvi. Sovint ens trobem que els fills amb famílies molt permissives estan perduts; o el que ve d’una família molt rígida té dificultat per deixar-se veure, per créixer, amb la conseqüència que es queda nen, amb tot el que això comporta. Poder veure els rols familiars és molt important per anar fent de guia a un adolescent que ja no és un nen i encara no és un adult.

Sento que caldria implementar en nosaltres mateixos una nova mirada cap a l´adolescència.

 

Teatro y expresión corporal: potencial y uso terapéutico

Autora: Ángela Corrales – Terapeuta corporal integrativa, psicóloga y actriz

Para mí no hay ninguna duda de que el proceso terapéutico es sinónimo de autoconocimiento, y es desde esta convicción que afirmo que mi proceso terapéutico comenzó en el Teatro, así, en letras mayúsculas. El Teatro fue el lugar y el espacio donde empecé a conocerme y amarme a mí misma, fue el punto que marcó un antes y un después en mi vida.

Cuando tenía trece años tuve una caída aparentemente muy tonta, una caída que pudo haberme supuesto quedarme en silla de ruedas para toda la vida. Afortunadamente no llegó a ser tan grave, médicamente hablando. Mi cuerpo mantuvo su funcionalidad práctica. Otra cosa fueron las consecuencias que aquello me trajo.

Por recomendación médica estuve exenta de todas las actividades gimnásticas escolares desde los trece a los dieciocho años. Lo único aconsejable para mi espalda era la natación, pero en mi pueblo no podía contar con aquello. Así que pasé toda mi adolescencia arrastrando mi cuerpo, sintiéndolo como un lastre, encerrada en mi mundo mental y apostando toda mi valía personal a los estudios, la lectura y la inteligencia. Todo mi yo era cabeza. Me sentía presa de un cuerpo que servía para poco más que molestar.

Con esta percepción de mí misma, fui a la Universidad a estudiar psicología. Quería seguir indagando en los misterios de la mente y el  alma humana, lo que pensaba que era la psicología entonces. Cuántas sorpresas me quedaban por descubrir…

El Teatro apareció por casualidad, en un grupito amateur universitario; y casi sin darme cuenta, fui entrando en un mundo apasionante que dirigiría mi vida desde entonces.

De todas las facetas del Teatro, la que más me deslumbró, con diferencia, fue la expresión corporal. De repente me encontré con mi cuerpo: ese conjunto de manos, pies y extremidades en el que me sentía encerrada desde hacía años empezaba a tener sentido. De repente podía comunicarme con el mundo más allá de mi mente y las palabras. De repente comencé a valorar algo de mí misma que antes condenaba. De repente comencé a mirarme entera y a amarme.

La expresión corporal me dio la oportunidad de moverme de una manera propia, sin la presión de los objetivos académicos que habían supuesto siempre las clases de gimnasia. Aprendí a identificar las diferentes partes de mí como lo hace un niño, reconciliándome con cada articulación y hueso de mi cuerpo, explorando las diferentes posibilidades que ofrecían. Encontré la manera de moverme y relacionarme con mi cuerpo desde mis capacidades reales y desde mis limitaciones.

Notaba perfectamente cuándo llegaba a mi límite por las tensiones musculares que había aprendido a identificar en ciertos movimientos y gestos. En principio yo lo achacaba a las lesiones que ya sabía que tenía desde que me caí. No le daba más vueltas, pero poco a poco fui dándome cuenta de que aquella tensión se debía a algo más que a la lesión: había miedo, inseguridad y toda una serie de emociones que me bloqueaban cuando intentaba llegar un poco más allá de lo que mi cuerpo —y mi cabeza— conocían. Lo que realmente “provocaba” mis nudos musculares era mi mente y mi emoción, no mi cuerpo. Y la clave que me ayudó a traspasar estos miedos fue la parte interpretativa del Teatro.

El Teatro, como cualquier otro arte, tiene un potencial terapéutico en sí mismo: ayuda a la expresión de contenidos emocionales y potencia el pensamiento creativo.

  • En el aspecto expresivo, es una vía para manifestar cualquier emoción (consciente o inconsciente). Permite experimentar el amor, la rabia, el dolor, la tristeza, la alegría… a través del juego, la imaginación, la metáfora, los personajes. Tener un espacio para dejar salir todas estas emociones sin juicios ni presiones del entorno inmediato es de por sí liberador.
  • En el aspecto creativo, activa el hemisferio derecho del cerebro humano, lo que significa una puerta de acceso directo a las emociones y al pensamiento divergente, que es con el que generamos nuevas posibilidades, diferentes alternativas a una situación conocida. Este es, de algún modo, el objetivo de toda terapia: salir de los patrones establecidos y aprender nuevos recursos y habilidades.

Además de estos puntos en común, el Teatro tiene unas particularidades que le hacen ser un gran instrumento a nivel terapéutico:

  • Permite tener una experiencia directa de la situación. A diferencia de otras artes (como por ejemplo la pintura), el Teatro no se ciñe a la creación material, sino que se manifiesta a través de la vivencia del actor, en su propio cuerpo. El tránsito por las emociones que se representan en las escenas queda grabado en la propia persona, en su memoria episódica y celular. No se limita a plasmar una imagen mental, sino que se acciona, se experimenta, se encarna. Es una experiencia global que se vive en primera persona.
  • Permite ir a cualquier lugar en el espacio-tiempo: se puede recrear el pasado, recuperando los momentos que pueden estar afectándonos hoy en día y mirarlos desde una nueva perspectiva; proyectar hacia el futuro, dándonos permiso para generar cualquier sueño u objetivo personal que deseemos alcanzar. Se puede trabajar con escenarios reales, imaginarios, ficticios… Cualquier planteamiento es válido, cualquier posibilidad es bienvenida. Es un laboratorio donde poder experimentar y vivenciar todas las probabilidades, incluso las más lejanas, ilógicas o imposibles. Sin límites.
  • El juego de personajes y escenificaciones permite refugiarse en un “como si” donde no se arriesga la propia imagen o historia personal. El hecho de interpretar a un criminal, un payaso, un monje o un seductor abre las puertas a partes de nosotros mismos con las que no nos identificamos a priori, pero con las que nos permitimos experimentar si entramos en la ficción del “como si”, llegando a explorar la luz y la sombra de aquellos personajes internos que no siempre estamos dispuestos a mostrar. Nos pone frente a diferentes espejos.

Gracias a todos estos aspectos, pude traspasar barreras mentales y emocionales que se habían enganchado a mi cuerpo y me bloqueaban a nivel artístico y personal. Más que a interpretar escenas de cara al público, el Teatro me enseñó a generar nuevas vivencias, nuevos registros emocionales y corporales, nuevas posibilidades más allá de la cotidianeidad. Me enseñó a ser más consciente de mí misma y a respetar todas las partes de mi ser, con sus polaridades. Me enseñó a aceptarme y a amarme por lo que soy.

Dejándome llevar. Una experiencia de liberación a través del cuerpo

 Autor: Jaume Calafat – Terapeuta corporal integrativo

Hoy me siento inquieto, mi cabeza es un torbellino de pensamientos y no deja espacio para nada más, siento tensiones en mi cuerpo y mi respiración es muy corta. La verdad es que tengo ganas de salir corriendo de este estado. Ante esta situación normalmente buscaría una distracción: comer, mirar el ordenador, el teléfono. Pero hoy decido quedarme conmigo. Decido sumergir-me dentro de mi cuerpo.

Empiezo a desbloquear mi cuerpo por segmentos. Prestando mucha atención a sus límites. Poco a poco, empiezo a notar sensaciones, mi cuerpo se está activando con la energía que estoy moviendo. Mi cabeza se está serenando y la sensibilidad va aumentando. Me paro, estoy en arraigo, dejo mi cabeza, sólo observo y vivo mi cuerpo, intento poner toda mi atención en la sensación interna que percibo. Siento que un sutil movimiento interno empieza, me dejo ir con él, me lleva a inclinarme completamente hacia delante y sobre mi lado derecho.

Mi cabeza pregunta: «¿Qué es esto?».  No importa saber, sólo quiero vivirlo, me dejo estar aquí. Centrado en la experiencia siento algo muy sutil, me centro en ello, me va invadiendo el pecho y me cambia la respiración, mi diafragma vibra. Lo reconozco: es tristeza, estoy con ella, lloro. Mi cabeza pregunta: «¿Por qué estoy triste?» No importa, simplemente la acepto. Poco a poco va perdiendo intensidad, desaparece.

Mi cuerpo pide incorporarse y lo sigo a su ritmo, me siento tranquilo, sereno, lo vivo, me dejo estar en ello. Mi cabeza quiere moverse, la acompaño a su ritmo, se va hacia atrás y me quedo mirando el techo, me quedo quieto, observo, siento una vibración en mi vientre, un calor sube rápido hacia mi garganta y cuando me doy cuenta estoy gritando. «Aaaaaah…». Y  mientras grito lo veo, me doy cuenta de con quién estoy enfadado. ¡Ahora lo entiendo! Necesito poner límites a mi madre.

Algo interno se libera, me siento todo el canal interno abierto, estoy tranquilo, me quedo relajado. Desde este bien estar, conecto con la alegría, con lo creativo, me muevo desde ahí, tengo ganas de dejarme llevar y a la vez siento miedo a perder el control. Me lo permito, traspaso el miedo y ahora siento que rompo mis esquemas, mis rigideces. Me muevo explorando el espacio desde otro punto de vista más fluido, más receptivo, aceptando muchas más posibilidades. Desde esta exploración sale un movimiento muy concreto, conecto con mi sabiduría interna, me sale cuidarme, abrazarme, quererme a mí mismo. Me acuno, me acaricio, me respeto, me valido.

Mi experiencia de hoy acaba aquí, habiendo aceptado y caminando por la tristeza, la rabia, el miedo y la alegría. Ahora estoy con una actitud más receptiva y abierta a la vida.

Siento que mi cuerpo es mucho más que un vehículo que acompaña a mi cabeza. Cada día me sorprendo más con las vivencias pasadas que rescato y libero a través de él.

Una vez digerida la experiencia, al día siguiente me salen una serie de palabras clave: gestión de emociones, confianza, elección, interpretar, y unas reflexiones al respecto:

Las emociones nos dan información sobre cómo estamos internamente, ayudándonos a contactar con nuestra necesidad. Hay emociones que nos son fáciles de gestionar. Otras nos resultan más complicadas, y esto se debe a que en el entorno en que he crecido, eran emociones no aceptadas y las he reprimido o no he tenido espacio suficiente para aprender a gestionarlas. Con mi terapeuta, aprendo a hacerlo, él me enseña a caminar, a transitar mis emociones, así yo voy cogiendo práctica y, al estar seguro, podré caminar por mí mismo las situaciones que la vida me traiga. Este es el camino que hacemos en la terapia: el paso del apoyo terapéutico al autoapoyo.

A medida que avanzamos en la terapia, nuestra experiencia aumenta y vamos desarrollando la confianza en estar en contacto conmigo, esté como esté. Las vivencias internas cada vez me asustan menos. Si me permito aceptar la emoción y entrar en ella, veo cómo poco a poco puedo transitarla, y a la vez conecto con la necesidad que hay debajo. Con el tiempo, estos tránsitos se dan más rápido, posibilitando que cada vez recobre mi centro con mayor facilidad, permitiéndome una actitud más disponible y receptiva para la vida. Desde este punto, entiendo que lo que me genera sufrimiento es el hecho de no aceptar lo que siento. Se genera en este caso todo un mecanismo para reprimir la emoción, que rápidamente se traduce en tensiones a nivel corporal, provocando una pérdida de energía vital y de bienestar.

La elección es dar importancia y protagonismo a lo que es importante para mí. En la elección, paso de un infinito de posibilidades a construir mi realidad. En este caso decido estar presente, yo quiero presencia en mi vida y a la vez quiero ponerme delante de las dificultades que me surgen; para mí, la única manera de solucionarlas. Como ejemplo, si tengo una inundación en casa, no la voy a solucionar tomándome un tranquilizante y yendo a la cama, aunque esto pueda darme tranquilidad.

En la terapia es muy importante dejar de interpretar qué me pasa y entregarme plenamente a la experiencia. Cuando dejo a un lado lo que pienso, voy ganando en presencia, en entrega y entro con más profundidad en la experiencia, esto me lleva a una comprensión más directa y genuina sobre lo que vivo, sobre mi necesidad, sobre lo que me duele, sobre lo que me gusta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cuerpo en el proceso de la terapia y de la vida

Autor: Miguel Ángel Tena – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

En psicoterapia, si no hay presencia de cuerpo, tampoco hay proceso de transformación real. Y como ser terapeuta, desde mi punto de vista, es lo mismo que ser persona, puedo hacer esta afirmación extensiva a la vida misma.

Así pues, si vivo mucho en mis pensamientos, o emociones y no hago partícipe al cuerpo, o bien están desbocados o mi cuerpo sirve simplemente como medio de transporte:,tampoco hay presencia real en la vida.

Explorando la otra polaridad de esta afirmación: Si estoy en mi cuerpo sólo a través del “…con mi cuerpo hago”, estando desconectado de mi pensar y mi sentir, tampoco estoy siendo consciente de él y lo uso como mera herramienta.

Recuerdo una de mis primeras sesiones de terapia, cuando la terapeuta me preguntó, refiriéndose a mi cuerpo: “¿Cómo te sientes ahora?”.

En aquel entonces no entendí ni la pregunta.

Mi cerebro tradujo interpretando hacia lo primero que le sonaba: “¿Cómo te sientas ahora?”. Extrañado, me moví en el zafu y sólo atiné a preguntar: “¿Qué sucede? ¿Me estoy sentando incorrectamente?”.

Ni siquiera me había planteado que el cuerpo pudiera servir para algo más que para transportar mi cerebro de un lado a otro. Yo era un cerebro con algo pegado por debajo del cuello llamado… «cuerpo».

El cuerpo es depositario y contenedor de nuestra historia de vida; de tensiones, placeres, abusos. Ha ido moldeándose en una coraza caracterial simultáneamente a lo que conocemos como carácter. Uno es reflejo inequívoco de la otra y se crean simultáneamente.

Como ejemplo de esta coraza caracterial, pensemos en alguien que haya oído siempre en su casa de muy pequeño, o simplemente le haya quedado la sensación, aunque jamás se haya explicitado, que “sonreír es más agradable para los demás que estar serio” o que “la vida me irá mejor si sonrío”. Probablemente, el segmento oral de esa persona tendrá la impronta de una sonrisa habitual. Incluso en momentos en que no sea necesaria, o pueda dar una información no real de lo que le está sucediendo: por ejemplo, estar triste interiormente y sonreír al exterior.

Otro ejemplo podría ser un rostro inmutable mientras hay dolor interno.

El cuerpo es la pantalla que mostramos al mundo que nos mira y que miramos. Y si en nuestro ego interno podemos hablar de sombra o partes que no permitimos que los demás vean, con nuestro cuerpo sucede igual.

En el cuerpo habitan las contracciones musculares que inhiben la expresión de las emociones que, según nuestro patrón familiar, hemos “aprendido” a reprimir, contener, según lo “desaprobadas” que hayan estado en el entorno en el que hemos nacido y crecido.

Varían según el carácter de cada uno de nosotros y básicamente dependen de dos factores: del tipo de “agresión” que hemos sufrido de pequeños y de su intensidad. Las agredidas son las partes a las que renunciado de nosotros, de nuestra expresión, de nuestro sentir, para ser aceptados en nuestro sistema familiar, primero, y luego, social.

Desde la terapia corporal integrativa decimos: “Lo que no se expresa se imprime”. ¿Qué quiere decir esto? Un ejemplo lo ilustrará. Si de pequeño en mi casa no se ha permitido la expresión de la rabia (porque probablemente mis padres tampoco se la permitían y naturalmente, lo traspasan a sus hijos), poco a poco el niño irá aprendiendo a contener, a camuflar, a enmascarar, a  reprimir…

En suma, el niño desarrollará una estrategia para que aquello que siente que no va a ser aceptado por sus padres no salga. Cuando note rabia tal vez contraerá la musculatura, apretará los dientes, saldrá a correr o se aislará en su cuarto hasta que se pase… En ningún caso, como vemos, se corresponde la emoción que siente con lo que el cuerpo aparentemente expresa.

Si esto pasa unas pocas veces, puntualmente, no hay repercusión. Sin embargo, dado que aprendemos por repetición, si jamás puedo expresar la rabia, quedará impresa en el cuerpo, en la musculatura. Y perderemos el recurso de disponer de ella, ya que la energía la tendremos ocupada en contener esa rabia que está “tan mal vista”.

Y así es como vamos perdiendo energía mientras contenemos todas las cosas que nos duelen y no nos damos (dieron) permiso para expresar. Cada bloqueo en un segmento muscular expresa algún tipo de tensión: algún tipo de emoción específica prohibida…Todas en el cuerpo.

Así es como llegamos a enfermar. El síntoma corporal es un aviso, una señal de que algo no anda bien, de que no estamos atendiendo  tal o cual cosa. Ahora bien, la patología convencional, en esta era de superespecialización, ha acercado tanto el microscopio que no puede ver el marco global. El árbol no permite ver el bosque.

En nuestra cultura, tenemos quién más, quién menos la idea que el cuerpo nos va a responder siempre igual de bien, de que “yo hago con mi cuerpo lo que me da la gana”… y demás ideas locas, como llamamos en terapia a estas creencias dañinas. Todo lo que va, vuelve… y un trato sano o insano a nuestro cuerpo no es ninguna excepción.

Adiós, Quílez de la Rambla

Autor: Oscar Fontrodona – Terapeuta gestalt y corporal integrativo

 

No había ni un alma, ningún paseante, esta fría mañana en el Colmado Quílez. Tampoco los turrones rebajados de febrero. Solo un ruido de blacandéquer en la trastienda; me asomo, unas batas celestes ultiman un gran ataúd de madera para los Riojas.

El arrendador que les echa tiene la Ley y su derecho. Ya no «perderá dinero» y me alegro por su familia.

Solo que a mí, lo siento, me gustaba Quílez de la Rambla, y Canuda, y muchos otros viejos comercios del centro, y es amargo que miles de ellos, en mi ciudad, y en toda España, se vean hoy forzados a echar el cierre.

Imagino que no soy el único que los prefiere a la franquicia impersonal que vendrá a ocupar su lugar. ¿Te imaginas vivir en un país donde todos coman lo mismo, vistan lo mismo, piensen lo mismo? Ya existe, en el imaginario de los ignorantes con mando en plaza.

Yo, como John Lennon, me imagino otro porvenir menos estandarizado, menos biodegradado, porque tengo fe en el ser humano. Y me pregunto cómo es que, si somos muchos los que preferimos Quílez o Canuda a Starbucks, no hemos hecho lo suficiente para conservarlos, no hemos sabido encontrar la manera. Tanto que nos ocupamos de si se extinguen los linces o las ballenas… ¿Y nosotros? A poca amplitud de miras que le echemos, veremos que no cuesta más cuidarnos que no cuidarnos.

Las estructuras carcamales, todas las instituciones de la barbarie están agonizando, y hoy me apena tan solo que se lleven por delante, en su estertor sacrílego, las tiendas de mi memoria.

Con tu encanto, Quílez de la Rambla, que es el de la tradición y el contacto humano, me calentaste el corazón los inclementes febreros.

Ahí te guardo.

Te suelto.

Seguimos buscando la belleza. Nos esperan nuevos oasis para abrirnos el corazón.

Despertar la mujer que eres

Autora: Aina Cortès – Terapeuta corporal integrativa

“Los seres humanos no nacen para siempre

el día que sus madres los alumbran,

 sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.”

Gabriel García Márquez

A medida que me sumerjo en conocerme como mujer, observo cómo más allá de todo lo que he ido aprendiendo, indagando, tomando consciencia y reparando en terapia sobre el carácter, la neurosis, la coraza… ocurre algo igual de profundo y condicionante que es el hecho de ser mujer en una sociedad enmarcada por el sistema patriarcal. En el proceso no me dejo de sorprender, conmover y apasionar.

Me voy dando cuenta de que una importante parte de mi dolor está relacionada con el lastre cultural que de manera inconsciente conllevo y tengo incorporado por el solo hecho de haber nacido mujer; cómo en mi herencia genética y cultural está impresa la historia contada y la no contada. De repente, poner luz a esta dimensión de mí que ha permanecido en la sombra durante toda mi vida está siendo revelador. Por un lado voy tomando consciencia de los corsés que me constriñen y por otro, estoy volviendo a conectar y reconocer la gran sabiduría, potencial y placer que alberga mi naturaleza.

Me pregunto cómo hubiera sido mi vida si mi familia, la escuela, el medio envolvente en que me crié y desarrollé, me hubiera invitado a seguir mi instinto de curiosear y experimentar con mi cuerpo, me hubiera transmitido que este es perfecto tal como es y no le falta nada, que precisamente es el que me indica lo que me hace bien y lo que no, que funciona en una unidad con mi mente, que las emociones e instintos son bienvenidos, que el placer es fuente de salud, que mi útero y mi vagina son lugares sagrados a cuidar y respetar, que no me hace falta negarme para ser amada, que puedo decir “no” y poner límites, que el sexo va muchísimo más allá del coito, que es liberador hablar de lo que me pasa y preguntar las dudas que tengo, que soy distinta del hombre pero no inferior, que mi cuerpo es cíclico como la naturaleza y cada fase tiene un gran potencial que es un regalo para mí y el mundo, que yo no tengo que satisfacer a nadie sino estar conectada conmigo misma y desde ahí compartirme y disfrutar con otra persona, que estar con otras mujeres no implica competir ni compararme sino aprender, nutrirme, crecer, amar y sanar.

Cómo hubiera sido mi vida si en vez de vivir mi sexualidad de mujer bajo el yugo de la ocultación y el pecado, hubiera compartido y celebrado mi primera menstruación, hubiera sido natural hablar del vínculo sexual y experimentarlo abiertamente conmigo misma y con otras personas. Si me hubieran contado todo lo que puede llegar a experimentar mi cuerpo, me hubieran acompañado en el tránsito de dejar de ser niña y pasar a ser joven y luego, mujer adulta.

Cómo hubiera sido sin la represión sexual que el patriarcado ejerce tanto en mujeres como en hombres sobre el cuerpo, el alma y la psique. Seguramente sería mucho más libre, espontánea, equilibrada; tendría herramientas para gestionar mi salud mental, emocional, física y espiritual. Sería capaz de escuchar mi cuerpo, mi necesidad, mi verdad. Me relacionaría sin tabús, expresando con naturalidad mi sexualidad y mi esencia. Probablemente viviría conectada al deseo, al placer, a la ternura, al cuidado, a la vida y podría ofrecer lo mismo al mundo.

 

Me alegra saber que no me lamento por lo que podría haber sido, porque sé que tengo la capacidad, a partir de aquí y ahora, de que esto sea posible. No niego que mis heridas están, mi estructura caracterial está, mi inconsciente programado de creencias limitantes también está y la sociedad sigue presionando para mantener el orden establecido. Pero mi cuerpo no ha olvidado lo que centenares de generaciones anteriores fue. Algo va cambiando en mi interior cada día con más fuerza a medida que me conozco como mujer. A medida que muevo y conecto con mi útero, a medida que conozco y siento mi cuerpo, a medida que redefino mi feminidad, a medida que observo cómo me transformo toda yo en cada fase del ciclo menstrual, a medida que expreso y comunico lo que necesito y deseo, a medida que comparto con mujeres incondicionalmente dispuestas a contarme sus experiencias, a medida que me permito sentir placer, a medida que conozco los arquetipos que me habitan, a medida que leo y comprendo la historia que me precede, a medida que renazco a mi esencia, a medida que afirmo que SOY MUJER,habito mi cuerpo, lo celebro y me responsabilizo de ello.

Este artículo, más allá de una reflexión, pretende ser una invitación, incluso una provocación para que tú también DESPIERTES A LA MUJER QUE ERES. Si algo de lo que comparto te suena y/o tu cuerpo te manda alguna señal, ya sea de excitación o de dolor, quizá sea un buen momento para aventurarte. Es mi deseo como mujer y terapeuta, compartir y acompañar a otras en este maravilloso camino.

La Dra. Christiane Northroup dice que “el proceso de sanación pasa por afirmar que somos seres preciosos y amables (dignas de ser amadas) permitiéndonos al mismo tiempo sentir el viejo dolor no sanado”. Creo que conocernos y sanarnos como mujeres no solo significa un regalo para nosotras mismas sino para las próximas generaciones y para los hombres que nos acompañan.  

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Aina Cortès inicia próximamente “Cicles COSdeDONA” en el Espai TCI de Barcelona, en el que ofrecerà talleres teórico-prácticos y vivenciales para mujeres. Un espacio acogedor para reencontrarse con el cuerpo trabajando la conexión y recuperación del útero, conociendo el potencial que alberga el ciclo menstrual y recuperando el Placer. Herramientas de TCI, gestalt, Creatividad y otras fuentes permitirán ir ablandando la coraza patriarcalizada, reprogramar el sistema de creencias que nos limita y dar a luz a nuestra verdadera naturaleza y esencia.

Pròximamente más información consultando la web del Espai TCI: www.espaitci.com

o escribir a: aina.cortes@yahoo.es